Tete: las lavanderas del Zambeze

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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A la izquierda hay un largo puente que salva el río Zambeze; en frente, la ciudad de Tete, al norte de Mozambique, se muestra como un esqueleto de hormigón endeble, lejana, como si el propio caudal fuera a engullirla en cualquier momento; debajo, bajo la terraza del lustroso café Cigane en el que me encuentro, contemplo una estampa impactante: decenas de mujeres, algunas semidesnudas, lavan sus ropas y cuerpos en las aguas del río. Lo hacen con la rutina de quien cada mañana acude a una cita ineludible, la de lavar la ropa y su cuerpo frente a la mirada de los inexistentes otros.

La escena me parece tan evocadora, extraña, e impactante, como por momentos encuentro en mi cámara una actitud obscena

No es la primera vez que veo una escena parecida en África, pero sí es la primera que la observo dentro de aquel marco tan desigual: el puente de pago, los viejos y descascarillados edificios de cemento manchados por el humo de la ahora importante urbe minera de aspecto canalla; el bar de diseño en el que la música acalla el  río y… ELLAS, abstraídas de todo aquel entorno, de nuestras miradas, de nuestras fotos, de nuestro mundo tan opuesto al que dan la espalda enjuagando sus cuerpos. La escena me parece tan evocadora, extraña, e impactante, como por momentos encuentro en mi cámara una actitud obscena.

Luego me fijo que un poco más a la derecha. Hay un grupo de niñas y niños que se bañan en el río. Dueños de una enorme piscina llamada Zambeze, sin importarles que los escurridizos cocodrilos que navegan sus aguas puedan desmembrarlos. Más allá, algo más a la derecha aún, se encuentran los hombres. Algunos están desnudos. Lavan también sus cuerpos en aquella masa líquida que por inercia corta el sur de África hasta desembocar en el Índico. Hay una elocuente armonía en todo ese desorden. Ellas por un lado, ellos por otro, y en el medio, en la permisiva niñez, un lugar de encuentro. Imagen perfecta de una África en la que es complicado ver parejas paseando de la mano, agarrados, cuando la luz deja entrever los afectos. Siempre ellas y ellos hasta que cae la noche, la oscuridad que lo tapa todo, y les devuelve a sus encuentros de cabañas de caña y barro.

Siempre ellas y ellos hasta que cae la noche, la oscuridad que lo tapa todo, y les devuelve a sus tórridos encuentros de cabañas de caña y barro.

A la mañana siguiente se repite la  escena. Pareciera calcada del día anterior. Otra vez aquella coreografía de mujeres que sacuden las ropas contra las piedras, que frotan sus cuerpos en aguas turbias. Entonces entiendes que la imagen posee tanto pasado como futuro. Que se repetirá si el crecimiento económico de la ciudad no anega de hormigón su pequeño mundo. Y otra vez que te sientes lejos, muy lejos, contemplando a menos de diez metros a las lavanderas del Zambeze lavar y secar la ropa al sol.

Poco más que decir. Sólo una imagen por la que la inhóspita ciudad de Tete se convierte en parada adecuada para el viajero. Sólo una imagen de un río, una ciudad industrial y unas personas lavando sus ropas y sus cuerpos.

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