Hammamet: la Medina de puertas asombrosas

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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El dédalo de callejuelas invita a perderse, a abandonarse a la intuición sin otra pretensión que empaparse de esos rincones disecados en el tiempo. Deambular sin buscar la salida, dándole la espalda si es preciso. Curiosear entre los puestos de artesanos, detenerse en las plazuelas encaladas de sosiego, escuchar tus propios pasos en el empedrado. Una Medina la enfrento siempre como un laberinto, como una metáfora de la vida que a veces nos colma una ilusión por los caminos más insospechados. Ésta de Hammamet. Hace sólo unas horas, la de Túnez, y dentro de unos días, la de Tozeur o Kairouan. El enrevesado tuétano de una ciudad, los tentáculos que atrapan al viajero y le sumergen en un paseo de reloj detenido, de zocos intemporales, de una cierta angustia si piensas en huir en lugar de huir de lo que piensas.

Hay que curiosear entre los puestos de artesanos, detenerse en las plazuelas encaladas de sosiego, escuchar tus propios pasos en el empedrado

Para entender lo que significa la antigua Medina (nada que ver con la de la vecina, y muy turística, Yasmine Hammamet, que parece de cartón piedra) es mejor comenzar tomándole las medidas desde el exterior, recorriendo el paseo marítimo que parte de la Kasbah y bordea el humilde cementerio de lápidas encaladas. Un excepcional mirador para una puesta de sol. Entre palmerales y edificios de nueva construcción, los muros de la Medina son un parapeto frente a la modernidad, depositarios de un lenguaje tan inextricable como el murmullo de las olas que rompen en el malecón unos metros más abajo. Relucen las farolas y los bancos, los baldosines y las papeleras. El último tramo del paseo ha sido inaugurado hace unos días por Alberto de Mónaco. ¡Larga vida a los casinos!

Los muros de la Medina son un parapeto frente a la modernidad, depositarios de un lenguaje tan inextricable como el murmullo de las olas que rompen en el malecón

Nos adentramos en la Medina por una calle que parece llevar a algún lado, pero que pronto abandonamos ante la inevitable llamada de una enigmática callejuela, que abdica de puestos ambulantes y turistas. Un desvío te lleva a otro; un impulso, al siguiente. Y de repente ves una puerta deslumbrante. Y un poco más allá, otra. Y otra más. El recorrido del viajero por la Medina de Hammamet es una sucesión de puertas, ninguna igual a otra, de colores vivos, de llamativa decoración, de originales aldabas y enigmáticas manos de Fátima para protegerse de la adversidad. Las puedes ver en las postales de las tiendas de souvenirs, pero hay que disfrutarlas aquí, en su contexto de casas abigarradas, en este blanco universo de recovecos y confusión, entre las voces de los comerciantes, que a muchos desquician, y los montones de cachimbas y tambores de piel de cabra. Compramos una jarra bereber de cobre, utilizada para las purificaciones diarias, que llenamos con arena del Sahara, como intentando encerrar en ella toda la magia del desierto. El regateo es casi obligado, forma parte del juego, y sirve para bajar el precio de los 200 dinares iniciales a poco más de 80.

Hammamet es una sucesión de puertas, ninguna igual a otra, de colores vivos, de decoraciones profusas, de originales aldabas y enigmáticas manos de Fátima

Llovizna sobre la Medina y hay que guarecerse a cada paso. Somos un blanco fácil para los comerciantes, que intentan seducirte con su cantinela de frases en español. Otros, más sutiles, lo intentan con un susurro, con la complicidad de quien te está ofreciendo un manjar exquisito. Entre la confusión de palabras, unos ojos bondadosos nos atrapan. Fathi es un artesano que desborda honradez y le seguimos sin dudarlo hasta su pequeña tienda que se asoma a un patio interior por el que los turistas no pasan. Hay que atraerlos con la luminosidad de la mirada, como a nosotros. Por eso nos dejamos los últimos dinares en un par de baratijas, mientras Fathi agradece el desembolso con la ceremoniosidad tan propia de los países árabes.

Fathi es un artesano que desborda honradez y le seguimos sin dudarlo hasta su pequeña tienda

Más puertas, cada una más sorprendente que la anterior. Pasamos por lugares que empiezan a sonarnos, que incluso permiten orientarse tímidamente, señal inequívoca de que la Medina está dispuesta ya a compartir algunos de sus secretos. Apenas se ven farolas, así que presumo que por la noche debe ser más complicado ubicarse. La abandonamos por un arco bajo el que casi hay que agacharse. El impacto es demasiado obsceno. Un tren turístico espera clientes en la puerta. El conductor vocea los diez dinares del billete. Cuando pasamos a su lado, los rebaja a seis. Pronto empieza a llover. Ya de noche, el horizonte de tinieblas es una sucesión de rayos furiosos.

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Comentarios (2)

  • Juan Antonio Portillo

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    Me ha encantado, Ricardo. Esa magia, misterio y sensación que sientes y que tan bien plasmas en tus palabras quiero volver a disfrutarlas pronto. Con sosiego. Túnez es un lugar que quiero visitar¡¡ Gracias Ricardo por rememorar atisbos de unos días que fueron.
    P.D. Preciosas fotos

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  • Lydia

    |

    Después de leer el texto, he pensado que el título es muy adecuado. Resulta muy sugerente y entran ganas de montarse en un avión y salir hacia allá. Preciosas fotos y precioso texto.

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