Flores silvestres sobre la tumba de Selous

Por: Javier Reverte (texto y fotos)
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Hace apenas un mes –el 4 del pasado enero- que se han cumplido los noventa y cinco años de la muerte de uno de mis héroes de referencia, un cazador que se llamaba Frederick Courtenay Selous. Nunca he sentido una particular admiración por los cazadores y no es un deporte que me haya atraído particularmente para practicarlo. Pero Selous fue algo más que un cazador. Primero de todo, un soñador; después, un hombre valiente; y en tercer lugar, alguien que supo construirse una biografía acomodada a sus pasiones, quizás la empresa más difícil de todas las que puede emprender una ser humano y que sólo alcanzan a cumplir los privilegiados, a base sobre todo de tenacidad y una pizca de buena suerte.

Selous era hijo de una acomodada familia británica, un chico excepcional por sus dotes intelectuales y por su temple. Cuando era un niño, patinando junto a otros chavales sobre la superficie helada de un estanque del Hyde Park, el hielo se resquebrajó súbitamente. Varios chicos murieron, pero Frederick mantuvo la calma: flotando en un pedazo de hielo, fue arrimándose a otros mayores y, saltando de placa en placa, sin perder la cabeza, logró ganar la orilla.

Al cumplir la mayoría de edad, el chico hizo el petate, compró un par de escopetas y se largó en un vapor a África del Sur

Estaba destinado a ser médico, como su abuelo y su padre. Pero éste último cometió un error: le dió a leer un libro de Livingstone sobre sus exploraciones africanas. Y Selous proclamó al concluir su lectura: “Me iré a África y seré cazador”. Tal vez su padre sonrió al oírle. Pero es probable que su sonrisa se convirtiera en un cabreo monumental cuando, al cumplir la mayoría de edad, el chico hizo el petate, compró un par de escopetas y se largó en un vapor a África del Sur. No volvió hasta pasados los sesenta años de edad, cuando ya era un mito de la exploración y de la caza en África.

Selous era un caballero que impulsó reglas de juego limpias en la caza. Nunca disparaba sobre hembras, por ejemplo, y rechazaba cazar leones desde los vehículos a motor: prefería abatirlos mientras cargaban sobre él o los perseguía a caballo, la forma más peligrosa de la caza del león.

Cuando decidió jubilarse, se retiró a Inglaterra a escribir sus recuerdos africanos. Pero al estallar la I Guerra Mundial, se abrió un frente nuevo en las colonias de África y Selous, con más de sesenta años, partió como voluntario al continente negro, con el empleo de capitán. El 4 de julio de 1917, en una escaramuza con el enemigo, un francotirador le alcanzó de un tiro en la cabeza, en las orillas del río Beho Beho. Murió instantáneamente. Los alemanes y los ingleses, en tiempos de guerra de caballeros, pactaron una tregua de 24 horas para rendirle homenaje.

Haggard se inspiró en Selous para crear la figura de Allan Quatermain, el protagonista de “Las minas del rey Salomón”

Dicen que el novelista Edgard Ridder Haggard se inspiró en Selous para crear la figura de Allan Quatermain, el protagonista de “Las minas del rey Salomón”. En cualquier caso, las autoridades tanzanas, cuando el país accedió a la independencia, decidieron bautizar el parque nacional en donde encontró la muerte con su nombre. Y hoy la reserva de Selous, el mayor parque de África y el segundo más grande del mundo, es uno de los lugares del continente negro en donde se encuentra una de las más numerosas concentraciones de animales salvajes, con grandes poblaciones de elefantes e hipopótamos.

He visitado por dos veces la tumba de Selous, en las boscosas orillas del Beho Beho, una zona frecuentemente visitada por los leones. Me gusta el rito de visitar los lugares en donde reposan los restos de mis héroes de referencia. Y dejar sobre sus tumbas unas flores silvestres como homenaje.

 

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Comentarios (5)

  • Carlos García

    |

    Como me gusta leer este tipo de historias de Reverte. me traen motnón de recuerdos a viajes por África con un libro suyo en la mano. Gracias Javier.

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  • ana

    |

    Me han dado ganas de ir a cazar (aunque con cámara de fotos en mano)

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  • Alberto

    |

    Una buena historia. Siempre hay que darse una vuelta por las tumbas de nuestros héroes.

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  • sonia

    |

    La memoria de los grandes inspira siempre los lugares donde la tierra les ha hecho un hueco. Sentí eso en la tumba de Kafka en Praga y en otras muchas de gente a la que admiro

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