Ngorongoro, el cráter de la vida (I)

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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La infame pista se encabrita cada vez más culebreando por el verdor del bosque tropical. Te agarres donde te agarres, el cuerpo brinca como si lo estuviesen centrifugando. La humedad se mastica y el sudor es tu compañero de viaje desde hace un rato. El zangoloteo del todoterreno es, sin embargo, una de las incomodidades más gozosas que recuerdo. Subimos las paredes del cráter del Ngorongoro, en Tanzania, otro de esos lugares donde siempre quise estar. Arriba, en la cima del único volcán todavía activo, el Ol Doinyo Lengai, tiene su morada el dios de los masai. Esperemos que no le dé por sacar a pasear su lengua de fuego.

En las oficinas del Área de Conservación del Ngorongoro hay que hacer una parada para tramitar los permisos. A partir de ahí, el desnivel es todavía mayor y el traqueteo, continuo. A 2.400 metros de altura, alcanzado el borde del cráter, los veinte kilómetros de diámetro del mismo parecen, 600 metros más abajo, un microcosmos. Hay lagos, ríos, colinas y hasta un bosque de acacias. Este cráter no está muerto, ni mucho menos: en sus praderas bulle la vida. Se calcula que 30.000 animales salvajes han hecho de esta inmensa caldera su hogar. Algunos turistas hacen aquí un descubrimiento revelador. ¡En África también hace frío! ¡Y en agosto! Quienes no incluyeran ropa de abrigo en la maleta, pensando en el continente de las brutales sequías y los yermos paisajes cuarteados, lo lamentarán ahora.

Algunos turistas hacen aquí un descubrimiento revelador. ¡En África también hace frío!

Los primeros masai llegaron al Ngorongoro hace 200 años. Los últimos, a mediados del siglo pasado, cuando fueron reasentados al crearse el parque nacional del Serengeti, donde a los humanos les está vedado, con muy buen criterio, asentar sus reales. Siguen viviendo del pastorero y, también, del turismo.

La primera visión del Ngorongoro te llena de paz. Desde la pista que circunda el borde del cráter de hotel en hotel, tienes la certeza de estar disfrutando de un momento único. Las cebras y las vacas de los masai pastorean en armonía. Nos cruzamos con algunos jóvenes recién circuncidados que visten túnicas negras y lucen pinturas blancas en la cara para gritar al mundo de las fieras y de los amaneceres infinitos su recién estrenada condición de adultos.

La tarde cae sobre el Ngorongoro y ese crepúsculo que desviste con mimo al cráter de sus colores diurnos invita a escribir

El Ngorongoro Serena Lodge está mimetizado con el paisaje, hasta el punto de que se construyó con piedras de canteras cercanas. La ducha es un regalo que te permite librarte del polvo del camino, adherido a ti como una segunda piel tras varias horas de viaje desde Arusha, la capital tanzana de los safaris. La tarde cae sobre el Ngorongoro y ese crepúsculo que desviste con mimo al cráter de sus colores diurnos invita a escribir. El viento, cada vez más frío, agita las aguas del lago Magadi, aureoladas de sal como un halo de santidad, mientras las sombras se echan encima del bosque de Lerai, donde el leopardo espera la hora propicia para salir de caza. Como presagiando el peligro, una manada de ñus aprieta el paso en la ocre sabana que añora el agua de la temporada de lluvias. Un todoterreno levanta una grisácea estela de polvo camino de las fuentes de Seneto. En apenas veinte minutos, la fiesta de colores se ha terminado. ¿Cuánto cuesta ver atardecer en el Ngorongoro? Mucho menos, creo yo, del tiempo que tardas en olvidarlo.

Esa excitación infantil ante lo extraordinario (sublimada la noche de Reyes), que en África siempre asoma con fuerza, me saca de la cama a las seis de la mañana para ver amanecer en el viejo volcán, la gigantesca montaña (más alta incluso que el Kilimanjaro) que se derrumbó sobre sí misma hace dos millones de años. Llovizna sobre las escarpaduras del Ngorongoro, que la niebla cobija celosa hurtando el espectáculo que siempre es ver nacer el sol en las sabanas africanas.

Esa excitación infantil ante lo extraordinario, que en África siempre asoma con fuerza, me saca de la cama a las seis de la mañana para ver amanecer

Los todoterrenos descienden hacia la base del cráter por una estrecha pista que zigzaguea entre cortados. Apenas se ve a un par de metros y las ramas de las acacias asoman como fantasmas del túnel del terror. De vez en cuando, se atisba entre la niebla la espigada figura de un masai. Nos cuesta una hora y algunos padrenuestros llegar abajo. No se ve nada alrededor. Unos minutos después, sin embargo, las brumas comienzan a levantar. Nos encontramos junto al lago Magadi y a nuestras espaldas se sitúa el bosque de Lerai. La antigua cima del Ngorongoro, a la que los guías se refieren como la “Round Table”, pasa totalmente desapercibida. Cualquiera diría que ese insignificante promontorio fue la cima más alta de todo África.

Los todoterrenos descienden hacia la base del cráter por una estrecha pista que zigzaguea entre cortados. Apenas se ve a un par de metros

Quien haya disfrutado de un safari en el Masai Mara y repita en el Ngorongoro notará muy pronto una sustancial diferencia: los conductores no se aventuran aquí a abandonar las pistas marcadas como sí sucede en la reserva keniana. Se arriesgan, y es un buen argumento disuasorio, a una multa de 100 dólares y ser expulsados del parque durante seis meses.

Los animales se ven, por tanto, a mayor distancia, aunque a cambio es menor la profusión de vehículos en torno a ellos. En el Masai Mara llegan a resultar incómodas (e incluso agobiantes) las maniobras imposibles de los conductores para conseguir el mejor ángulo a sus clientes ávidos de fotografiar a los “big five” (los cinco trofeos más preciados de los cazadores en África y, ahora, también de los turistas: león, búfalo, elefante, leopardo y rinoceronte).

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Comentarios (5)

  • Mayte

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    que bonito!!! la tierra de Karen Blixen en el Ngorongoro…me muero por verla algún día!!! Se ve y se lee que es maravilloso!

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  • ricardo coarasa

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    Gracias Mayte, realmente es un sitio especial. Ver atardecer desde el borde del crater es inolvidable. La semana que viene terminaré el relato. Abz

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  • Loreto

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    Nunca olvidare,la puesta de sol en el Ngorongoro,tomando vino caliente,entorno a una hoguera.No hay nada igual

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  • ricardo coarasa

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    Yo no tomé vino caliente, me conformé con cerveza caliente, que venía muy bien para soportar el frío que hacía.. Un saludo Loreto

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  • Viajes de Primera

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    Se va la luz, siempre, tan rápido, en el Ngorongoro y en otros rincones del sur del continente africano pero la emoción de haber estado no te abandona nunca y revive fácilmente con relatos como éste.

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