Navidades en un hotel de Mozambique

Nunca había vivido desde este lado de la trinchera. Pocas veces fui el hacedor, el que agitaba los corchos para los demás. Hoy, cosas de las casualidades, trabajo también en un hotel, el Villas do Indico, donde la locura se convierte en rutina.

Nunca había vivido desde este lado de la trinchera. Pocas veces fui el hacedor, el que agitaba los corchos para los demás. Hoy, cosas de las casualidades, trabajo también en un hotel, el Villas do Indico, donde la locura se coinvierte en rutina. Ésta es la casa de dos amigos, Víctor y Ana Paula, dos enloquecidas personas que entienden la vida sin tiempos ni etiquetas permitiendo a todos ser por encima de estar. Aquí, en este espacio en plural, he pasado las navidades más extrañas de mi vida.

También, probablemente, han sido las más divertidas si no fuera por los cuartos 8 y 10 (metáfora) que se quejan de la que luna salió a las siete de la tarde y nos les dio tiempo a hacer su foto o de las incómodas espinas del pescado, que tienen la jodida manía de no ser de gelatina como les gusta. Ellos buscaban peces que salieran ya limpios y macerados del mar, que para eso pagan, cosas de la relación pagador-pagado a las que siempre poner buena cara y ordenar inmediatamente que los barcos salgan a pescar pollos. Ellos ya te miran satisfechos mientras perciben que quizá convendría barrer algo la playa que está llena de polvo. Eso sí, como te explican que ellos no quieren molestar, que son viajeros y no turistas, esperan a hacer esa queja hasta que llega el barco cargado de aves.

Ellos buscaban peces que salieran ya limpios y macerados del mar, que para eso pagan

Las navidades han sido extrañas, decía, y perdón por el desahogo, no sólo por colgar un Papa Noel de una palmera o tomar doce uvas zarandeado por las olas. Ha sido más un asunto de cantidades y calidades. La navidad en África tiene ritmos parecidos con fondos distintos. Los centros comerciales, aquí donde vivo, no existen y a lo más que llegan es a poner un gorro rojo sobre la dependienta del PEP, el Harrod´s de Vilanculos, mientras suena una atronadora música de marrabenta (música local).

Sin embargo, el consumo se dispara aquí igual que allá, sólo que la fiesta para estas familias es comprar algo de carne o pez que poner en el arroz, eso en términos familiares, o beberse hasta el líquido de frenos de los coches, eso en términos menos familiares y generalmente masculinos. “Invitas a gente a cenar a casa y muchas veces te encuentras a alguien desmayado en el baño de la borrachera que lleva. Aquí bebemos hasta caer”, me contaban ayer amigos locales. (Ya digo que las diferencias, en general, son más cuestión de cantidades y cualidades que de fondo).

Lo bonito, y se siente mucho, es ver cómo alguien se levanta y te agradece el esfuerzo

En el hotel, el 24 de diciembre hicimos una cena a la mozambiqueña. Todo el menú eran recetas locales, estaba para rebañar la loza cada plato, y la decoración era con hojas de palmera, flores, capulanas (telas con las que visten las mujeres). Fue una fiesta excepcional que acabó como tienen que acabar todas las fiestas en las que hace más calor en las mesas que en el horno: en la piscina. Lo bonito, y se siente mucho, es ver cómo alguien se levanta y te agradece el esfuerzo y las ganas mientras te dice que “nunca va a olvidar esa noche”. En ese momento te paras un segundo, que en las dos últimas horas lo único que has hecho es salir y entrar de la cocina mientras rezas para que no hayan confundido el azúcar y la sal en ningún plato, y te das cuenta de que, desde este lado, la vida tiene una parte bella, la de poner recuerdos en los demás. Yo, y todos los que trabajamos juntos aquí en partes iguales, somos los que inventamos el momento para que los otros lo añoren. Tiene piada, que dicen en portugués.

P.D. Escribo este post a las cinco de la mañana del día 31 (mañana, previsiblemente, no estaré en condiciones de escribir nada que no sea una receta médica). Hoy, cosas del llenazo por temporada y las obras por concluir, dormí en la playa, sobre la arena. Desperté a las 04:40 horas del último día de 2012 frente al mar. Miré a la derecha y arriba y luego miré arriba y a la derecha de nuevo. Planifiqué una fiesta en la que cenamos en la misma arena de playa y un DJ pincha música casi sobre las olas. Volví a mirar arriba, vi decenas de nubes llegando, y pensé: cómo llueva sí que las 100 personas que espero y el DJ con su nuevo equipo de música no van a olvidar esta fiesta y probablemente tampoco a mi madre.

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