En las tripas de una noticia

“Desplomado, roncando. Son las 10:15 horas de la mañana. Intento no hacer ruido y cojo el bolígrafo que hay sobre la mesa y pongo mi nombre, apellidos y firmo, como hice cuando estuve aquí la vez anterior (que no avancé nada). Todo muy sigilosamente para no despertarle. Llamo al ascensor y cuando se abren las puertas el hombre, el guardia de seguridad de un edificio público donde se dirimen las reclamaciones de la tierra, sigue con su cabeza desmontada sobre el hombro y aún logro escucharle un último ronquido”
Imagen de District Six en la actualidad

En las tripas de una noticia, en el making-of de un reportaje en el que uno se cruza con caras que cobran por pixel y palabras al peso, se entierran muchas veces los mejores momentos. En prensa uno no puede dar un contenido añadido que explique el cómo, aunque muchas veces la pregunta sea más clarificadora que la respuesta. El pasado miércoles publiqué en elmundo.es un artículo sobre la Memoria Histórica Sudafricana. (Pongo abajo el enlace para quien lo quiera leer. A mi me pareció francamente interesante comprobar que aquí se devuelve la tierra robada desde hace cien años por el racista régimen del apartheid).

Bien, el artículo comenzaba diciendo así: “Una larga fila de mujeres y hombres aguarda en la tercera planta del número 73 de la calle Stand Street”. Pues bien, comenzaré esta vez un poco antes la historia. “Desplomado, roncando. Son las 10:15 horas de la mañana. Intento no hacer ruido, cojo el bolígrafo que hay sobre la mesa y pongo mi nombre, apellidos y firmo, como hice cuando estuve aquí la vez anterior (que no avancé nada). Todo muy sigilosamente para no despertarle. Llamo al ascensor y cuando se abren las puertas el hombre, el guardia de seguridad de un edificio público donde se dirimen las reclamaciones de la tierra, sigue con su cabeza desmontada sobre el hombro y aún logro escucharle un último ronquido”. Así podía haber comenzado el artículo y así fue parte del making-of posterior.

“En la segunda planta hay una larga cola de mujeres y hombres de aspecto paupérrimo haciendo cola en una sombría sala. Tienen un gesto entre cansado y asustadizo. Me miran, los miro. No hay ningún blanco en aquella sala de reclamaciones. No es este territorio para blancos, son los blancos los que en la mayor parte de los casos se quedaron con tierras de mestizos y negros, aunque la prohibición de convivencia entre razas afectó a todos. No sé a quién dirigirme y avanzo diez metros para preguntar en un despacho. A mi izquierda hay cuatro mesas de tiempos burocráticos y oficinistas con pereza en las manos.
-Perdone, ¿puedo hacerle una pregunta?
-Sí, por supuesto.
-Mire, soy periodista y estoy haciendo un reportaje sobre este proyecto del Go…
En ese momento entra una mujer, la que ocupaba la primera mesa de entrada, gritando y diciéndome que me he saltado la cola. La chica con la que hablaba mira con cara de me he quitado un problema y la sargento funcionaria me dice que le acompañe. Salgo con ella, la mujer hace levantarse al hombre que estaba en la mesa y me pregunta “¿qué quieres?”. Se lo explico y antes de que acabe me dice “no es aquí, debe hablar con mi jefe, departamento de comunicaciones. Tercera planta. Suba que yo llamo y aviso que quiere hablar con él”.

Llamé a todos. Todos me contestaron que me llamaban en dos días con una respuesta, que me buscarían a alguien. No llamó nadie en dos semanas y decidí ir a encontrarlos por la calle.

Uno, que ya empieza a tener algo de callo de cómo funcionan aquí las cosas, sube a la tercera planta con la absoluta seguridad de que no habrá nadie allí que sepa una palabra de mi historia. Así fue. Como si de un guión se tratara me recibe una chica que masca chicle, habla incansablemente por teléfono y que nada más explicarle lo ocurrido me dice:

-“Aquí no ha llamado nadie de la segunda planta. Baje a ver qué le dicen”.
-“No, no hace falta. Quiero hablar con Franz Zottl. Dígale que soy un periodista”.
-“¿Por qué?”
-“Porque no quiero bajar de nuevo a la segunda planta. Por favor, puede avisar a Mr Zottl”.
-(Tras pensárselo un rato y llamar a dos números equivocados replica)
-“Espere aquí, Mr Zottl dice que ahora viene”, me dice la alegre secretaria que masca chicle y habla por teléfono a carcajadas.
La oficina de Mr Zottl era un cuartucho, el último de una inmensa planta vacía en la que las mesas y los papeles apilados en el suelo eran lo único que hacía pensar que no era un lugar abandonado. Su despacho era directamente una papelera. El hombre es encantador, me fotocopia información, me mete 2000 documentos en un pentdrive explicando ejemplos del proceso, responde a todas mis preguntas, hace a la perfección su trabajo.
-“Querría hablar con la directora”, le digo.
-“Voy a avisarla”.
Franz se levanta y va a un gran despacho, cercano al suyo.
-“Beverly, un periodista español quiere hablar contigo”.
-“Hoy estoy agotada, no me encuentro bien, dile que hablamos la semana que viene”, escucho. (Era jueves y las 10: 40 horas).
-“En 15 días la relevan”, me confiesa un algo apurado Franz.
Acabé hablando con Beverly por email y tuve que volver un día más a la oficina, de la que acabé sacando valiosa información. Lo último que me comenta Franz es “el proceso está algo estancado. Hay gente que lleva años esperando. Estamos lejos de satisfacer a la gente…” Yo pienso, viendo el funcionamiento de la oficina, que es un milagro que haya una sola persona que haya recuperado sus tierras. Lo han hecho muchas. Le pido por último a Franz que me busque el contacto de una familia realojada. En la oficina de reclamación de tierras no me consiguieron a nadie pero me dieron una lista con siete teléfonos de asociaciones u otras oficinas públicas relacionadas. Llamé a todos. Todos me contestaron que me llamaban en dos días con una respuesta, que me buscarían a alguien. No llamó nadie en dos semanas y decidí ir a encontrarlos por la calle.
Luego, tras visitar District Six, un barrio de Ciudad del Cabo en el que ha habido algunos realojos, me dirijo al museo District Six a entrevistar a alguien que viviera el desmantelamiento de casas de los bulldozer del apartheid. En otra visita el año pasado supe que algunos de los que allí trabajan fueron habitantes de la barriada. Consigo hablar con el director, que desde el principio tiene un comportamiento extraño.
-“¿En qué puedo ayudarle?”
-“¿Querría que me contará como fue el desmantelamiento de District Six y hacerle alguna foto si es posible?”
-“Un segundo, tengo una llamada”.
(Se va, vuelve a los cinco minutos)
-“Decía que si sería posible hacerle alguna entrevista y tomarle alguna foto. Además servirá para promocionar este bonito museo”, repito.
-“Discúlpeme, vengo en un minuto”, me replica, mientras no para de mirar papeles, hablar con un joven ayudante y prácticamente nunca mirarme a la cara.
(Aparece de nuevo cinco minutos después y vuelta e empezar)
-“Disculpe,  sería posible que hagamos un corta entreví..
-“Estoy harto de hacer entrevistas que me hacen periodistas que ganan con mis palabras dinero y yo no gano nada”, replica.
-“Yo no pago por entrevistar a nadie.
No lo he hecho nunca y no lo voy a empezar a hacer ahora”.
-“Pero sí ganas dinero”
-“Es parte de mi profesión preguntar a gente, pero no voy a pagarle por entrevistarle. Si quiere contestarme perfecto, sino me voy a casa”.
Entonces el tipo, que tiene claro que no aflojaré dinero tiene la solución perfecta:
-“Necesita pedir permiso en el número 15 de esta calle, en la oficina encargada de temas culturales. Luego ellos estudian la propuesta y le responden”.
-“No se preocupe, ya no estoy interesado”.
Hay sólo una foto en el artículo de El Mundo, la última, sobre el museo de District Six (las hice mientras esperaba que el hombre se decidiera a pedirme dinero por promocionar su museo). Ya digo, las tripas de un reportaje que enseñan un poco la Sudáfrica indolente pero que avanza. La Sudáfrica en la que las fotos y las palabras valen en ocasiones dinero.

Enlace del artículo de memoria histórica de elmundo.es:

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/03/23/internacional/1300900324.html

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