A Mozambique llegué más corriendo que volando. Carreras por pasillos y 13.000 “excuse me” con sus correspondientes 13.000 empujones en cada uno de los aeropuertos que atravesé. Siempre la sensación de que no llegaba y siempre un último codazo que me hacía hueco. Todo pasó rápido, sin tiempo para pensar que me instalaba tan lejos, hasta que el avión de las líneas aéreas de Mozambique paró en Inhambane, una escala técnica antes de llegar a Vilanculos.
Estaba en Mozambique sin poder estar. Si hubiera comenzado a andar nadie me habría detenido
Entonces bajé de nuevo en aquel aeródromo antiguo, pequeño, lleno de encanto, donde se anda por la pista y se llega a una garita donde te dan una tarjeta que enseñar para salir y entrar a la zona de embarque (un cuartucho viejo). Legalmente yo no había entrado aún a Mozambique, seguía sin visado. Decidí salir del cuartucho e irme fuera. El guarda no miró ni me pidió la acreditación. Salí del aeropuerto. Estaba en Mozambique sin poder estar. Si hubiera comenzado a andar nadie me habría detenido. Encendí un cigarro y luego otro. Miré aquel pequeño sin sentido que funciona y entendí que estaba de nuevo en África. No había en esa escena nada que mitificar. No pasó nada importante. Sólo pasó que en aquel momento percibí que me había ido a vivir lejos, algo que le pasa siempre en un instante a todos los viajeros. Sentí la emoción de las nuevas cosas.
Llegué finalmente a Vilanculos. Me reencontré con mis amigos Víctor y Ana Paula. Con Melissa y Paulo. Con George, un tipo de mundo que conoce bien el entorno. Nada me ha sido difícil. En este lugar desde el primer momento me sentí como en casa cuando llegué hace más de un año por primera vez. Hoy lo es, quién me lo iba a decir entonces. Hubo cenas, copas, risas y conversaciones largas.
Miraba con los ojos casi cerrados por el agua y hielo que se nos caía encima y todo parecía salvajemente bello alrededor
Dos días después, una mañana, salimos con cuatro clientes, entre los que se encontraba un importante diseñador italiano, a navegar a las islas de Bazaruto. El día amaneció cerrado. Las nubes, aun violentas, parecía que se marchaban hacia el interior. Decidimos partir en la barca a navegar por el Índico. A medio camino, de pronto, el cielo se hizo opaco, el viento golpeaba con algo más de fuerza y comenzó a descargar una feroz tormenta de granizo. Inesperado momento, que hacía años que allí no sucedía, y que convirtió el horizonte en una gama de colores intensa. El mar se encendió verde y el cielo gris oscuro. Miraba con los ojos casi cerrados por el agua y hielo que se nos caía encima y todo parecía salvajemente bello alrededor. La embarcación remolcaba olas. A lo lejos, la isla de Benguerra. Llegamos a la playa del lujoso hotel Azura. Bajamos a su arena fina, echamos la vista atrás y el mar no parecía pertenecer a aquel lugar.






