Las tortugas de Tulum

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El sargazo lo ocupaba todo. Se esparcía por la playa creando una barrera de algas que en algunos casos se pudría en la misma arena. En mi cabaña, pegada al mar, entraba por la noche el olor a mar seco y moribundo. Lo hacía a golpes, como las olas, y entonces me quedaba dormido haciendo cuentas con mi ayer.

Volví al Caribe mexicano 13 años después de mi primera vez. Mi hermano y yo aterrizamos en Chetumal, una ciudad pegada a Belice, donde la sensación es que la noticia de portada de los periódicos es que mudó un día más en el calendario. De allí, en coche, fuimos hasta Tulum, a unas cabañas rústicas levantadas sobre la arena blanca y a menos de un kilómetro en línea recta de las viejas e imponentes ruinas mayas que visité hace más de una década.

El tiempo lo cambia todo, hasta el pasado

Y entonces descubrí que además de que las algas llegaban por miles de toneladas desde el mar ocultando hasta las olas, el tiempo lo cambia todo, hasta el pasado. Probablemente fue despacio y nadie se percató. Sencillamente ellos, los de allí, fueron sumando cemento y asfalto a su entorno y un día descubrieron que en sus playas y senderos se mudaron los colores.

Yo recordaba una playa casi virgen y tenía delante, sin que eso cambiara que sigue siendo un lugar especial y bello, hoteles, tiendas 24 horas y restaurantes. Ahora era un lugar especial, sí, preparado quizá para demasiada gente.

En las ruinas de Tulum el shock fue mayor. En mi cabeza había dos castillos mayas y una playa virgen de harina  en los pies y pintura verde y azul en los ojos. Era una figura nítida, invariable, a la que regresé durante esta más de una década de ausencia asegurando desde la lejanía, en conversaciones con viajeros, que “las ruinas de Tulum, pese al turismo, son una de las cosas especiales del planeta”.

La masa de visitantes ni se pierda al entrar ni se demore en salir

Y lo son, pero lo son menos ahora, o lo son menos para mí. Porque el aparcamiento de autobuses en el que yo bajé no tenía agarraderas ni plazas numeradas; ni dentro, en la vieja ciudad maya, recuerdo tantos pasillos delineados para que la masa de visitantes ni se pierda al entrar ni se demore en salir; ni en la playa había unas escaleras con barandilla y escalones que comunicaban lo de arriba y lo de abajo.

No, entonces se descendía un sendero, te quitabas una camiseta y te bañabas, como si dos torres mayas pudieran pertenecerte y aquel mar convertido en seis colores fuera una inmensa y privada piscina. El mar permanece, los castillos también y mi mirada, entre tanta gente, se fue diluyendo.

En Chicen Itza, la gran urbe maya por tener esa perfecta pirámide, Kukulkán, por la que descienden serpientes emplumadas en los solsticios, la sensación fue otra. O quizá fue más atenuada. La culpa fue de Lalo, un divertidísimo guía que casi convertía en más anecdótico e interesante sus explicaciones que el abarrotado entorno.

Se ha permitido la entrada de los comerciantes dentro del recinto sagrado

El tiempo en mi cabeza movió aquí también algunas cosas. Ya no se puede subir a la cima de Kukulkán, algo que los que sufren de vértigo agradecerán ya que la bajada era en caída libre por lo inclinado y estrecho de sus escalones, y se ha permitido la entrada de los comerciantes dentro del recinto sagrado.

El segundo hecho, algo cada vez más común, también lo vi recientemente en algunos templos asiáticos, forma parte de esa máxima universal de que la mística es moldeable al negocio. Lalo nos contó que el concesionario de un hotel comenzó a vender artesanía dentro y que el resto de vendedores ambulantes decidió acampar de la noche a la mañana con sus suvenires también a la sombra de las ruinas, pegados a sus clientes, para que no hubiera conflicto de intereses ni ventajas.

Y nadie les ha explicado que unas ruinas no deberían convertirse en un mercadillo porque el político que debe decidir echarlos vive de sus votos y el turista es siempre un ave de paso que quizá, en el peor de los casos, haga una crítica en su blog de viajes que sus hermanos no le han confesado que tampoco lo leen.

Supongo que no es muy normal volver a un lugar trece años después, el turismo no sabe casi nunca de reencuentros (la cosa es que yo vivo ahora en este país). El consumismo viajero obliga a conocer nuevos sitios siempre, nuevos sellos en el pasaporte.

Hay cosas en la naturaleza que casi, pongan mil comillas al casi, no dependen del hombre

Pero entonces pasó algo que también, como un vaso comunicante, ocurrió en ambas ocasiones y que esta vez sí me dejó buenas sensaciones, las tortugas de Tulum. Fue en un atardecer que vimos gente agolpada en la playa que nos acercamos y descubrimos que, por suerte, hay cosas en la naturaleza que casi, pongan mil comillas al casi, no dependen del hombre: había decenas de pequeñas tortugas, recién nacidas, bajando hasta la playa. Lo mismo que vi hace 13 años, entonces de noche, de regreso a pie por la playa hasta el hotel.

Las tortugas chocaban contra el muro de sargazo y les costaba trepar por las algas y llegar al mar. Entonces las tomábamos y metíamos en el agua y las olas las devolvían contra la telaraña vegetal que ha tomado toda la Riviera Maya (no se sabe de dónde ha salido esa plaga, se cree que quizá de una empresa norteamericana). Algunas desaparecían tras algunos intentos y otras, incluso, perecían de agotamiento.

La noche siguiente la escena fue más sublime, mientras cenábamos en un restaurante vacío, en una cala vacía, vimos llegar una enorme tortuga que comenzó a excavar junto a una tumbona y bajo una sombrilla de paja un nido donde poner sus huevos. Casi a la vez, dos nidos rompieron y había cientos de tortugas, algunas desorientadas por las luces artificiales, que deambulaban por la playa sin encontrar el mar.

Los buenos sentimientos chocaban con tortugas que eran aplastadas, pisadas

Pronto un grupo de personas comenzamos tomar tortugas, a llevarlas a las olas, a empujarlas más allá del sargazo. Y los buenos sentimientos chocaban con tortugas que eran aplastadas, pisadas, entre tanta gente que intentaba ayudar no siempre con buen tino. Otras crías eran lanzadas casi como piedras a las olas tras decenas de intentos en los que el mar las devolvía a todas a la orilla. Había entonces que manndarlas más lejos y un hombre se empeñaba en arrojarlas a como cántaros. Eran casi cómicas algunas escenas en las que las ganas superaban bastante la efectividad de la ayuda.

Pero al final estaban allí, regresaban a su casa, como hicieron sus madres y como harán sus hijas. La naturaleza en un ciclo, entre tumbonas y sombrillas, abriéndose paso a golpes. Aquella inmensa tortuga le importaba un carajo nuestra presencia, desovaba con pasmosa calma. No muy lejos de allí está la ciudad de Akumal, que en maya quiere decir lugar de tortugas. Eso no se modificó, pese a todo, aun en 1000 años pese al hombre. Las cazan, comercian con ellas, las comen… y ellas vuelven siempre a su playa de Tulum.

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