Ngorongoro: la melancolía de los placeres fugaces (II)

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Te pasas años esperando llegar a un lugar y, cuando por fin lo consigues, ya te empieza a doler tener que abandonarlo. Acababa de poner un pie en el Ngorongoro, tenía por delante varias horas de safari y, sin embargo, ya sentía la melancolía de la distancia que, de nuevo, se interpondría entre nosotros. Esa inmensa sensación de libertad que transmiten las sabanas, sí, se esfumaría demasiado pronto. A veces los empeños tienen desenlaces fugaces. Así debe ser, quizá, para no sacrificarlos a la implacable dictadura de la rutina. Para que sigan siendo merecedores de los sueños que no se diluyen con el tiempo, ni sucumben al tedio de las mañanas que parecen noches.

A veces los empeños tienen desenlaces fugaces. Así debe ser, quizá, para no sacrificarlos a la implacable dictadura de la rutina

Me sentía emocionado y pletórico frente al asalto de las sensaciones de uno de los mitos de África. Y, a la vez, me veía incapaz de retener la plenitud del momento, como si fuera consciente de que en el futuro iba a necesitar una porción de esa felicidad y no sería capaz de encontrarla en la trastienda de la memoria. No se trataba únicamente de buscar animales salvajes con la fruición del coleccionista de cromos. Muy por encima de eso, la mirada se perdía en las ocres praderas del Ngorongoro, en las escarpaduras del viejo volcán, en los cauces secos de los arroyos, y con ella cualquier preocupación pasada y futura.

Nunca fui un fanático de los safaris antes de poner un pie en África por primera vez. Quiero decir que yo había soñado con llegar a las Fuentes del Nilo, con rezar un padrenuestro en Chitambo a los pies del lugar donde está enterrado el corazón de Livingstone, con seguir los pasos de Pedro Páez en Etiopía, pero nunca alborotó mis anhelos la idea de subirme a un todoterreno siguiendo el rastro de los grandes depredadores. Con el tiempo me di cuenta de lo equivocado que estaba. En el Ngorongoro empecé a ser consciente de mi error.

Viajar de pie en un todoterreno, con la capota levantada, esparciendo tus reflexiones por la sabana, resulta inolvidable

Es verdad que en los parques africanos más concurridos los animales están, inevitablemente, acostumbrados a la presencia del hombre, pertinaz en su empeño por inmiscuirse en su vida cotidiana (esos fisgones insaciables, sin embargo, garantizan con sus dólares la supervivencia de estos grandes santuarios de vida salvaje). Es verdad que es difícil abstraerse cuando una decena de coches se arremolinan en torno a una leona devorando las entrañas de un ñu. Es verdad que los continuos avisos por radio entre los conductores, para ponerse al tanto de los hallazgos y hacerse merecedores de la propina, restan épica a la aventura. Pero no es menos cierto que viajar de pie en un todoterreno, con la capota levantada, esparciendo tus reflexiones por la sabana, resulta inolvidable (nota a pie de página: en temporada seca, este placer viene acompañado de una buena ración de polvo).

La intensa emoción de un safari reside en que, pese a todo, nada está garantizado

La intensa emoción de un safari reside en que, pese a todo, nada está garantizado. Puedes pasarte una hora esperando a que una leona, de la que sólo atisbas a distinguir el lomo entre la hierba, se arranque a correr detrás de un grupo de gacelas despistadas y un simple golpe de viento basta para echar al traste la esperada escena de caza. Suficiente para que las gacelas huelan la presencia del depredador y se alejen de su campo de acción. ¡Una hora! Tan sólo un par de coches tuvieron paciencia para esperar al desenlace. Y algunos llegaron al trance supremo ya sin batería en la cámara de fotos, de tanto usar el zoom para intentar localizar a la escurridiza leona. Sólo conservo una fotografía de esos sesenta minutos y cada vez que veo esos músculos en tensión asomando por encima del escondrijo de hierbas siento con la misma intensidad la emoción de esa prolongada espera, hoy vertiginoso recuerdo.

Cuando pienso en el Ngorongoro anhelo esa plenitud del espíritu que no necesita nada más para ser feliz, aunque sea de forma efímera

Por supuesto, la anatomía de ese fugaz placer en el Ngorongoro está llena de animales. La manada de elefantes junto a la laguna, los milanos que se lanzan en picado a arrebatar a los turistas sus sandwiches del almuerzo, los hocicos de los hipopótamos observándote, los guepardos desperezándose en la hierba seca, la cornamenta imponente de un rinoceronte negro entre la maleza, los flamencos tiñendo de rosa el lago Magadi. Y finalmente, mientras las sombras empiezan a adueñarse del Ngorongoro, los secos ruidos de dos elands, los antílopes más corpulentos, enfrentándose en la soledad de la sabana crepuscular.

Cuando pienso en el Ngorongoro, sin embargo, rememoro sobre todo la soledad de los caminos alejados de las rutas más transitadas, acercándonos a las paredes del volcán que parecen dispuestas a cerrarse sobre nosotros en cualquier momento como las aguas del mar Rojo tras el paso de los israelitas. Anhelo, por encima de cualquier otra cosa, esa plenitud del espíritu que no necesita nada más para ser feliz, aunque sea de forma efímera. Echo de menos, lo reconozco, la tolvanera que te alborota el cabello, y te llena de polvo irremediablemente, mientras te empieza a acechar esa melancolía que llaman Mal de África.

La oferta hotelera en el Ngorongoro es muy abundante y de distitnos precios y categorías. Lo mejor es usar un comparador de precios de hoteles para elegir.

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Comentarios (11)

  • Javier Brandoli

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    Está tan bien explicado, me siento tan identificado con las sensaciones que narras y es tan bello el relato que: Gracias!!
    La naturaleza africana es la droga visual más potente que he probado. Soy capaz de pasar horas mirando como aquellos animales me hacen entender que yo soy algo muy parecido a lo que contemplo. Este relato me ha recordado mucho a una experiencia que viví en Mburo y que creo que te suena…

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  • Ricardo Coarasa

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    Esa experiencia me ha inspirado también en parte este relato. No la he contado por pudor, pero cuando pienso en las emociones que despierta un safari, inevitablemente me acuerdo de las lágrimas de un amigo al despedirse de África, al recorrer los últimos metros entre la naturaleza salvaje. Pocos silencios tan elocuentes como el final de esa pista polvorienta de Mburo que nos llevaba al asfalto. Lo contaré en VaP porque todavía tengo algunas cuentas pendientes que saldar con Uganda y ésa es una de ellas. Gracias

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  • Nacho Melero

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    YO TENGO MAL DE ÁFRICA, Ricardo!!!!! Aprendí allí que Ngorongoro en swahili significa Edén…hace honor al nombre. Yo de la emoción que sentí cuando descendía a la base del gran cráter llegando desde Arusha, le dije a mi conductor de aquel 4×4 descapotado, «por favor necesito hacer un pis!!!» Bajé, y lo que realmente hice fue abrazar a la primera acacia que vi con todas mis fuerzas. Tú lo has dicho, VERTIGINOSO RECUERDO. Gracias por volver a evocarlo, oigo el nombre Ngorongoro y se me eriza la piel.

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  • cris

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    me ha encantado este post, totalmente identificada con todo lo que cuentas!! .. la sensación de libertad, d relajación, d amplitud de horizontes ante la grandes extensiones africanas .. la emoción al contemplar por primera vez alguno de los grandes mamíferos totalmente libres y en su entorno natural (y aquí reconozco que no pensé que fuera a pasarme, pero en mi caso se repite en cada experiencia) … y la sensación de perdida y las lágrimas derrochadas en el avión de vuelta .. en fin, que maravilla..

    pd: muchas felicidades por vuestro blog, es realmente magnífico!

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  • ricardo coarasa

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    Cris, Nacho, muchisimas gracias por vuestros comentarios. A mi también se me ha puesto la carne de gallina al leerlos. Abrazos a una acacia, lágrimas en el avión… África es realmente especial, con sus luces y sombras. Ojalá volvamos pronto a recorrer sus caminos…

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  • rosa

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    Precioso. Esta mañana apenas he podido leer el titular, que me ha parecido maravilloso, y he tenido que esperar todo el día para poder sentarme a leer. Sencillamente me ha encantado.

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  • Kawil

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    Qué gran artículo. Éste es uno de esos relatos en los que eres capaz de oler los caminos, de sentir lo que sintió el autor. Tan elocuente, tan emotivo que hoy uno puede decir que durante me escapé de puntillas para recorrer el Ngorongoro. Gracias.

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  • ricardo

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    Rosa, Kawil: el placer de visitar lugares mágicos como el Ngorongoro casi es comparable al que produce ser capaz de transmitir esas emociones a quien todavía no lo conoce. Gracias de corazón

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  • Enrique Vaquerizo

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    «A veces los empeños tienen desenlaces fugaces. Así debe ser, quizá, para no sacrificarlos a la implacable dictadura de la rutina»

    Ojalá sigamos con ganas deperseguir esos instantes fugaces mucho tiempo.

    Soberbio artículo Ricardo, enhorabuena

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  • ricardo

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    Enrique, gracias por tu generosidad. VaP está lleno de placeres fugaces y en buena medida también gracias a colaboradores como vosotros

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