En busca del último ainu

Por: Daniel Landa (Texto) D.Landa y Yeray Martín (Fotos)
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Llegamos a Hokkaido bajo el mar. Un túnel separa las dos islas más importantes de Japón y un tren se cuela entre los peces para aparecer al otro lado, al norte, donde el sentido común empieza a darse la vuelta.

La ciudad de Hakodate huele a salitre. No hay apenas ruidos más allá del graznido de las gaviotas, los jóvenes buscan compañía frente a sus ordenadores y los ancianos dan de comer a las palomas. Alquilamos la libertad de un coche y aparcamos a las puertas de una aldea reinventada. En Shiraoi nos recibió la figura enorme de un oso de madera. Junto a un lago que parece una postal se levantan las casitas tradicionales de los ainu. Habíamos salido en su busca, pero no esperábamos verles en casitas de fábula, con sus trajes tradicionales brillantes. Era tan fácil y tan pictórico que no nos lo creíamos. Nos mostraron un taller donde tejían como lo hacían los mayores, nos regalaron sus cánticos corales y sus danzas que, frente a ese lago, cobraban una dignidad que compensaba el exceso folclórico.

Frente a ese lago, cobraban una dignidad que compensaba el exceso folclórico.

En realidad ninguno de ellos era un ainu, al menos ainus genuinos, pero si bien la pureza de la sangre es sólo un dato biológico, lo que me pareció decepcionante fue la recreación de aquellas tradiciones. Las aldeas culturales tienen algo de nostálgico, de añoranza del tiempo que ya pasó y nosotros pretendíamos retratar a los ainus de hoy. Este grupo indígena es el originario de Hokaido. Primero fueron las espadas samuráis y después la tentación de una vida mejor, el caso es que los japoneses han invadido y atraído a los ainu de tal forma, que su cultura se ha mezclado como la sangre de sus descendientes.

Había que alejarse, buscar allá donde los paisajes sostienen la cultura étnica pues la naturaleza carece de la ansiedad de las ciudades. Esa idea nos llevó a orillas del lago Akan. El atardecer ardía en el agua en esa hora en la que los pescadores no pensaban ya en nada. Yeray y yo nos remangamos los pantalones atraídos por el resplandor de luz en el agua y allí pasamos la tarde pescando planos.

La ciudad del lago Akan tiene nombre ainu –Ainu Kotan-, artesanías de madera, propia de los ainus, tiene tótems y barcas decorativas y oficinas de turismo que apuntan a la cultura de ese pueblo hermanado con los habitantes de Kamchatka. Tienen tiendas donde venden pieles para el invierno y hasta una calle llena de búhos esculpidos, osos y símbolos étnicos. Pero le faltaban los ainus.

Yeray y yo nos remangamos los pantalones atraídos por el resplandor de luz en el agua y allí pasamos la tarde pescando planos.

Sus dioses sí estaban allí. Y como no vimos a nadie que les rindiera pleitesía, decidimos acercarnos nosotros. El volcán Meakandake era una deidad para los abuelos de aquellos hombres que vendían figuritas de ardillas y cuernos de ciervos. Pablo, Yeray y yo decidimos ascender el volcán.

Nos preparamos como excursionistas, tratando de reducir al máximo el material de cámara. Dejamos el coche en un aparcamiento y nos adentramos con el paso firme de los entusiastas. Los carteles en Japonés no nos ayudaban demasiado entre los bosques. Anduvimos grabando aquí y allá entre la maleza sin acabar de encontrar una senda clara que nos llevase al volcán. Cuatro horas más tarde aparecimos en un nuevo aparcamiento, a apenas dos kilómetros del otro. Entonces vimos el volcán allí arriba, todavía, igual de arriba que cuando empezamos. Tras los juramentos pertinentes, tomamos por fin la senda correcta. Se nos había escurrido la mañana dando vueltas así que había que acelerar el ritmo y cometimos el segundo error del día, el más grave: nos olvidamos de comprar agua. La casualidad quiso que aquel día fuese el más caluroso del año en la isla de Hokkaido. El sol estaba alto y no había una nube que nos diese tregua cuando el terreno se despojó de árboles. A medida que ascendíamos podíamos ver a nuestros pies el lago Onetto, de un color azul verdoso que sólo refrescaba la mirada. Durante la última hora de ascensión dejamos de hablar. Apenas grabamos un par de planos por inercia, sin demasiado criterio, ni indicaciones de cámara, ni ganas. Y alcanzamos la cima.

Cometimos el segundo error del día, el más grave: nos olvidamos de comprar agua.

El cráter nos estaba esperando abajo, con su laguna amarilla de azufre y una columna de humo al fondo. Yeray tuvo que recomponerse a la sombra de una roca, antes de echar a volar el multicópter. Las imágenes que trajo de vuelta el drone compensaron aquel día de infortunios, pero lo cierto es que la jornada no había acabado. El descenso fue aún más silencioso, porque era imposible hablar con la garganta reseca. Dejamos atrás las pendiente peladas del volcán, caminamos con torpeza arrastrando el trípode, las cámaras y el multicópter. El agua era nuestro único destino y se volvió líquido hasta el pensamiento. Cuando alcanzamos el aparcamiento hicimos gestos de náufrago pidiendo una botella. Un coche arrancó con prisas al vernos llegar emitiendo sonidos guturales. Entonces un tipo nos ofreció una manguera con la que saciamos aquella jornada de más de diez horas de árboles, desniveles, sol y azufre. Estábamos felices, pero seguíamos sin hablar.

Tal vez los dioses quisieron recompensar aquel esfuerzo y de algún modo dimos con un nombre al día siguiente. El señor Fujito era al parecer uno de los poquísimos ainus puros de Hokkaido. Era famoso por su habilidad como escultor y antes de presentarnos al artista conocimos su obra. No hacía figuritas de animales, ni tallaba arbolitos decorativos. El señor Fujito reflejaba en sus esculturas el gesto cansado de los hombres. Era su manera de ser melancólico, de protestar tal vez por el porvenir sin porvenir de la cultura de su pueblo. Bueno, y también tenía figuras de osos, que es algo irremediable en esta región del mundo.

Era su manera de ser melancólico, de protestar tal vez por el porvenir sin porvenir de la cultura de su pueblo.

Cuando nos recibió en su casa, descubrimos la expresión de un hombre feliz, lucía una tez morena y más pelo que los japoneses, por lo general imberbes. Tenía varias motos antiguas, fotografías en blanco y negro de antepasados con el rostro tatuado, tallas de madera propias y hasta una escultura del mismísimo Dalí. Le había ido bien, se había casado con una japonesa y ya tenía nietos que nunca adorarían a los volcanes.

Hablaba de su cultura como quien ha perdido el autobús, sin un atisbo de pena. A mí lo que me daba rabia es que no le diera rabia, pero qué podía decir yo. Ahí se acababa nuestra búsqueda. Lo cierto es que el señor Fujito refleja el futuro de los ainus, que han cambiado las cabañas por chalets, los trineos por las motos y las danzas junto a un lago por el amor de una japonesa irresistible, aunque con ello se vaya diluyendo la historia de un pueblo.

 

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Comentarios (3)

  • Makanyu

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    De nuevo gracias por seguir compartiendo vuestro viaje!! He podido sentir sed, cansancio, alegria de llegar a la cima, calor y el respeto de conocer a gentes diferentes y entenderlas en su realidad…

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  • silvia perdomo

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    Pescáis imágenes, las cazáis al vuelo del multicopter y las cuentas de tal manera que ensalivamos y tenemos ganas de degustar el documental completo .

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  • Lydia

    |

    Desconocía la existencia de los ainu. Gracias por regalarnos artículos tan estupendos.

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