Una montaña que se cae

Por: Juan Ignacio Sánchez (texto y fotos)

China, primeros días. Después de la fulgurante llegada en la que acabamos casi firmando autógrafos y haciéndonos fotos con un grupo de chinos enloquecidos en una fiesta de fuego, nos hemos montado en un autobús destino a las montañas. Buscamos una población que se llama Yuan Yang, y en la que al parecer hay cientos de miles de campos de arroz a los que el sol, en el amanecer y en el atardecer, cede su luz para convertirlos en los más gigantes espejos terrenales. Un espectáculo dantesco.

Pero antes había que llegar. Y ahí ha llegado la gran aventura china, que empieza al alba. Montamos en un autobús a las siete de la mañana, y empezamos a caminar, a siete por hora, por una carretera de montaña que solo mirar para los lados daba vértigo. Pinchamos, tuvimos que estar parados durante horas porque unas grúas estaban despalando una montaña… Luego tuvimos que estar parados más horas porque hubo un desprendimiento y el camino estaba cortado… Y cuando al fin arrancamos, ya totalmente de noche, el autobús se quedo parado justo donde todavía estaba la arena del desprendimiento…

Y ésta era la escena… A la izquierda, un barranco. A la derecha, una torre de arena que amenaza con caer… Pequeñas piedritas desprendiéndose y acojonándonos…Mi amiga Ro agarrándome de la mano… Y dentro del bus, justo al lado de nosotros, dos chinos tan tranquilos fumando y escupiendo en el suelo… Asi, con gargajos ruidosos… Y niños llorando, y los pasillos colapsados con bolsas de comida y de quién sabe qué cosas… Y al fin evitamos la tragedia…

Y ésta era la escena… A la izquierda, un barranco. A la derecha, una torre de arena que amenaza con caer… Pequeñas piedritas desprendiéndose y acojonándonos…

Luego paramos mas rato porque una señora viejita de no sé qué etnia se puso mala y lo vomitó todo… Y luego, después de que nos dejaran comer algo (estuvimos desde las siete de la mañana hasta las once de la noche con un yogurt en el cuerpo), al final….. final, final… a las casi tres de la mañana, llegamos al sitio donde íbamos, que se llama Luchon, y en el que no nos dejaron dormir en la estación porque a la mañana siguiente teníamos que coger otro autobús hasta Yuan Yuang…

Yuan Yang. Posiblemente, y sin entrar en comparaciones, el sitio mas mágico en el que hemos estado en lo que va de viaje. Por todo. Las gentes, literalmente, te paran por la calle y te meten en sus casas a comer. Te miran con una cara de curiosidad que debe ser parecida a la cara con la que les miramos nosotros… Si les das más dinero por lo que compras, porque te confundes, van y te lo devuelven. Si pides solo un poquito, te ponen mucho y te cobran un poquito…

Aquí no viven del turismo, no les interesa, y por eso cuando paseas por las calles, más bien te sientes como en la grabación de una película en la que no eres personaje, solo testigo que intenta molestar poco y mirar mucho…

Son de una etnia, llamada HANI, que, al parecer, según el folklore popular, nacieron de los ojos de un sapo. Las mujeres visten trajes de colores, con gorros, camisas y una especie de delantal tejido en azules, rojos, amarillos y blancos… Y los hombres llevan pantalón, chaquetas y gorro azules, así como de proletario ingles del siglo 19… A mi me recuerdan a Dean Martin! Yo no sé si es que estoy muy impresionado, pero me parecen todos guapos..

Aquí no viven del turismo, no les interesa, y por eso cuando paseas por las calles, más bien te sientes como en la grabación de una película en la que no eres personaje, solo testigo que intenta molestar poco y mirar mucho…

La montaña… Y la luz. Hay mil sitios donde recrearse y ver el sol iluminar los campos de arroz…Y los compañeros de viaje. Ahora nos acompaña Andrea, un italiano desternillante. Es increíble cómo se puede llegar a conectar con alguien en cuatro días. Viaja solo, en bicicleta. Me he muerto de ganas de tener una y salir con él, pero no hubiera podido… Es uno de esos tíos que se sube montañas como el Mortirolo, Sestriere, el Tourmalet, con sus amigos, todos por cierto una década mas jóvenes que yo… Nada a mi alcance.

Y en la guest house hemos conocido a dos suizos… Resulta que solo hay cinco extranjeros en este pueblo, y nos hemos ido a meter todos en el mismo sitio… Llevan catorce años juntos, y mas de tres viajando por todo el mundo. Son bellos, interesantes, divertidos, respetuosos. Me han contado historias de Siria, Iran, Irak, Turquia, África…. Y también del transiberiano. No paro de recibir mensajes subliminales. Quiero hacer el transiberiano.

Y las costumbres de los chinos, que no entiendo. Y la cantidad de preguntas que no puedo hacerles. Y sus escupitajos en el suelo, que ves a esa tierna ancianita, y la quieres saludar, y de repente escuchas gggggggggggggguuuuu, raca, y lapo que te crio. Y dices “¿de dónde saca eso esta mujer?” ¡Y cuánto fuman todos! Y cuánto juegan a las cartas, y a una especie de domino incomprensible. Y los comercios todo el rato abiertos. Y los bares populares con sillas chiquititas donde hacen la mejor sopa que tomaré en la vida o te ponen un cuenco de arroz y lo llenan de vegetales y de una carne de cerdo que no tiene nada que envidiar a la nuestra, salvo en el jamón, claro. Y los supermercados chinos, que son como los chinos del barrio, pero en china. Y el casero de mi casa, que nos infla a plátanos y a té y nos sentamos con él a ver la serie de la tele, y Ro se pone a coser con la mujer. Y los niños subidos a los arboles a coger frutas, y los abuelos paseando por la plaza a la caída de la tarde. Y las mujeres siempre cargadas con cestas de leña, verduras y cualquier cosa.
Es bonita, la China.

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