En México puede que sea cierto lo que decía Olguín y haya un convivir cruel y enfermizo con cuerpos calcinados y matanzas que se narran con tanta precisión que el hombre del tiempo pareciera que va a explicar después del telediario si habrá que llevar paraguas, abrigo o pasamontañas a los próximos funerales.
En cada planta, en el centro, hay decenas de adolescentes de aspecto, con un simple tanga, bailando en una jaula sin apenas mover el cuerpo por falta de espacio. Alrededor hay siempre decenas de hombre bebiendo y mirando. Todas llevan un número en la braga. Están marcadas.
Los masai no entierran a sus muertos porque creen que hace daño a la sagrada tierra. Mueren, los meten en bolsas de cuero y abandonan el cadáver fuera del poblado, lejos. A los tres meses vuelven a ver qué ha pasado. Si se lo ha comido una hiena es que es una mala persona. Si se lo comió un buitre es que está en el paraíso.
Otra vieja fábrica abandonada, de ambiente divino y moderno, en el que la excentricidad marca la puerta de entrada. Si te haces una foto o la vestimenta que llevas no es adecuada tienes que olvidarte de entrar (cosas del clasismo liberal que cobra entradas a precio de lujo).
Se trataba de un tupper sex que la Elena Ochoa de la zona hacía aprovechando que ahora tendrá clientela, algo aburrida, de ver a sus maridos en modo off delante de la televisión