Mires donde mires hay una mirada. Cada pasajero que sube se convierte en la nueva atracción de este zoo. Los ríos helados y las montañas se ven fuera, por lo tanto, tú estás dentro de la jaula. Debes de ser uno más de estos animales.
Hastiados, enclaustrados desde hace tres, seis y hasta siete días. Recorriendo el sur del país más extenso del mundo; jugando a los mismos juegos de cartas contra los mismos contrincantes, sorbiendo ruidosamente las siempre parecidas sopas de sobre, masticando las mismas galletas saturadas de azúcar y mojadas en el mismo té. Día tras día.
Las rutinas se repiten en el que parece ser el medio de transporte más barato para ir desde Tayikistán, Kirguizistán o Kazajistán hasta un trabajo en el lejano este ruso, normalmente en la construcción. A la ausencia casi total de rusos en este vagón de tercera clase nos remitimos; ellos están unos vagones más adelante, en los compartimentos de segunda y primera. Este es el tren en el que, además de finiquitar el Transiberiano, hemos convivido tres días con ellos. Para su incredulidad.
El tedio difumina la idea romántica del trayecto ferroviario más largo del mundo
3.648 kilómetros de travesía por 3.210 rublos, unos 80 euros. Con tres noches de por medio y todo el agua hirviendo para té y noodles baratos que se desee. El tedio difumina la idea romántica del trayecto ferroviario más largo del mundo. Cierto es que vuelve cuando se atisba un lobo en el bosque o cuando los compañeros te invitan a compartir su comida con una hospitalidad que supera la incomprensión del lenguaje. Nunca dejas de ser el turista con el que enumerar jugadores de fútbol, el que no entiende lo que le dicen, el que capta la atención de los aburridos viajeros con cada cosa que hace. Tú también te fijas en ellos, pero sus ojos te arrasan en número. De incómodo blanco de miradas pasas a ser el indiferente centro de atención.
Para este trayecto compramos dos de los cuatro últimos asientos que quedaban en platskart, nombre de la tercera clase de los trenes rusos. Nos tocaron en suerte dos literas superiores paralelas al pasillo, en las que solo puedes incorporarte a medias, encorvado contra el techo.
No es solo el espacio, es el olor. Las potentes especias en sobres de plástico se mezclan con un aplastante olor a humanidad
Estas plazas no cuentan con una mesa para comer, pero se acaba por tener una en cada comida. Los de las literas inferiores empatizan y ceden un hueco en cualquier momento a quienes vagan preguntándose dónde encontrarán cobijo esta vez, donde podrán acomodar sus posaderas para aportar su granito de arena a los omnipresentes vapores de sopa y pescado ahumado.
Porque ahí viene la segunda. No es solo el espacio, es el olor. Las potentes especias en sobres de plástico se mezclan con un aplastante olor a humanidad, que se abate sobre uno conforme pasan las horas. Un vagón con 52 personas, la gran mayoría hombres, que llevan tantos días como jornadas de viaje sin duchas. Solo hay un grifo que simplemente chorrea en el baño, un cubículo que te hace desear volver a sentir el penetrante toque del pescado ahumado que se vende en los andenes. Todas las ventanas cerradas y con la posibilidad de abrirlas sellada.
Cuando se intenta ver la timba nocturna regada con litros de cerveza al otro lado del vagón, ésta parece ocultarse tras una neblina espesa
La condensación acaba siendo palpable. Quizá sea el delirio que sobreviene después de la segunda noche sin salir más allá de las paradas de 10 minutos cada bastantes horas, pero cuando se intenta ver la timba nocturna regada con litros de cerveza que se monta al otro lado del vagón, ésta parece ocultarse tras una neblina espesa. Poco que ver con uno de los vagones contiguos, a bordo del cual va una excursión escolar y que tiene una ¡una! ventana que se abre cada mañana.
Tu viaje depende del vagón en el que caigas. El nuestro, reconozcámoslo, producía claustrofobia y aprensión antes incluso de que el tren partiese de Ulan Ude, parada habitual en la ruta transmongoliana. Pero nos ha permitido conocer a gente de multitud de nacionalidades y asombrarles con nuestras costumbres (alguno aún se debe preguntar cómo se puede mirar tanto tiempo a un libro). Arrancarles unos (pocos) aplausos con unos malabares improvisados con naranjas, arropar a una niña con los brazos y que se duerma mientras escucha música española compartiendo contigo los auriculares. Recibir muchas sonrisas y también, advertir más de una mofa.
No tiene sentido comprar un billete que te lleve de un extremo a otro de Rusia en seis días y medio. No se puede disfrutar a partir de la tercera noche
Y así hasta alcanzar la estación de Vladivostok, donde cogemos una bocanada de aire del Pacífico y concluimos este texto a 9.288 kilómetros de Moscú. Creemos que no tiene sentido comprar un billete que te lleve de un extremo a otro de Rusia en seis días y medio. No se puede disfrutar a partir de la tercera noche. Te desorientas en el tiempo y pierdes la noción del espacio. Marquis de Custine, autor de «El Imperio del Zar: un viaje a través de la Rusia eterna», dijo que la monotonía era la divinidad de Rusia. El encanto de los paisajes siberianos goteando en la ventanilla, tan parecidos y tan diversos, es innegable. Pero algunas paradas que rompan el viaje y permitan desperezarse son más que recomendables. Obviando la incomodidad, la litera sarcófago y el envolvente aroma, recordaremos como una sombra a aquellos con quien convivimos durante tres días en un vagón. Una sombra a la que miramos y que nos devolvió la mirada.
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