Bolivia: el parque Madidi y el secreto de los Toromonas

Por: Enrique Vaquerizo (texto y fotos)

Y de repente un crujido. Son ya semanas recorriendo la selva, solo y angustiado. Hace un día de su última comida, apenas los restos carbonizados de una cría de monocapuchino que encontró desorientado tras caerse de un árbol. Las últimas  noches las ha pasado en blanco, asediado a partes iguales por arañas, reptiles y ese miedo lacerante que aparece cada noche, ese miedo que estalla en mil sonidos que se carcajean de él rebotando por las cúpulas de la selva impenetrable. Ayer escuchó a lo lejos lo que le pareció el  rugido de un jaguar. Y de repente un crujido… y nota de nuevo la presencia de un puñado de sombras que se escabullen en la selva, que desde hace horas lo persiguen con sigilo. Mira su reloj que aún le funciona, único contacto con el mundo real, ese que hace semanas dejó atrás. Son las 9 de la mañana del 3 de Octubre de 1997, en un punto indeterminado del parque Madidi cerca de la frontera con el Perú.

Once años después
Rurrenabaque es hoy una de esas poblaciones amazónicas pujantes y aceleradas. Pese a esforzarse por embridar el caballo desbocado del progreso, sus habitantes aún saben paladear una cerveza aferrados a una hamaca, se reúnen  bajo las mosquiteras cuando cae la noche para comentar chismes o miran  la vida discurrir al ritmo apacible del río Madidi donde las mujeres aún suelen  lavar la ropa. Rurrenabaque se encuentra a apenas una hora de vuelo de la ciudad de la Paz. Las destartaladas avionetas de Aerolíneas Amazonas, descargan diariamente escuadrones de turistas atraídos por uno de los principales atractivos de Bolivia. El Parque Madidi. Doscientos mil kilómetros cuadrados de ecosistema amazónico. Uno de los parajes vírgenes mejor conservados de América Latina. Un autentico festín para los amantes de la naturaleza, la historia y las leyendas.

Aterrizo con los efectos en las piernas y el estómago aún latentes de un vuelo vertiginoso e inestable que me ha trasladado sin transición desde los nevados de los Andes a un mar  esmeralda, cabalgando a lomos de una Zesna de veinte plazas que se agita al mínimo soplo de viento. Decido acudir a mi cita con Heder ya con una cerveza en el cuerpo para calmar los nervios. Y espero en el bar del prado que compone la única pista de aterrizaje del improvisado aeropuerto de “Rurre”.

Al rato aparece Heder, sonriente y campechano ordena una “Huari” de litro bien helada. Indígena Tanaca, etnia mayoritaria del Madidi, los suyos han cambiado las canoas por enormes ciclomotores que atronan entre bocanadas de humo la paz de la  amazonía, enfundados en camisetas deshilachadas del Madrid o el Manchester United. Han sustituido el cultivo de maíz  por prosperas agencias de viaje y aventura. Sin embargo la Selva sigue siendo su hogar, y ningún compañero mejor para desvelarte sus secretos y mostrártela como si del gigantesco jardín de su casa se tratase.

Apenas unas horas después y kilómetros río arriba ya en las puertas del parque Madidi tengo ocasión de comprobarlo. Heder apaga el motor y utiliza la pértiga  para vadear las diminutas ensenadas. Las capibaras huyen a nuestro paso, bandadas de guacamayos nos sobrevuelan. La foresta es de un verde tan intenso que daña la mirada. De tanto en tanto la aleta traviesa de un bufeo o delfín de río nos da la bienvenida. Si existió de verdad el paraíso supongo que sería un calco desvaído del Madidi.

Cae la noche, y salgo con varios tanacas a pescar surubíes en una balsa que se cimbrea suavemente mecida por la corriente

Los Tacanas han acondicionado un eco-albergue en San Miguel de Bala, apenas en la entrada del parque Madidi. Varias cabañas de madera y un restaurante con lo mejor de la cocina oriental boliviana. Han sido construidos en plena armonía con el bosque, demostrando que el turismo sostenible y el respeto a la naturaleza pueden ser compatibles. Cae la noche, y salgo con varios tanacas a pescar surubíes en una balsa que se cimbrea suavemente mecida por la corriente. Mientras, escuchamos los sonidos de la selva. Sacamos hojas de coca, las mezclamos con permanganato de sodio y “acullicamos” esperando a nuestras capturas. La quietud de la selva incita para compartir cuentos y leyendas. Es momento de preguntar por uno de los principales motivos que me ha traído hasta aquí, es momento de conocer la historia de Lars Hafsjold.

-¡Yo era apenas un chiquillo cuando le conocí!- Recuerda Heder. –“Apareció un día por la comunidad buscando un tipo extraño de mariposa. Se quedó un mes, después varios, finalmente estuvo casi un año viviendo con nosotros, daba clases en la escuela”.

-“Un tipo enorme- me hace gestos con las manos su primo Neymar,- barbudo casi ni la cara se le veía pues. Siempre preguntando sobre la selva, si esta planta se come, los mejores sitios para pescar. Todo el rato con sus aparatejos y mapas no más. Un día se despidió de nosotros cruzó el parque en dirección a San José de Ichipiamonas y ahí lo perdimos.¡Después vino toda aquella historia…..! chismes, la gente habla mucho pues.

La selva se tragó a Lars y las numerosas expediciones de búsqueda realizadas desde entonces se han topado con el inescrutable silencio del Madidi como respuesta

Toda aquella historia es la increíble historia del biólogo noruego de 37 años, Lars Hafsjold, que un día decidió comprobar por si mismo, la certeza de la existencia de tribus sin contacto humano en el parque Madidi. Acompañado por un joven de nombre René Ortiz, navegó a lo largo del Río Tambopata y, después de haber pasado por la aldea de San Fermín, llegó a la confluencia con el Río Colorado, desde donde decidió adentrarse en la selva del Madidi solo, sin la ayuda de Ortiz. En la mente clavada como un dardo una obsesión, certificar la existencia en el parque  de los últimos toromonas vivos. René Ortiz sería la última persona que lo vio. La selva se tragó a Lars y las numerosas expediciones de búsqueda realizadas desde entonces se han topado con el inescrutable silencio del Madidi como respuesta.

Neymar me señala los ojos luminosos de un caimán que centellean un instante con malicia en la oscuridad del río y se hunden al ser descubiertos por la linterna. Añade carnaza al anzuelo y prosigue con la historia. -“Arriesgarse sólo, en la selva sin armas Aquel noruego siempre estuvo un poco loco, posiblemente le pasaría lo mismo que a algunos de nuestros abuelos, que subieron muy arriba en el río Colorado y nunca más volvieron, algunos cuentan que encontraron sus cabezas  clavadas en los árboles, del límite del río”. -Le pregunto sobre si él también cree en la existencia de los Toromonas, se muestra convencido de ello.- “ Nuestros padres y abuelos han visto pisadas de pies descalzos en la selva, a veces han llegado río abajo hachas y collares de cuentas, y un día acompañaba a dos turistas americanos y acampamos en la selva, de repente empezó a escucharse un sonido de tambores y danzas, salimos corriendo a través de la selva hasta llegar a las cabañas. Las hojas de coca bailan de un carrillo a otro, mientras se estremece al recordarlo.

Si dejamos a un lado las leyendas, Los Toromonas fueron una tribu misteriosamente desaparecida durante la guerra del caucho del siglo XIX. Fuentes históricas señalan que fue una gran aliada de los incas a los que ayudaron a desaparecer junto con sus tesoros en las selvas del gran Moxos tras la toma del imperio por parte de los españoles. Creando en el imaginario de los conquistadores la existencia del reino de Paititi plagado de oro, tras cuyo rastro fantasmal se perdieron muchos españoles en la selva.

El gran jefe de un tribu desaparecida

La explotación del caucho y los intentos de evangelizarlos por parte de las congregaciones religiosas hicieron desaparecer a los Toromonas aceptándose oficialmente su extinción. Sin embargo otras tesis señalan que emprendieron éxodo hacia las profundidades de la selva buscando una arcadia donde poder preservar sus modos de vida. La última expedición llevada a cabo por el Antropólogo Díez Astete en el 2004 pese a no encontrar evidencias que certifiquen su existencia abogan por esa idea.

Heder tensa el sedal, forcejea unos momentos y saca un hermosos surubí que mañana desayunaremos ahumado en hojas de platanera. Escupe su bolo de coca y prosigue con la historia. –“De todas formas lo más increíble es lo que dice el brujo de Ichipiamonas”. -Intrigado le pido que prosiga. “Los padres del gringuito, vinieron al Madidi para buscarlo, desesperados llegaron a preguntarle  al brujo del pueblecito, un viejito ya que dicen tiene poderes, les echó las hojas de coca”. Y agárrese vio al noruego viviendo entre los indios aquellos convertido en una especie de jefe o algo así. Desde entonces  los padres siguen volviendo cada año, para ver al viejito y este les cuenta que su hijo sigue bien y reinando en la tribu,  y que piensa  volver en unos años”.

Y agárrese vio al noruego viviendo entre los indios aquellos convertido en una especie de jefe o algo así

Cae la madrugada y prosigue la pesca  entre el chapoteo insistente de los caimanes y el parloteo de los guacamayos. A nuestro alrededor los inmensos arboles del Madidi se yerguen como una fortaleza custodiando desafiante sus secretos. Me gusta  pensar en un Hafsjold vivo, reinando entre los Toromonas, agarro una Huariy y hago un brindis silencioso por él, Imagino por un momento que sintió al encontrarlos.¡ Y… de repente un crujido!
Dedicado a mis amigos Tanacas y aquellas noches de Mayo del 2008

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