Siwa: la soledad de Alejandro Magno

Por: Juan Ramón Morales (texto y fotos)
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Creo que fue Malcom Lowry quién en una ocasión afirmó que una ciudad solo es habitable si puedes encontrar en ella una buena librería con un café cercano.

No sé hasta que punto muchos suscriben esa tesis. Yo si lo hago, aunque seguro que los viajeros a más de una metrópolis lo negarían rotundamente (muchos de ellos sería incapaces de encontrar un libro en sus casas o distinguir a un buen librero de un vendedor de llaves, pero esto es otro tema).

Hace unas semanas recibí un correo electrónico de un viejo amigo egipcio

Hace unas semanas recibí un correo electrónico de un viejo amigo egipcio, vecino de una de las más rancias librerías de Alejandría, antiguo local propiedad de armenios, de judíos y de griegos que su padre “compró” tras la revolución de Nasser en los años 50 del pasado siglo. Párrafos sobre conocidos casi olvidados, relato de unas semanas convulsas y de miedo al futuro. Y un recuerdo, de un viaje reflejo de otro muy lejano, hacia las orillas del desierto.

Hace ya 2300 años, un grupo de jóvenes macedonios pasó por estas tierras tras dar la vuelta al orden establecido del mundo, sin complejos, y con un futuro brillante y quizá también temible, depende del historiador que leas. Egipto era como la Tierra Prometida de los antiguos. Una civilización ya vieja, agotada, pero llena de los detalles que hacen moverse a los viajeros, a los comerciantes  y los soldados, entre otros.

Los macedonios, con Alejandro a la cabeza, se desviaron de su camino lógico a Persia y el destino

Los macedonios, con Alejandro a la cabeza, se desviaron de su camino lógico a Persia y el destino, entrando tras la toma de Gaza en el Delta del Nilo. Visitaron las pirámides, los templos, sufrieron la rapacidad de los mercaderes locales, y todo el repertorio que a ti viajero te espera (revoluciones aparte) en el país del Nilo. Y allí, en el Delta, junto a una pequeña aldea de pescadores abierta hacia una ensenada y rodeada de pantanos, fundaron la primera Alejandría, primera de muchas y la más grande de todas.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces. La Alejandría de hoy en día no tiene nada que ver con la ciudad antigua, por más que muchos busquemos parecidos. Pero como las grandes metrópolis que han sido, el lugar ha sabido reinventarse acorde a cada época, siempre cosmopolita, siempre llena de gente de paso, cálida, húmeda, a veces bronca y agresiva, siempre orientada hacia el mar.  Toda esta historia viene a cuento de una tarde en un café.

 El viejo café donde Cavafis compuso muchos de sus versos

El Trianon es, como el Florian en Venecia, el Café de la Paix en Paris y muchos otros locales abrigo de autores, el centro donde todo amante de la literatura acaba recalando en Egipto. El viejo café donde Cavafis compuso muchos de sus versos, sigue abierto, sigue sirviendo el caldo amargo y excitante de Oriente, de cara al Mediterráneo.

Llevaba ya dos meses en Egipto trabajando en un tema que poco tenía que ver con Alejandro, fotografiando iglesias coptas en el barrio cairota de Mar Girgis y Wadi Natron. Un ambiente fascinante pero que tras varias semanas empezaba a agobiarme. Así que, tras haber comprado un pequeño volumen de Cavafis y con el recuerdo de las líneas de Lawrence Durrell, me marché a Alejandría una semana.

Y sentado en el Trianon, encontré a Yusuf, hablando en voz quizá demasiado alta con unos mochileros irlandeses varias mesas más allá de la mía. Si no fuera un país musulmán casi diría que Yusuf tenía más de una copa encima (quizá las tenía), mientras manoteaba, se levantaba de la silla y el color de su cara iba pasando por toda una paleta de colores hacia el rojo. La cara de los irlandeses también cambiaba, pero hacia tonos más pálidos…..El hecho es que uno de los turistas hablaba griego, no muy buen griego, y Yusuf, guardián de una tradición milenaria, no iba a permitir que la lengua de Homero fuera arrastrada de tal manera ni por las aceras de Alejandría. Y pasó lo que siempre pasa en estos casos en Egipto. El camarero desapareció de escena, los irlandeses se volvieron transparentes de vergüenza, se levantaron dejando un billete en la mesa, y desaparecieron. Y todo arreglado.

El camarero desapareció de escena, los irlandeses se volvieron transparentes de vergüenza, se levantaron dejando un billete en la mesa

Fue entonces cuando el volcán de verborrea de Yusuf se calmó, se giró y me vió. Intercambiamos miradas (la mía huyendo lo más rápido que podía, la suya escudriñando otro debate seguramente), se levantó y vino hacia mi mesa. Ya estaba buscando un billete en el bolsillo para salir huyendo del lío cuando Yusuf me puso la mano en la espalda, sonrió con una boca clavada a un personaje de Asterix (comerciante árabe para mas señas, no podía ser otro) y empezó a monologar de nuevo, por suerte más calmado, sobre su ciudad y su poeta, agradado de ver que tenía el pequeño volumen junto a mi café y que seguro me ahorró unas piastras y un mal rato.

Y así empezó una amistad entrecortada, mal llevada, con una persona que siempre recuerdo como si de un libro denso se tratara. Yusuf tiene pasajes imposibles, ilegibles, que te tientan a dejar por completo su compañía.  Pero casi sin querer, llegas a una página donde se abre una historia que te engancha, que no puedes dejar, y que casi siempre versaba sobre su ciudad y su historia.

Con Yusuf visité las catacumbas de Kom el Shofafa acompañados de un familiar de la persona que las redescubrió, siguiendo al asno que reabrió el tuner por accidente cayendo al vacío (y que nadie me ha contando nunca como acabó el pobre. Tristes héroes de la arqueología).  Un laberinto de galería, de criptas y cámaras, que serpentean por debajo de la ciudad y son uno de los pocos vestigios que quedan de la ciudad anterior a la conquista árabe.

Con Yusuf busqué la tumba de Alejandro, el Grial de la arquelogía alejandrina

Con Yusuf busqué la tumba de Alejandro, el Grial de la arquelogía alejandrina, a las puertas de una mezquita, antigua iglesia, antigua sinagoga, antiguo templo y Dios sabe qué más, cuyo cuidador nos echó de maneras muy claras, el gritando, Yusuf gritando a la vez que se reía. Os contaría más pero la traducción de Yusuf (“no es una discusión Juan, solo hablamos del ful (judías cocidas) del restaurante de su primo…..”) no me la creo mucho.

Una mañana, cuando llevaba ya dos semanas en la ciudad, Yusuf me anunció que al día siguiente saldríamos hacia Siwa, el oasis casi en la frontera Libia donde Alejandro recibió de labios del oráculo de Amón el anuncio de su destino glorioso, y quizá más cosas que no contó, dando pie a sus compañeros y a los historiadores para imaginar todo tipo de mitos.

El paraíso de los “ombligos de mediana edad”

Y al día siguiente partimos al desierto en un autobús lleno de una familia de por lo menos 40 personas de camino a una boda en el oasis. Si no habéis viajado nunca en un autobús egipcio, preparaos para lo que aquí serían 9 horas de películas de Paco Martínez Soria (o quizá de Ozores…) y programas tipo Sábado Noche, con una diva pasada de peso cantando a su juventud y sus amantes perdidos ahogada en ropajes y carne al aire. como decía mi abuela. Una amiga me ha descrito ese programa como el paraíso de los “ombligos de mediana edad”, gráfico y suficiente.

Siwa es uno de los oasis que jalonan el desierto, que en esta zona del Sáhara recibe el evocador nombre de Gran Mar de Arena. La carretera sigue la costa del Mediterráneo, pasando el antiguo campo de batalla de El Alamein, hasta Marsa Matrouh, casi en la frontera Libia, adentrándose más tarde ya en el Sahara, al  caer la tarde, con las chimeneas de varios pozos de gas natural ardiendo el horizonte hacia Libia.

La arquitectura de barro del Sahara no pudo aguantar el temporal y los techos se vinieron abajo como una tarta de merengue

La “ciudad” principal del oasis se revuelve alrededor de los restos de Shali, la ciudad antigua de barro que una inesperada tormenta arrasó hace ya unas cuantas décadas. La arquitectura de barro del Sahara no pudo aguantar el temporal y los techos se vinieron abajo como una tarta de merengue. Hoy, la ciudad es más un conjunto de edificios administrativos de cemento, por suerte de pocas alturas, contrastando con las pequeñas aldeas de barro y palmeras, entre los lagos salados del oasis, que dan al lugar un encanto maravilloso.

El mejor modo de moverse por los caminos de Siwa es en bicicleta. Los locales aún usan carros tirados por asnos y se ven pocos coches, lo cual es un verdadero placer.  Ya desde Alejandría Yusuf no paró de hablar. Es alucinante el modo en que encadena un tema con otro. De hecho, escucharle a veces es como tener la radio del coche encendida. Sabes que de vez en cuando pierdes el hilo, pero siempre puedes volver al escuchar y el sigue y sigue, aunque por lo general en un tema distinto del que tenia al principio. Es una de esas personas que debe escucharse asimismo. Tu solo eres un espectador que le anima a seguir y que nunca le va a contradecir. Nunca he tenido necesidad de hacerlo ni creo que sea sano, por el bien mental y puede que hasta físico del que tiene enfrente.

El viaje era para mí, ya con el billete de vuelta dando vueltas en mi bolsillo, la cima de mis días en Alejandría. Yusuf me llevaría a conocer a todo el mundo importante del oasis, ya que todos le conocían. Más tarde resultó que nunca había estado alli y nadie le conocía, pero eso no fue problema para que fuera predicando por toda la ciudad, preguntando direcciones de gente que no conocía nadie. Pero, aquí estábamos y aqúi seguiríamos.

Y un gran silencio, solo alguna alondra de fondo

De camino al antiguo templo del Oráculo, en bici, con una temperatura para nada desagradable, ibamos pasando las pequeñas poblaciones llenas de niños, donde el olor seco a hojas secas y fruta pasada te iba envolviendo según pedaleabas.  El templo, lo que queda de él, es un pequeño complejo reconstruido en la época romana. Ni un solo turista en la pequeña colina desde donde el desierto se extendía más allá de los lagos someros de Siwa. Y un gran silencio, solo alguna alondra de fondo.

Lugares como este siempre me han fascinado. Soy, lo reconozco, un auténtico “friki” de la historia. Estar en el mismísimo oráculo de Amón, casi en solitario y en silencio, no se puede comparar con nada.  La habitación del Oráculo no es más que una pequeña estancia sin techo de no mas de 40 metros cuadrados. Pensar que es más que posible que por esa pequeña habitación pasaron faraones, emperadores romanos, algunos de los mayores generales de la historia y el mismísimo Alejandro es, simplemente, increíble, y la sensación de vivir en tu piel el peso de todas esas personas a lo largo de los siglos casi puede sentirse.

Yusuf, a mi espalda, sonreía en silencio (en sí un milagro). Un alejandrino verdadero en el mismo lugar que el fundador pisó sin ningún género de dudas. Y una pequeña sonrisa se dibujó en su cara.

Quizá eso fue lo que el propio Alejandro sintió en aquella habitación que cambió la historia del mundo

Regresamos a la ciudad en silencio y esa misma noche tomamos un nuevo autobús de vuelta a Alejandría. No se que tendría en la cabeza Yusuf, perdido en sus ensoñaciones, pero fueron las horas más solitarias que recuerdo de aquellos días. Quizá eso fue lo que el propio Alejandro sintió en aquella habitación que cambió la historia del mundo, su propia soledad ante el mundo, algo que todo buen viajero antes o después ha sentido.

Unos días más tarde regresaba a Cairo y a casa. Yusuf me acompaño a la estación de tren casi en silencio, hablando de cosas inconexas. Ya en el andén me entrego un pequeño paquete, un librito escrito en giego y editado en 1906, poemas de Cavafi por supuesto. Y se marchó.

Tengo el libro aquí, em mi mesa. No nos hemos vuelto a ver. Solo algunas cartas y algunos mails (Yusuf es una de las últimas personas que conozco que se ha rendido a la evidencia del correo electrónico e impersonal). Muchos de los míos quedan sin respuesta y muchos de los suyos son incomprensibles, pero tiene una manera de escribir, de tema en tema y siempre con silencios para dejarte reflexionar, que me llevan de nuevo a orillas del Sahara, a esa pequeña habitación sin techo desde la que, quien sabe, el destino del mundo cambió para siempre.

Gracias amigo Yusuf, a pesar de todo.

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Comentarios (1)

  • Javier Brandoli

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    Es un placer editar relatos como este. Supongo que cuando ideamos Viajesalpasado nos gustaba pensar que escribiría gente como Juanra en este proyecto. Entonces era una duda saber si los encontraríamos. VaP está plagado de gente que esta contando historias buenísimas de todos los rincones del mundo. Perdón por el sincero desahogo y felicidades Juanra!.

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