Las iglesias apuntan al cielo, los indígenas rezan a la Pachamama y los turistas invaden las terrazas. Cuzco enreda sus credos con la misma facilidad que mezcla piedras amontonadas en siglos.
A 9.288 kilómetrosde Moscú, una pareja de adolescentes se besa frente a una playa helada donde el Pacífico rompe sus últimas olas. Los soldados rusos beben vodka en los locales de moda, las mujeres caminan con la misma gracia que enla Plaza Rojay los niños juegan en el paseo marítimo
La segunda vez que visité Brujas llegué con el horario apretado, estrenando una vuelta al mundo que apenas nos daba tregua. Las prisas constituían una forma pésima de cruzar la muralla medieval, un desagravio para los molinos que nos recibían con sus aspas recortadas al sol de la mañana.
Atravesamos el puente de Oresund que nos alejaba de Dinamarca con la misma suavidad que nos acercaba a Suecia. Los países nórdicos se empeñan en mantener el orden sobre todas las cosas, ya sea en el centro de las ciudades o sobre el Mar Báltico.
El placer de la nada. En Mongolia es posible conducir con los ojos cerrados durante un buen rato. Habíamos dejado atrás Ulán Bator y ya sólo teníamos por delante un horizonte limpio, un paisaje vacío y una sensación de libertad desbordada.
Esta ciudad es el legado de un loco, por eso tiene algo de onírico y delirante, algo de fantasía y de desdicha. Los emperadores, como los zares, suelen perder el rumbo de sus aspiraciones y acaban reclamando lo imposible porque nadie se atreve a decirles “basta”.