Ahora que hemos visto casi arder El Cairo y su plaza de Midan Tahir me acuerdo de tantas veces que he pisado la ciudad, sin duda una de las urbes más apasionantes del planeta y capital indiscutida e indiscutible de la civilización musulmana.
La habitación del Oráculo no es más que una pequeña estancia sin techo de no mas de 40 metros cuadrados. Pensar que es más que posible que por esa pequeña habitación pasaron faraones, emperadores romanos, algunos de los mayores generales de la historia y el mismísimo Alejandro es, simplemente, increíble, y la sensación de vivir en tu piel el peso de todas esas personas a lo largo de los siglos casi puede sentirse.
mirábamos el mar, que en L`Agulhas se mece violento, en busca de las inexistentes sombras del horizonte. Y al entender que no estaban, que allí no hay rincones, entendimos que se acababa el camino y que habíamos llegado a nuestro destino. Y sentimos la emoción del niño que sueña y la del adulto que hace realidad sus sueños. Lo habíamos hecho, estábamos allí.
Ganábamos con la tumba de Tutankhamon en el museo egipcio y perdíamos con los militares que limpiaban las ametralladoras de sus tanquetas en la entrada. Siempre en alerta, siempre dispuestos a salir. Ganábamos una comida regular en una parte linda del imponente Nilo y perdíamos un desagradable control de policía secreta donde nos olían hasta nuestras carteras en busca de droga.
Fuera de los resorts, los poblados son miserables y los niños tiran piedras al motorista. El Cairo, congestionada y envuelta en una permanente neblina toxica; la capital del Mundo Árabe se ha dejado de la mano de Dios. Parece que los barrenderos lleven de huelga veinte años.