El sueño de un niño puede ser tan contagioso como entrañable, y así fue como mi hijo Luis nos contagió a toda la familia la ilusión de conocer Ítaca, la patria de Ulises, protagonista de la primera gran historia de aventuras de la literatura occidental: “La Odisea”.
“Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino…”
(«Ítaca», de Konstantínos Kaváfis)
Hasta la pequeña isla llegamos después de un inolvidable viaje por diferentes lugares de Grecia. Ítaca era nuestro destino, y nuestra «aventura» comenzó con una llegada a Atenas en la madrugada del 28 al 29 de junio, segundo día (o noche, en nuestro caso) de la terrible huelga, lo que hizo que nuestra primera visión fuese la de una ciudad que parecía en estado de sitio.
Ítaca nos esperaba tranquila y serena, ajena a todo lo que habíamos visto hasta entonces. La llegada en el transbordador desde Patras fue el principio de un sinfín de sensaciones. Grecia sabe a mitología. Veníamos de Corfú, tierra de los feacios, la isla donde Ulises había encontrado asilo y hospitalidad después de su naufragio. Allí, el rey de Ítaca había deleitado con sus relatos a sus anfitriones, el rey Alcínoo y su hija, la princesa Nausícaa, quienes le facilitaron una nave y tesoros para su regreso. También nosotros llegamos a Ítaca por mar, como debe ser, entre otras razones porque no existe alternativa posible. Habíamos embarcado y desembarcado en varios puertos a lo largo del viaje, pero ninguno tan peculiar como el de Pisaetos en Ítaca.
El transbordador que llega desde Patras no llega a Vathy, capital de la isla, sino al “puerto” de Pisaetos, después de hacer escala en Cefalonia. Este puerto se reduce a una sencilla explanada en la que había tres taxis y un turismo, una especie de caseta de obra que hacía las veces de oficina portuaria y agencia de viajes, un toldo que sirve de sala de espera a los visitantes (los lugareños se dan a la fuga nada más llegar) y una caravana que vendía agua y refrescos, el “duty free” del puerto. La imagen de Pisaetos, desde luego, no anunciaba lo que veríamos después, tan cerca, al otro lado de la montaña.
Grecia sabe a mitología. Veníamos de Corfú, tierra de los feacios, la isla donde Ulises había encontrado asilo y hospitalidad después de su naufragio.
Vathy es un pueblo que abraza una preciosa bahía. Silencioso y acogedor, rodeado de montañas salpicadas de olivos, y sonidos de cigarras que chirrían día y noche. Vathy mira al mar y lo envuelve, lo hace suyo. Cerca, la playa de Dexa, en la que según cuentan y así nos gusta creer a quienes la visitamos, los marineros feacios dejaron a Ulises, dormido y solo. Allí, la diosa Atenea le brinda su ayuda una vez más, dándole la apariencia de un viejo mendigo y contribuyendo a un engaño más del astuto Ulises, para conseguir su objetivo y acabar con los pretendientes que acosaban durante su ausencia a la prudente Penélope, su esposa. Todos estos episodios son fáciles de imaginar cuando uno está en Ítaca, que ejerce un hechizo especial sobre sus visitantes. Precisamente en Dexa coincidimos con un matrimonio colombiano y sus dos hijos, quienes a pesar de no conocer nada acerca del héroe de la Odisea antes de llegar ya habían estado en la isla el tiempo suficiente para percibir su presencia, la presencia de Ulises, Odiseo para los griegos.
Diferente y única, Ítaca no defrauda, sobre todo si llevas dentro algo de su sabor a pasado mítico cuando desembarcas en ella. El espíritu de Ulises, rey de Ítaca, héroe de Troya, se respira en el ambiente de la isla. Aunque sobreviven diferentes teorías, de momento parece que no se ha probado que existan restos arqueológicos de su “palacio” ni huellas que demuestren su reinado, pero es bonito creer que sucedió allí, en esa tierra y en ese mar, tal como lo describe Homero en su obra. Resulta romántico imaginar a Penélope, la que hace y deshace, como la fiel y paciente esposa que espera el regreso de su marido, Ulises, fiel a su patria, no tanto a su mujer. Algo más difícil es entender la ambición de tantos pretendientes por hacerse con tan pobre reinado. Entre tanto, el deseo de Ulises de volver a su patria late en su interior, mientras sueña en brazos de la seductora Calypso, la ninfa que le ofrece permanecer para siempre a su lado, lejos de Ítaca.
Parece que no fue Calypso la única fémina en la que Ulises encontró consuelo a lo largo de su largo viaje, antes del reencuentro con su amada esposa, algo incomprensible para mí y supongo que para la mayoría de las esposas del siglo XXI. Pero la historia nos reserva un final feliz.
El regreso de Ulises
Ulises, especialista en embustes e historias falsas y capaz de narrarlas con encanto, regresa por fin a su patria tras veinte años de ausencia. Con la ayuda de su protectora, la diosa Atenea, ha urdido un nuevo engaño. Ya dentro de su palacio, haciéndose pasar por un pobre mendigo, hace gala de sus habilidades en el concurso de arco que Penélope ha organizado para los pretendientes. Sólo Ulises, tras su apariencia de pordiosero, tiene la suficiente fuerza y destreza para tensar la cuerda del arco y atravesar con una sola flecha las anillas de hierro de doce hachas seguidas, ante el asombro de los pretendientes y bajo la atenta mirada de su hijo Telémaco, quien ya sabe que se trata de su padre. Tras esta demostración, consigue acabar de una vez por todas con los pretendientes y vuelve a los brazos de su esposa Penélope, la paciente y fiel Penélope. Ulises, rey de Ítaca, hijo de Laertes, esposo de Penélope, padre de Telémaco…
A pesar de su tranquilidad y de su anclaje a un grandioso pasado literario, Ítaca no vive ajena al mundo. Da la espalda a su vecina Cefalonia y se cierra sobre sí, pero recibe visitantes cada día y cada noche, que desembarcan en la bahía de Vathy, pasean por sus calles, se relacionan con sus habitantes, y cenan en sus bonitos y cuidados restaurantes. Restaurantes y librerías parecen ser los comercios estrella del pueblo. Ítaca se enorgullece de su carga literaria. Versiones de «La Odisea» y «La Íliada» en diferentes formatos, ediciones e idiomas (ninguna en español, por cierto) aparecían por cada rincón.
Ítaca es una isla para los sentidos. Parece un capricho de los dioses, estrangulada por la cólera de Poseidón o por el rayo del mismísimo Zeus. Su forma es rebelde y su terreno, abrupto. Sin embargo, transmite calma y serenidad. Ítaca respira bajo un cielo de azul intenso y vive abrazando el mar, el mar Jónico, el mar de Grecia. Sólo puedo sentir que la estancia haya tenido que ser tan breve, pero los viajes en nuestro caso, tienen siempre un final cercano y un tiempo limitado. Creo que a los cuatro nos quedará su recuerdo grabado en la memoria para siempre, especialmente a Luis, que mantiene su imagen de Ítaca como lo mejor de nuestro viaje. Y a Laura, mi hija mayor, lectora insaciable, que se contagió del espíritu mítico de la isla y se sintió como una pequeña diosa griega en todo su esplendor. A los que tengáis hijos: alimentad sus sueños. Y a los que no: alimentad los vuestros. El caso es no renunciar a soñar…
El viaje
El camino
Ítaca no es un destino turístico y, por tanto, no cuenta con las habituales infraestructuras propias para ese fin. Sólo se puede llegar a ella por mar, puesto que es tan pequeña (96 km2 de superficie) y tan abrupta que no reúne condiciones (supongo que presupuesto aún menos) para un aeropuerto.
Una vez en Atenas (los vuelos desde España a la capital helena son frecuentes) podemos llegar a Patras en tren o en autobús (unas tres horas). Desde ahí tomamos un ferry en dirección a Ítaca (unas 4 horas, con escala en Cefalonia) de la compañía Strintzis Ferries, que cubre el trayecto Patras-Cefalonia-Ítaca dos veces al día (12:30 y 20:30 horas). El ferry que sale a las 12:30 no llega a Vathy, capital de Ítaca, sino a Pisaetos (en este caso es necesario coger un taxi a continuación, ya que no es más que un embarcadero). Más información: www.strintzisferries.gr.
Una cabezada
El Hotel Mentor está en un emplazamiento privilegiado, en el centro de Vathy, en primera línea frente a la bahía. La habitaciones son sencillas pero las vistas, maravillosas, y el personal, muy agradable, compensan de sobras.
A mesa puesta
¡Cómo no! el restaurante Tsiribis, mencionado por Javier Reverte en su libro “Corazón de Ulises. Un viaje griego”. Allí nos encontramos a Dimitris Molfesis, su dueño, un personaje real, a quien le trasladamos saludos del escritor. Encontramos su restaurante de una manera totalmente casual. Paseábamos los cuatro por la tarde, buscando una playa para darnos un chapuzón en aguas del Jónico, cuando ya fuera del pueblo, vimos un bonito restaurante con mesas alineadas a la orilla del mar. Nos pareció perfecto para hacer una parada y beber algo, cuando de repente…… ¡Tsiribis, el restaurante de Dimitris! ¡Qué casualidad, lo habíamos encontrado antes incluso de empezar a buscarlo! Curioseamos su interior, con paredes llenas de fotos que hacían alusión al pasado de Ítaca, a su gente y a sus visitantes, y su exterior, con detalles perfectamente cuidados. Esa misma noche, cenamos allí, en la terraza, protegidos del viento, en un ambiente cálido y acogedor.
Junto a nosotros, unos italianos charlaban con Dimitris con familiaridad, lo que dejaba claro que eran clientes asiduos. Dimitris nos invitó a un exquisito postre griego rehogado con miel, que disfrutamos encantados antes de hacernos una foto de recuerdo y regresar a nuestro hotel. Al día siguiente, mientras paseábamos en bicicleta por las calles de Vathy, saludamos de nuevo a Dimitris, que iba en su moto, sin casco por supuesto, como el resto de griegos.
Muy recomendable
-Antes de organizar el viaje recomiendo leerse “Corazón de Ulises”, de Javier Reverte. Si después de leerlo no sientes el impulso de viajar hasta Ítaca, lo más recomendable es elegir otra isla.
-Una vez en Ítaca hay que comprar un ejemplar de “La Odisea” en alguna de las librerías de la isla para volver a disfrutar de las peripecias de Ulises en su tierra natal.
-Darse un baño en el mar Jónico.
-Tomar una cerveza “Mythos” en cualquier taberna del pueblo.
–Ver la puesta de sol sobre la bahía de Vathy, mientras el puerto se llena de barcos.



