Kgalagadi: la muerte de una lengua

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Abril de 2010

Mi “acertadísimo” Volkswagen Polo que alquilé para cruzar el sur del Kalahari, llamado en Sudáfrica Kgalagadi Transfontier Park, está a punto de demostrarme una vez más que entre improvisación y planificación hay un punto medio que yo raramente encuentro. Recuerdo que fui a un concesionario de Ciudad del Cabo a alquilar un coche para hacer más de 1.200 kilómetros hasta la frontera con Namibia y Botsuana. El flamante 4×4 costaba 1000, el pequeño Polo, 100. Me llevo el Polo, pensé, que el resto lo gastaremos en vino y carne de kudu. No miré un mapa, no sabía dónde iba, ni me preocupé de entender que el asfalto allí se fabrica con dientes de hiena. Era mi primer safari en África. Me dirigía a un parque que la tarde anterior vi en una guía de viajes. “Nadie va y es precioso”, leí. Las palabras exactas para entusiasmarme. Decidí cambiar Lesotho por el mundo desconocido. Días después el resultado es que pinché dos ruedas, atravesé piedras de canto de perfil y boté como una pelota cayendo por una montaña. A cambio, bebí mucho vino y probé el kudu. A cambio encontré también el parque más bello de todos los que he tenido la suerte de atravesar en África.

Los miro de reojo, son pequeños, frágiles, sus pieles están ya arrugadas por los golpes del tiempo

Llevábamos ya dos horas de ruta. La noche anterior habíamos dormido en las espectaculares cataratas de Augrabies Falls. Tras una recta infinita en la que se aburriría hasta el piloto automático llegamos a la primera curva pronunciada a la derecha. Un cartel indica que estamos a pocos kilómetros de la entrada del Kgalagadi. Justo allí, bajo un árbol, hay un grupo de bosquimanos. ¡Los famosos bosquimanos del Kalahari, el inicio de todo, los primeros moradores del planeta! Pero no, para un avezado viajero como yo aquellos tipos que visten taparrabos de piel y llevan unas lanzas son unos claros cuentistas. Lo son porque bajo la sombra de aquel árbol hay en el suelo mercancías que venden, suvenires. Desacelero, una de mis compañeras de viaje me dice que nos paremos. “Esto es un engaño”, le digo, como si estuviéramos frente al Coliseum romano frente a un hombre vestido de legionario romano. Los miro de reojo, son pequeños, frágiles, sus pieles están ya arrugadas por los golpes del tiempo. Mi decisión es firme, ni siquiera me hace dudar que estoy en medio de un desierto indomable y que hace ya muchos kilómetros que no he visto un signo de vida.

Llegamos al parque. Mi primer safari en África. Todos los sueños de mi infancia se agolpan tras la ventanilla. Quiero cruzar rápido el portón. Encontrar leones, guepardos, tyrannosaurus…  Y ahí está, nada más comenzar a avanzar por un camino lleno de cantos, a la izquierda, hay un ñu. Está solo, anda despacio junto a un cauce seco. Paro el coche. Saco la cámara con el tele por la ventanilla, está lejos. Me contengo, sólo le hago 1.256 fotos. No podía parar. Creo que hubiera sido lo mismo con una cigarra, la cosa es que era mi primer animal salvaje en África. Diez minutos después arranco, giro a la derecha y luego a la izquierda. No hay más de 300 metros de trayecto. Hay una manada de casi 50 ñus y detrás otra enorme manada de springbook desperezándose bajo la sombra de un árbol. Vaya, primera lección aprendida de los safaris en África: saber esperar. No era la primera, la primera ya la había recibido pero entonces no lo sabía: no juzgues por lo aparente.

Enero de 2013

Llega a mí una de las historias más bonitas que he contado de África.  Ha muerto Aenki Kassie, de 71 años, en Upington, ciudad del norte de Sudáfrica (dormí en ella la primera noche en mi viaje desde Ciudad del Cabo). Aenki era la antepenúltima persona que quedaba viva en el planeta y que sabía hablar la lengua Nlu, la más antigua de Sudáfrica y una de las más antiguas del mundo. Ya sólo quedan dos personas en todo el globo capaces de comunicarse con esa lengua. Lo curioso es que los dos únicos supervivientes del Nlu no se conocen, viven alejados, perdidos en las inmensas tierras del Kgalagadi sudafricano. Cuando ellos mueran morirá con ellos un lenguaje. Francamente, pocas historias me parecen más tristes y bellas que esa. Me pongo a indagar la historia.

Lo curioso es que los dos únicos supervivientes del Nlu no se conocen, viven alejados, perdidos en las inmensas tierras del Kgalagadi

El Nlu lo hablan los Khoisan, llamados genéricamente bosquimanos. Una tribu ancestral esparcida por varios países del sur de África y que conforman genéticamente el grupo humano más parecido a los primeros hombres que colonizaron el mundo desde este lugar del planeta. Serían, por tanto, lo más parecido al inicio de todo, los abuelos de todos los humanos. En esta parte del norte de Sudáfrica y el sur de Namibia y Botsuana viven perdidos en el inmenso desierto del Kalahari. Usan la caza y la recolección de frutas para subsistir. Algunos se han acercado al hombre moderno y les venden productos artesanales como collares y arcos. (¿De qué me suena?).

La lengua Nlu se dio por desaparecida en 1973. La comunidad internacional testificó que no quedaba nadie en el planeta capaz de hablarla. Fue una reclamación de tierras ocurrida en 1998, en la Sudáfrica ya democrática, cuando se volvió a tener noticia de este lenguaje. Entonces fue una revolución para un país que buscaba una identidad propia. El presidente Mbeki ordenó que se rastreara todo el Kgalagadi en busca de los habladores del Nlu o N/uu. Se encontraron 25 personas. El Gobierno decidió otorgarles 400 kilómetros cuadrados de tierras dentro del parque en 1999  y otros 250 más en 2002.

Fue una reclamación de tierras ocurrida en 1998, en la Sudáfrica ya democrática, cuando se volvió a tener noticia de este lenguaje

Pero el tiempo los ha ido aniquilando uno a uno hasta sólo quedar sólo un par de personas que sostienen en su garganta una forma de comunicación ancestral. La fallecida Aenki, de hecho, trabajaba con la Unesco en un programa para no enterrar con ellos ese lenguaje. Los jóvenes ya no están interesados en hablar ni aprender un viejo idioma y se decantan por el Nama. Toda la historia me parece una poesía triste que salir corriendo a buscar. ¿Quién no querría hablar con aquellas dos personas? Encontrarlas, explicarles, que probablemente no lo sabrán, que son los últimos dos humanos que quedan capaces de hablar un idioma. Imagino que pronto morirá uno y entonces habrá alguien en este inmenso globo que sea ya el fin de algo, incapaz de tener frente a él un interlocutor que le entienda en su lengua.

Y entonces recuerdo aquella curva del Kgalagadi. Mi estúpida decisión de no parar, de no hablar con aquellos tipos, de no entender nada a su lado. De no haberles comprado un collar y unas pulseras. Seguro que no eran ellos, que no hablaban Nlu. Y si lo eran daba igual, yo no lo habría entendido ni conocía la historia. Pero ahora entiendo que eran bosquimanos, khoisan probablemente, arrinconados en su mundo de dunas ancestrales y desconocedores de que ellos y sólo ellos, son el principio y el fin.

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Comentarios (6)

  • Juancho

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    Qué bueno. Qué historia más triste, y a la vez reflejo de nuestra existencia… Cambio y permanencia… Y es coche que no paraste… Ese coche fue una lección. ¿Cuántas habrás parado desde entonces? Enhorabuena, maestro!!!

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  • pepi

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    Pocas cosas me han hecho llorar últimamente, y esta historia tan hermosa es una de ellas. ¿Cuántos de nosotros no darían lo que fuera por conocer a esas personas? Me encanta … Gracias

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  • Gloria Bárzana

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    A lo largo del tiempo veo que la mayor parte de las cosas solo puede aprenderlas uno mismo…Pero hay vivencias, pocas, que nos cuenta alguien, y que se nos graban en la mente y nos asaltan cuando nos vemos en circunstancias parecidas, como una «lucecita roja» que se enciende cuando vas a cometer un error vagamente conocido… Sé con seguridad que esta es una de esas historias. La recordaré, y a veces me hará cometer torpezas, pero es una lección que no voy olvidar. Gracias Javier.

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  • Javier Brandoli

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    Muchas gracias a los tres. Ojalá pueda ir allí de nuevo y encontrar a los últimos Nlu

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  • Josy

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    Es increíble como la evolución nos puede sorprende y entristecer tanto.
    Como seres humanos en evolucion pretendemos dejar detrás lo que nos parece anticuado, pasado de moda, sin saber que cosas como esta forman parte de nuestra naturaleza, que son la viva muestra de que no siempre hemos sido como ahora.
    Maravilloso, triste y hermoso texto.
    Felicidades.

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  • Javier Brandoli

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    Lo cierto es que es triste entender que una lengua que fue origen de tantas cosas puede morir por inservible. Gracias Josy

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