¿Quién profanó la tumba de Finch-Hatton?

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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“Alguien vino a remover la tumba. Era un grupo de extranjeros, empezaron a fotografiar todo y luego a la mañana siguiente vi que habían desenterrado algo que al día siguiente volvieron para enterrar de nuevo. Eran raros, no sé lo qué hacían. Un año después uno de esos hombres volvió por aquí y lo vi merodeando esta zona”, explica la joven.

Ella es una humilde keniana que guarda el secreto de uno de esos lugares inaccesibles y llenos de mítica, la tumba de Denys Finch Hattton o, si lo prefieren, la tumba del mítico personaje que Robert Redford hizo eterno en la eterna Memorias de África. Descansa en un lugar recóndito y olvidado.

El camino hasta las colinas de Ngong, hasta su tumba, es complicado. La carretera trepa por una montaña que el hombre ha ido poblando en un cierto desorden. La vegetación sepulta casas y la miseria, en verde, se hace más llevadera. Tras preguntar a varias personas, pasarnos varios desvíos y avanzar por un sendero que parecía no llegar a ninguna parte, por fin encontramos una pequeña placa escrita a mano que anuncia la tumba.

Más que paz o serenidad en aquel lugar se respiraba una inquietante lejanía

Subimos una empinada cuesta de arena y piedra y llegamos a otro cartel, cerca de la cima, desde la que divisamos el Parque Nacional de Nairobi. Más que paz o serenidad en aquel lugar se respiraba una inquietante lejanía. Empezamos entonces a buscar la tumba de Hatton sin ser capaces de encontrarla. Llamamos a la puerta de una casa que parecía deshabitada y en la que seguro que vivía alguien. No estaba, no estaba nadie, no había nada.

Entonces, uno de mis dos compañeros de ruta, dos tipos fabulosos de la empresa Kobo Safaris, me llama a gritos. “He encontrado la tumba”. Está entre una espesa vegetación, exactamente detrás de una puerta de metal oxidado con un número de teléfono escrito a mano. Está candada. “No podría estar en un mejor lugar la tumba”, pienso.

Llamamos al número y diez minutos después aparece una joven que se presenta como guía y en parte dueña de la tumba. “Mi abuela es la dueña de este terreno. Hay que pagar una entrada”, nos dice mientras nos extiende un recibo. Pagamos y abre la puerta de un bonito jardín, no muy descuidado, con un obelisco en el centro en el que descansa el cazador.

Mi abuela es la dueña de este terreno. Hay que pagar una entrada

Todo es fascinante. Ella comienza a perder la vergüenza  y comienza a hablar en una mezcla de inglés y lengua local que me traduce uno de mis compañeros. “Estoy harta de este lugar. Cuando muera mi abuela habrá que hacer algo con este sitio. Mis hermanos se quieren quedar con esto, pero la que trabaja soy yo. Ellos quieren hacer dinero”.  De su charla se desprende que el candado, la tumba, los cuidados que hay en el jardín forman parte de un negocio por el que la familia se acabará pegando. Ella, como mujer, poco tendrá que decir. La tumba la compró el abuelo, junto a un inmenso terreno, por una cantidad ridícula hace ya unos decenios. “Entonces esto no valía nada”, dice ella.

La chica ejerce también de guía y se excusa por la falta de la placa original que colocó allí el hermano de Hatton, que fue el que propulsó está construcción ante la negativa de Karen Blixen, la amante del cazador que en Memorias de África interpreta Meryl Streep, de llevar allí el cuerpo de su amante (la historia real de ambos no es tan idílica como dice la película). En su lugar han puesto otra que reproduce el mismo fragmento del poema de Samuel Taylor, que figuraba en la original, y que dice “reza bien quien ama bien a todos, hombre y ave y animal”.

Reza bien quien ama bien a todos, hombre y ave y animal

Después, la chica narra el extraño suceso de la tumba y aquellos enigmáticos extranjeros. Le hago mil preguntas, intento saber más, incluso intenta mirar en sus recibos pagados en los que todos deben escribir los nombres. “Creo que tiré el año pasado ese cuaderno”, recuerda mientras diseccionábamos el actual. Ella lo cuenta todo con ingenuidad, sin darle importancia, y yo intento saber por qué unos extranjeros se irían hasta el fin del mundo a desenterrar y enterrar algo y volverían un año después. No hay respuestas, no hay tiempo para más.

Entonces viví una situación parecida a la que me ocurrió en la tumba de Livingstone, en Zambia, y me senté y me quedé un rato en silencio contemplando las vistas de las que disfrutará Hatton hasta la eternidad. Desde allí se divisaba la sabana africana ahora llena de casas y humanos que han ido desplazando a los animales. “Aún hay por aquí búfalos y hienas”, dice ella. Intento imaginar a los leones apoyados en este obelisco, quizá por el calor que desprende una piedra al sol, secándose de una lluvia inoportuna. Ella nos enseña un escrito en el que se asegura que es cierto que hasta allí iban a tumbarse los leones, como acaba la famosa película.

El parque nacional de Nairobi se vislumbra a lo lejos. Encima de mi cabeza se perfila la creta de las famosas colinas Ngong, aquellas bajo las que Blixen puso su granja en África. Qué maravilla poder llegar hasta aquí, ese silencio, esa nada en la que descansa una de esas personas que sufrió “el mal de África”, esa dolencia que no te deja partir. Descanse en paz míster Hatton.

(Perdonen que no ponga los nombres de las personas de las que hablo, están apuntados todos en un cuaderno que he dejado olvidado en Maputo. Todos los personajes de este post merecían ser nombrados, especialmente mis dos fabulosos compañeros de ruta)

 

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Comentarios (1)

  • cecilia briones

    |

    Me es difícil quedar indiferente a este artículo, la vida de Dennys y Karen reflejan muchas situaciones que de alguna forma las siento cercanas. El amor a la naturaleza, la vida en contacto con los animales, el ser consecuentes en su vivir, el respeto por otras culturas…me dejan claro que no es sólo una época. Alguna vez me gustaría ser amada de esa forma o tener un amor a quién recordar toda la vida.

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