Un velero entre las islas de San Blas

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En un bar sin puertas en la ciudad de Portobelo localizamos a Marco. Era un canadiense retirado en aquel rincón de Panamá. Tenía una sonrisa cínica, una bebida en la mano y un alma de marinero.

“Por fin habéis llegado”, dijo, antes de dar un sorbo a su cerveza, “os estábamos esperando”. Todos allí se volvieron para mirarnos. Hacía días que un grupo de viajeros nos esperaba para completar el pasaje que nos llevaría a Cartagena de Indias en un velero: un estadounidense errante, un canadiense jubilado, una pareja de franceses jóvenes, un catalán con ganas de aventura, otro francés bohemio y el ayudante de Marco, el único panameño del grupo. Dos meses antes habíamos localizado a Marco, el capitán del barco, y reservamos una plaza para viajar a Colombia, pero como en el Caribe las cosas se resuelven sin prisa, no había una fecha fija para la partida. Saldríamos cuando el grupo se completase y cada uno llegó a Protobelo desde una parte diferente de América. Los otros ocho pasajeros se reunían cada noche esperando a los españoles que estaban dando la vuelta al mundo y como éramos los últimos, con nosotros acabó la espera. Aquella noche se agotaron las cervezas, porque no hay nada más emocionante que celebrar el umbral de la aventura.

Aquella noche se agotaron las cervezas, porque no hay nada más emocionante que celebrar el umbral de la aventura.

De madrugada, los doce nos embarcamos en el Alsa Craig, una embarcación que, con once metros de eslora, se me antojó pequeña para tanta gente. Pronto me di cuenta de que íbamos a navegar en el camarote de los hermanos Marx, pero sin camarote. Cada cual trató de acostumbrarse al oleaje, mientras nos alejábamos de la costa panameña. La música y el viento nos hacían sentir libres. Paramos varias veces para lanzarnos al mar y refrescar el espíritu. Otros, como el propio capitán, preferían refrescarse el espíritu con cerveza.

Al atardecer alcanzamos las primeras islas del archipiélago de San Blas. Salieron a recibirnos algunas mujeres de la etnia kuna que remaban con destreza sobre sus canoas estrechas. Vestían ropas naranjas y floridas, pañuelos amarillos y unas pulseras muy finas que cubrían sus antebrazos y empeines. Se acercaban a vendernos paños bordados con pájaros verdes y rojos, pulseras de colores y caracolas enormes para escuchar el sonido de aquel mar azul celeste.

Paramos varias veces para lanzarnos al mar y refrescar el espíritu. Otros, como el propio capitán, preferían refrescarse el espíritu con cerveza.

Anclado el barco se acabó el mareo y ya sólo esperábamos la quietud del Caribe antes de dormir. El estruendo de los truenos no auguraba brisas y poco después comenzó a diluviar sobre el velero. La tormenta se iba haciendo cada vez más fuerte y la lona que nos cubría dejó muy pronto de ser un refugio realista. Así pasamos la primera noche, acurrucados en cubierta, rendidos a la lluvia.

Alguien preparaba café, había salido el sol y volaban los pelícanos sobre las islas. Pese a la noche anterior, todos estábamos de buen humor. Los kunas dispusieron varias canoas para agilizar nuestra entrada en la isla Nalunega. El trayecto en canoa, la entrada en el poblado, las chozas de madera y hojas de palma, las plantas enormes creciendo por todas partes, los saludos de los indígenas. Eran situaciones tan teatrales que llegaban a parecer ficticias, desde los personajes vistiendo en una especie de carnaval perpetuo hasta el decorado de aquel vergel, pero era real. Escuché cantar a las mujeres mientras cocinaban y me entretuve charlando con algunas familias que lavaban el pescado. Los niños correteaban por la aldea y nos regalaban las mejores muestras de entusiasmo. Sin embargo había dos palabras que de tanto repetirse acababan empañando aquellas escenas: “one dollar”. Y te mostraban una tela o una concha o un instrumento musical. “One dollar” significa que el turismo ya se ha instalado, que nosotros llegamos tarde si es que pretendíamos encontrar entre las canoas una sociedad virgen, pura. Entonces caí en la cuenta, aquella isla llamada Nalunega sí tiene algo de decorado.

 “One dollar” significa que el turismo ya se ha instalado, que nosotros llegamos tarde si es que pretendíamos encontrar entre las canoas una sociedad virgen, pura.

Fue mucho más evidente cuando nos convocaron para un nuevo consejo de sabios. Habíamos grabado en la isla, nos habían visto y se sentían desafiados en su autoridad. En una de las chozas de la aldea, tendido sobre una hamaca escuchaba el más anciano de la comunidad sin decir una sola palabra. Nosotros tratamos de explicar nuestras intenciones, les remitimos nuestros contactos, les contamos, les rogamos… nada. Si quieres grabar has de pagar muchos “one dollar”. Salimos de la choza resignados y apagamos la cámara.

El resto de la tarde la dedicamos a gozar del lugar. Jugamos un partido de baloncesto con los lugareños, vimos sumergirse a algunos buscadores de centollos y conversamos con un profesor encantado de hablarnos de la historia de los kunas, los más antiguos moradores de Panamá, que por supuesto sufrieron -recalcó el profesor- la embestida cultural de nuestros compatriotas españoles. A medida que se avanzaba la tarde se nos fue acabando la isla.

Marco propuso desembarcar unas cervezas en una de las playas de Nalunega. También desembarcó el ron y con él comenzaron los cánticos nacionales de aquella Torre de Babel que llegó a la isla en un velero. Era noche cerrada cuando regresábamos al barco en una balsa de goma. El capitán estaba completamente borracho y no recordaba dónde estaba atracado el Ailsa Craig. Empezó a ponerse nervioso y sollozaba “¡me han robado el barco!” El estadounidense, que había visitado antes las islas, se orientaba mejor y se inició una discusión sobre las aguas para dilucidar dónde se encontraba nuestro velero. Aquel lugar estaba lleno de arrecifes y la balsa de goma corría un grave peligro si errábamos el camino. De una forma u otra llegamos a bordo del barco. Al día siguiente seguiríamos nuestro camino.

Empezó a ponerse nervioso y sollozaba “¡me han robado el barco!”

Nadie le tuvo en cuenta al capitán aquel pequeño despiste y nadie le reprochó que decidiera en un momento dado organizar turnos para llevar el timón. Sí, él también tenía derecho a disfrutar así que todos nos convertimos en marineros y colaboramos durante la travesía relevándonos cada dos horas frente al timón.

La música y las cervezas, que resultaron ser la carga más preciada a bordo, alegraron una travesía donde pasaban pocas cosas. Cuando levantaba algo de viento desplegábamos las velas, aunque nunca noté que eso ayudase a ir más rápido. Los momentos en que parábamos para nadar eran los mejores. Allí, solos, sin nada más que un horizonte de trescientos sesenta grados… sin islas con palmeras.

En algún momento de esa tarde Alfonso, nuestro cámara, divisó algo en el océano. Viramos a babor para acercarnos a un grupo de orcas negras. Durante un rato nos acompañaron con parsimonia, luego, sin más, desaparecieron bajo las aguas.

Casi todos dormían aquella última noche. El francés más joven había tomado los mandos. Entonces escuché a Marco levantarse azorado y gritando: “¡cuidado, viene un barco de frente!”. El galo le respondió con calma: “no es un barco, capitán, es el resplandor de la ciudad”. Me incorporé para contemplar las primeras luces de Sudamérica.

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Comentarios (9)

  • Lydia Peiró

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    Me ha encantado el relato, Daniel.
    Y las cosas que cuentas del capitán me han recordado a los años en los que trabajé en consignatarias de buques, antes dedicarme a la enseñanza. Conocí varios, de diferentes nacionalidades. Algunos de ellos también forman un mundo aparte.
    Tuve la ocasión de subir a cáscaras de nuez y a barcos de lo más sofisticado.
    A mi también me parecen pocos once metros de eslora para las personas que érais a bordo.

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  • Daniel Landa

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    Entonces Lydia, ya sabes lo que es la claustrofobia a bordo de un barco. A pesar de todo lo pasamos genial!!!

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  • SANDRA

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    MAGNIFICO, LINDO!!

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  • puri franco marcos

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    Tuve la suerte de conocer las islas de San Blas en un crucero desde Panamá. Jamás lo olvidaré. Gracias por permitirme recordarlo.Puri

    ¡¡ERES EL MEJOR!! POR PALENTINO, POR ESTUDIAR EN LOS MARISTAS Y POR DELEITARNOS CON ESE “MUNDO APARTE”

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  • Daniel Landa

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    Hola Puri, Al final, hemos seguido los mismos pasos, desde los Maristas de Palencia hasta las islas de San Blas, menuda ruta! Me alegro mucho de que te guste la serie!!

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  • maria elena gomez

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    Hola Daniel, soy gran admiradora vuestra y de vuestro trabajo, vi la temporada pasada muchas veces y ahora la segunda< pero me he perdido el capitulo del viernes 19 de julio y no lo puedo encontrar para verlo, podrias decirme donde podría encontrarlo y también si se va publicar y poder comprarlo. gracias

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  • Daniel Landa

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    Hola Maria Elena, me temo que la serie no está a la Carta. La publica Planeta junto a una colección mucho más ámplia, pero suelta no se comercializa hasta la fecha. ¿Qué capítulo es el que te falta?

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  • sara sozzi

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    Hola! Gracias por el cuento: me ha encantado!
    Me puedes regalar porfa un contacto del velero en Cartagena?
    Muchas gracias!
    Sara

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