África en moto. Un millón de piedras

Por: Miquel Silvestre (texto y fotos)
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África es un continente mítico, idealizado hasta el exceso por el cine y la literatura. Cuando oye su nombre, hasta a mi vecina del quinto se le llena inmediatamente la imaginación de imágenes sugestivas, de rojizos amaneceres, inmensos desiertos, verdísimas selvas y manadas de animales salvajes. Ella también sueña con el África de los documentales y un revolcón con Robert Redford.

Pero el África real no un safari organizado ni una película romántica donde lucir palmito en traje de explorador tapioca. Recorrida desde una motocicleta es un territorio difícil, duro y, por qué no decirlo claramente, peligroso. Poco tiene de sugestivo cruzar fronteras kafkianas, los policías corruptos, los encuentros con elefantes, las enfermedades tropicales o los accidentes a cientos de kilómetros de cualquier cosa parecida a un hospital.

Hablando de accidentes, lo que sí puedo decir es que mi viaje surgió de una forma totalmente accidental. Jamás había estado en África, pero un día me propusieron ir gratis a Kenya a escribir un reportaje. ¿Alguien ha dicho un viaje Gratis? Acepté encantado el regalo y me vacuné contra el cólera, la fiebre amarilla y el tétanos. Ya puestos, como me gustaban las motos y aún tenía en el bolsillo la indemnización por un percance de tráfico, pensé para mí, ¿oye, por qué intentas comprar una allí y te das una vuelta?

KENYA

Nairobi es la gran ciudad de África del Este, paso obligado para los viajeros que recorren el continente. La mayoría se reúne en el jardín de Jungle Junction, propiedad del alemán Christofer Handschub. Ofrece alojamiento asequible, posibilidad de acampar, y fiables reparaciones en los vehículos de los trotamundos antes de que se adentren en la jungla. “Esto es África”, comenta antes de afrontar una avería con los medios más simples. Le he visto reparar un amortiguador con alambre y un trapo. Más allá de sus puertas, empieza el reino de lo imprevisible y de la falta de repuestos. Cuenta que llegó al Polo Norte en una moto con sidecar. Nadie sabe si es cierto, pero qué importa eso si los viernes organiza estupendas barbacoas.
Le había escrito un correo preguntándole por las motos que había disponibles. Tenía dos en venta, una KLR con matrícula de Sudáfrica y la BMW con placas de Kenya. Estas diferencias son importantes a la hora de cruzar fronteras. Con la sudafricana resultaba más fácil regresar, con la kenyata era más complicado alejarse sin carne du passage, documento que no podía conseguir pues yo no tenía residencia en el país. Pero fue amor a primera vista. Mientras la Kawa había hecho un durísimo viaje, la BMW R80/GS del año 92 había sido importada de Alemania y el dueño, el jefe de la radiotelevisión germana en Nairobi, apenas la había usado. Lucía como nueva y solo pedía 3500 euros. Una completa ganga teniendo en cuenta su estado y el lugar donde se encontraba.

En cuanto salí de la ciudad comprobé que las carreteras africanas son un infierno. Baches, polvo y vehículos humeantes que sólo respetan una ley: la del más grande. Hay gente por todas partes. A pie, en bicicleta, en microbuses, en coches, en camionetas, en patinete, en todo aquello que se pueda mover sin importar lo viejo, contaminante o peligroso que sea. Conducir en África supone un slalom continuo para evitar peatones, animales y agujeros profundos como piscinas.

En cuanto salí de la ciudad comprobé que las carreteras africanas son un infierno. Baches, polvo y vehículos humeantes que sólo respetan una ley: la del más grande.

Alrededor de la línea ecuatorial, el horizonte es selvático y la tierra ruge intensamente roja. Las plantaciones de te espolvorean de esmeralda las colinas. En Nanyuki los indígenas se apostan en la señal del Ecuador a la espera de turistas a los que hacer el numerito del sumidero de agua que gira al revés. Ni me molesté. Era más interesante mirar el abigarrado paisaje humano. En esta zona se situó el origen kikuyu de la revuelta Mau Mau contra el dominio colonial británico y en los días que la recorrí volvía a verse sumida en la violencia. Kenya es un crisol con más de cuarenta tribus. La mayoritaria es la Kikuyu, a la cual odian casi todos los demás. Aunque sin duda, la tribu más famosa es la Masai. Los señores de la sabana. El dios que todo lo creó les concedió la propiedad de todos los rebaños. Al menos eso dicen para justificar sus robos.

TANZANIA

El asfalto desapareció cien kilómetros antes de la frontera. La pista de gruesa grava estaba muy transitada por viejos camiones TIR que circulan de noche y de día a velocidades demoníacas. Indiferentes a toda norma, aplastan a su paso lo que no se aparte de su camino con suficiente rapidez, sean animales, niños en bicicleta o estúpidos motociclistas blancos.
Arusha es la puerta de acceso Kilimanjaro y alberga el Tribunal Penal Especial para el genocidio de Ruanda. No es difícil encontrar alojamiento aunque los precios son altos. En cualquier establecimiento hostelero tienen dos tarifas: una para extranjeros y otra para habitantes de África del Este. Por supuesto, los extranjeros pagan el doble. O el triple si se trata de Dar es Salaam, gran puerto comercial del Índico, vía de acceso a Zanzíbar, y la capital real del país.

Trescientos kilómetros al oeste, atravesé el parque de Mikumi. Jirafas, elefantes, babuinos o búfalos cruzaban libremente la carretera. Los animales miraban con escéptica resignación al intruso motorizado.

ZAMBIA

El horizonte es una zarza espinosa y espesa que brota por doquier. Es lo que llaman “The bush”. Kilómetros y kilómetros del mismo paisaje bajo un cielo uniforme. Cada cierto tiempo aparece un poblado de chozas. No hay nada más. Tampoco gasolineras en más de seiscientos kilómetros.
En el bar del motel Melodi de Mpika coincidí con un grupo de divertidos camioneros somalíes. Hacían extraperlo con el gasoil, transportaban ilegalmente pasajeros y por las noches se cocían con bourbon made in Sudáfrica. A las 6 de la mañana, resacosos y somnolientos, salían de nuevo a seguir sembrando el pánico.

ZIMBABWE

La antigua Rodesia fue un día el país con mayor renta per capita de África. Pero llegó Mugabe y todo se fue al infierno. Como me dijo un africano, si el gobierno del país se lo hubieran entregado a su peor enemigo no habría tenido tanto éxito en destruirlo. Nada funciona en Zimbabwe. La inflación desbocada y los ataques a las granjas sumieron la nación en el caos, el hambre y el desgobierno. La moneda propia ha desaparecido, sustituida por el Rand sudafricano o el Dólar américano

Zimbawe es un país fértil, verdísimo, surcado por caudalosos ríos y salpicado de altas montañas. Sin embargo, la pobreza sobrevenida obliga a la prostitución a las oficinistas de Harare, la capital. Extraña ciudad con ordenado urbanismo de estirpe inglesa que a duras penas sobrevive en el naufragio nacional. Mientras el mundo se derrumbaba, una anciana blanca atravesaba el pesado tráfico pedaleando en una antigua bicicleta. Su vestido gaseoso y su sombrerito de paja eran vestigios irreales de otro tiempo.

BOTSWANA

El mayor productor de diamantes. Un país ordenado y poco corrupto. Gaborone, la capital, es una extraña ciudad con increíbles edificios de acero y cristal que refulgen entre áridos solares vacíos. La impresión es de urbe a medio hacer. El hotel principal está frente a la estación de autobuses y el animadísimo mercado. En el pub anejo la fiesta duró hasta bien entrada la madrugada.

El gran río no desemboca en el mar, sino en el desierto del Kalahari donde forma una increíble red de afluentes y dédalos. Cuando baja el nivel, toda el área se llena de cebras, elefantes y leones.

La carretera principal que lleva hacia el noroeste era de buen firme, pero el peligro resultó constante. Los animales domésticos circulaban a sus anchas. Vacas, burros y cabras son los amos del asfalto. Al norte está el maravilloso paraje del Delta del Okavango. El gran río no desemboca en el mar, sino en el desierto del Kalahari donde forma una increíble red de afluentes y dédalos. Cuando baja el nivel, toda el área se llena de cebras, elefantes y leones. Desde la tienda de campaña plantada a orillas del río podía oír el resoplido de los hipopótamos.

NAMIBIA

Entré en Namibia por el Parque Nacional de Bwabwata. «Tenga cuidado con los leones», me advirtieron los policías entre risas, «les gusta la carne blanca». En África el humor tiene matices algo peculiares. Los guardas del Parque Nacional de la Costa de los Esqueletos no me dejaron entrar; las motocicletas están rigurosamente prohibidas. «He recorrido siete países soñando con ver el Atlántico aquí y no pienso volver. Voy a acampar hasta que me dejéis pasar o alguien cargue con la moto y me lleve hasta la otra puerta». Llamaron a su jefe para explicarle el caso de aquel raro loco. Al poco tiempo, me comunicaron que tenía una autorización extraordinaria.

Cuando entré comprendí la prohibición. Allí sólo había arena, viento y agua de mar. Viajar en moto por aquel paraje era una odisea. En varias ocasiones tuve que liberarla a pulso de la trampa arenosa. El horizonte era un infierno blanquecino bajo un el cielo cubierto de nubes plomizas. Estaba inmerso en la más absoluta desolación. Sobre la playa aparecía un espeso tapiz de restos arrojados por el mar. Madera, huesos y conchas. De ahí el nombre de Costa de los Esqueletos. Sin embargo, una de las osamentas más impresionantes en este desierto no provenía del océano. Se trataba de una vieja instalación industrial corroída por el orín, el abandono y el salitre. Aquel pedazo de planeta era el verdadero fin del mundo.
Desde Swakopmund, una pista que atravesaba el desierto del Namib me llevó hasta Windhoek, la capital, donde una intoxicación alimentaria que me postró en cama durante tres días de pesadilla en los que no supe si padecía malaria, disentería o el virus ébola.

SUDÁFRICA

Ciudad del Cabo. Destino mítico. La más cosmopolita, abierta y dinámica ciudad del continente. Fundada en 1652 por una compañía mercantil holandesa, es hija legítima del capitalismo moderno. Su primer gobernador, Jan Van Rieebeck, fue nombrado por una junta de accionistas y no le debió el cargo a ningún rey. Era también el lugar perfecto para descansar antes de iniciar la ruta de subida.
Hoteles, restaurantes y discotecas. Dos océanos que se abrazan. Magníficos vinos de Stellenbosch y Constantia. Un lugar agradable y cool con músicos callejeros y mucha juventud mochilera. El paseo marítimo es un lugar delicioso. Al atardecer, salen a los balcones grupos de amigos que brindan con delicados vinos en altas copas de cristal. Cultos, ricos y guapos, delante de ellos flota sobre el mar una mancha verde. Es la Isla de Robben. Apenas dista unas millas, pero nunca la vieron. Nadie quería verla. En ella pasó dieciocho años preso Nelson Mandela y nadie dejó de brindar al atardecer.

Más países, kilómetros y desventuras en Un millón de piedras, Ediciones Barataria.

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Comentarios (9)

  • Boli

    |

    Con esas heridas se puede seguir el viaje?????
    Fascinante

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  • Miquel Silvestre

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    Hola, Boli. No fue fácil continuar mi viaje, porque lo peor fue que me rompí un tobillo, pero el caso es que conseguí seguir mi camino…

    Si tienes curiosidad, está toda la historia en el libro, pero si eres impaciente, la última parte del viaje (precisamente la que no está en el artículo aquí publicado), la tienes en vídeo aquí

    http://www.exploramoto.com/index.php?news=2421

    Un saludo.

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  • Boli

    |

    Gracias. Me gustaría tener tu valor para hacer lo mismo. Por ahora me contento con leer las historias que aparecen en esta revista. Felicidades

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  • ana

    |

    Fantástica historia! Compraré su libro.

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  • Miquel Silvestre

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    Gracias, Ana. En cuanto al valor, Boli, yo no me veo valiente. Paso mucho miedo. Pero también es cierto que el mayor miedo lo siento antes de ponerme en marcha. Acabo de regresar de Irak y una vez allí todo fue más fácil de lo que sospechaba que sería estando aquí. De lejos, todo es mucho más temible, de cerca, todos somos muy parecidos y queremos las mismas cosas.

    Fotos de Irak/Irán en:

    http://anabasismotorbike.blogspot.com/

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  • Alberto

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    Grande Miguel!!!
    Hace tiempo que vi los videos de exploramoto y me encantó el viaje, el libro debe ser una pasada.
    Enhorabuena y suerte con las ventas

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  • Miquel Silvestre

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    Hola, Alberto. Me alegro de leer lo que cuentas. Explotamoto es un gran proyecto, se lo curran muchísimo y merece tener expectadores inquietos como tú. El libro es diferente a los vídeos. Es literatura y tiene otras claves. No es tan inmediato. Escribiendo tienes tiempo de analizar lo sucedido; filmando, todo ocurre a velocidad de vértigo. Pero lo que se graba en el momento no tiene por qué ser lo real, solo es lo aparente. La verdad siempre está un poco más lejos, por ejemplo, en los libros.

    Un saludo y gracias por tus buenos deseos.

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