La magia del Nilo

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Hay noches que parecen días y días que anochecen demasiado pronto. Noches que no deberían dormirse y días que no merecerían despertar. Esa noche ardían las sábanas. Pese al cansancio de los cientos de kilómetros de zangoloteo por pistas infames. ¿Quién quiere dormir cuando espera un amanecer a orillas del Nilo? Habíamos apurado la medianoche con una formidable tilapia, una botella de vino sudafricano “Tall Horse” (en África, todo un Rioja) y unos gin-tonics en la ribera del río entre los ríos, a sólo unos kilómetros de sus fuentes en Jinja (Uganda). Frente a nosotros, “los rápidos del holandés muerto”, bautizados así en memoria de un súbdito de la reina Beatriz al que las aguas devoraron mientras hacía rafting. Los ríos, a veces, tienen muy malas pulgas. En las copas, por si faltara algo para rematar esa atmósfera mágica alumbrada por velas, había hasta hielos. Tras una larga travesía por el interior de Uganda nos habíamos acostumbrado ya a los tragos al vapor y a las cervezas con textura sopinstant, porque en los rincones del África negra los generadores funcionan cuando les da la gana, y hacen muy bien.

Tras una larga travesía por el interior de Uganda nos habíamos acostumbrado ya a los tragos al vapor y a las cervezas con textura sopinstant

En la terraza del hotel The Haven el tiempo se había acurrucado junto a nosotros y no le dejábamos irse. Jan, nuestro amigo holandés de Gorilla Tours, con el que nos habíamos reencontrado tras dos semanas de viaje, esparcía vivencias y sueños en su magnífico español. El murmullo feroz del Nilo nos recordaba dónde estábamos. Cada segundo era un privilegio y había que almacenarlos cuidadosamente en el hondón del alma para ir tirando en esos días que no merecerían despertarse.

Jan echaba de menos a su novia, que estaba estudiando el comportamiento y lenguaje de los chimpancés en las selvas de los alrededores de Masindi. Los dos planeaban regresar a Holanda dentro de un año para instalarse en un pequeño apartamento de Utrech. Espero que lo hayan conseguido. Sus anécdotas son muy ilustrativas de cómo suceden las cosas a veces en África. Recuerda aquella noche que pidió por teléfono una pizza para cenar. Pero él había encargado una grande y le trajeron una pequeña. La factura, sin embargo, era la misma. “De acuerdo, pagaré una pizza pequeña con tal de no esperar más”, le dijo al empleado. Pero no contaba con la aplastante lógica africana. El chaval se negó en redondo. El ticket estaba ya impreso y debía pagar su importe o pedir otra pizza (alguien podría pensar, si le pagaba menos, que se había quedado con el dinero restante, barruntaría). Jan tuvo que rebuscar en la nevera para cenar esa noche.

Cada segundo era un privilegio y había que almacenarlos cuidadosamente en el hondón del alma para ir tirando en esos días que no merecerían despertarse

A las seis de la mañana, el Nilo está emboscado en la neblina y ofrece un aspecto fantasmagórico digno de una secuencia de “Apocalypse Now”, inofensivo y terrible a la vez, como las líneas de Conrad que remontaban la corriente hasta el enigmático Kurtz. El paisaje desde el ventanal de la habitación es un grabado del XIX salido del diario de Speke, el descubridor de las Fuentes del Nilo. Río arriba hay una presa y una fábrica humeante, pero eso ahora no importa y parece muy, muy lejano. Algunos pescadores surcan sus aguas en barcazas solitarias como Carontes despistados, inquietantes, mientras un cormorán seca las alas sobre una roca que parece una bolsa de azafrán en medio de la corriente.

El Nilo está emboscado en la neblina y ofrece un aspecto fantasmagórico digno de una secuencia de “Apocalypse Now”, inofensivo y terrible a la vez

Bajamos por el terraplén hacia la orilla casi a tientas, porque la niebla se ha tirado en plancha sobre las riberas. De vez en cuando, bandadas de pájaros surgen de entre la nada y la bruma se retira unos metros para recordarnos que estamos frente a un gran río que comienza un largo viaje de 6.500 kilómetros hasta el mar. Todo lo que nos rodea es tremendamente onírico. Por supuesto, no haremos las fotos que esperábamos, con el sol asomando majestuoso a espaldas del Nilo. A cambio, el amanecer nos regala unos minutos mágicos: la silenciosa pugna entre la luz y la neblina, el vigoroso rumor de la corriente, los espumarajos de los rápidos, las embarcaciones espectrales, los pájaros disecados que quieren hacernos creer que estamos frente un cuadro remoto… Y el majestuoso Nilo, el río tantas veces soñado, de imperturbable maestro de ceremonias.

Bajamos por el terraplén hacia la orilla casi a tientas, porque la niebla se ha tirado en plancha sobre las riberas

El hotel sigue ladera arriba, a nuestras espaldas, peleándose con la bruma matinal para recuperar cuanto antes su idilio con el Nilo. Los desayunos esperan en la humedad del rocío. Los “rápidos del holandés muerto” escupen humo, como un rescoldo sobre el que viertes el último trago. Abajo, en la orilla, dos entusiastas occidentales han bajado la guardia fotográfica y hace ya tiempo que han enmudecido. El silencio es el único homenaje posible.

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