A través del Sinaí en camello

Por: Juan Ramón Morales (texto y fotos)
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Estamos en Dahab, en la costa del Mar Rojo, en el Sinaí. Un viaje de 12 horas, de noche, desde El Cairo, en un autobús lleno de escolares egipcios con sus madres, donde el conductor nos regala los videos de la boda de su sobrina. Carnes bamboleantes de bailarina del vientre, lamentos de la cantante popular Umm Kalzun, olor a queso seco por doquier.

Hay dos lugares favoritos para los cairotas en busca de vacaciones. Los pudientes se mezclan con los turistas rusos e italianos en Sharm el Sheik y sus resorts y villas o en Hurghada, más al sur. El resto siempre tendrá Dahab…. Una estrecha playa de piedra enfrente de la costa saudí, sin sombra, sin agua potable, pero con algunos de los fondos de buceo mejores del mar Rojo. Aquí empezaron a llegar en los setenta buceadores huyendo de las costas contaminadas del Mediterráneo, en la ruta hacia Kandahar, Katmandú y sus fumaderos…Hippie Trail en estado puro. En un lugar que ni los bedu de los alrededores nunca dignaron en detenerse.

Dahab…. Una estrecha playa de piedra enfrente de la costa saudí, sin sombra, sin agua potable, pero con algunos de los fondos de buceo mejores del mar Rojo

Y aquí estoy, tostándome a un sol inmisericorde, esperando que una alegre y rubia chica holandesa se coloque su equipo de buceo sin ahogarse y preguntándome por qué la mayoría de los centros de buceo que conozco están en lugares tan horribles…..Así que me relajo con una botella de agua mineral embotellada en la época de los faraones y espero, mientras la costa saudí se refleja en el agua inmóvil, dando el tono rojizo con el  que los antiguos bautizaron a  este mar.

Y me pregunto si no queda ya nada en esta península desolada de la cultura bedú, de los Howeita que al otro lado del Golfo de Aqaba acompañaron a Lawrence hasta Damasco. Algo debe quedar, tanques israelíes mediante. Y así es…Al fondo de la hilera de restaurantes baratos donde adolescentes rusos pierden la vergüenza y los dólares de sus padres recién enriquecidos, un pequeño ventanuco me muestra una librería (con su siempre ubicua en Egipto, peluquería masculina) donde el doble de Anthony Quinn juega con un rosario. Y no puedo resistirlo.

Al fondo de la hilera de restaurantes baratos donde adolescentes rusos pierden la vergüenza y los dólares de sus padres recién enriquecidos

Para resumir casi cuatro días de consulta de mapas, malentendidos, enfados, compra de cajas de agua que nunca llegue a ver y muchos dólares gastados en harina y forraje para camellos, parto de los pozos bíblicos de Ain Khudra, las “agua verdes”, buen nombre para el pozo, de veras….. hacia el monasterio de Santa Catalina y el Monte Sinaí, con un simpático bedu que no para de reírse y no habla nada de inglés. Pero, todos los nombres que le he ido citando, sacados de un pequeño volumen de viajes de siglo XIX, le son conocidos, luego, Insallah, tendremos una buena travesía…

Hasta la expedición de Bonaparte a Egipto, poco se sabía de esta zona de Oriente que no estuviera en la Biblia o en algunos relatos fantásticos de cruzados. La conquista trajo un renovado interés por lo faraónico a Europa y abrió las puertas de Africa, vía el Nilo, a todos aquellos aventureros de salón que perdieron la ocasión de morir dignamente en Austerlitz, Trafalgar o Waterloo. Uno de ellos siempre me ha fascinado, como a otro de mis iconos, Sir Richard Burton. Un pequeño suizo desencantado, huido de Europa y al servicio de Inglaterra contra el terror Napoleónico, Johann Lewis Burkhardt, llegó al Cairo de principios del XIX cargado de sed de aventuras. Arabista consumado, la peste se lo llevó trazando el plan de visitar La Meca como peregrino, lo que el oscuro Burton lograría unos años más tarde, plasmando uno de los libros de viaje más fascinante de la Literatura, con mayúsculas.

Para su preparación, Burkhardt cruzó el Sinaí, fue el primer europeo en redescubrir las ruinas de Petra y en regresar para contarlo en un pequeño librito, hoy descatalogado, que encontré en una pequeña librería de viejo en Estambul (un libro crea otro libro, y fue Lawrence quien, siguiendo las indicaciones de Burkhardt, cruzó el Sinaí en 1914, a las puertas de la I Guerra Mundial, en otra joya desconocida de la literatura de viajes, The Widerness of Zin).

Pocos lugares llegan más al subconsciente humano que el silencio y el vacío de cara a un cielo estrellado que absorbe el bochorno del día

Salimos de Ain Khudra siguiendo una pista, en un paisaje que me recuerda a los desiertos de Africa Oriental. Acacias, wadis, huellas de chacales al despertar en los campamentos por las frías mañanas y, como siempre, el cielo del desierto nocturno. Pocos lugares llegan más al subconsciente humano que el silencio y el vacío de cara a un cielo estrellado que absorbe el bochorno del día. Y así, al paso machacón de dos camellos, con su edad marcada en las pezuñas agrietadas, avanzamos poco a poco. Y es en un pequeño cañón, donde nos detenemos a abrevar los animales, donde, en una pared rojiza, tres letras rascadas junto a varias figuras de animales y personas, me dan la razón de el por qué del calor, de la sed y del hambre que estoy pasando, y todavía a veces me sacan del hastío urbano entre viaje y viaje. Tres letras, JLB, y un número, 1804….Quizás no todos los libros de viaje son patrañas inventadas, quizás algunos son testigos verídicos. Y no hay mejor libro que el que escribimos viviendo y viajando.

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Comentarios (1)

  • Ana

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    Brillante, y emocionante final. Enhorabuena!

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