Kamchatka entre la bruma

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Sobrevolamos la isla de Sajalín y contemplamos el hielo extendiéndose desde sus costas. Aterrizamos casi de noche en la Península de Kamchatka. Hacía frío y estaba nublado lo que no ofrecía ningún aliciente visual. Recorrimos en taxi la ciudad de Petropavlovsk en busca de un hotel. Hasta este lugar alcanzó el estilo soviético de bloques de edificios cuadrados sin personalidad. Las avenidas seguían siendo anchas pero no conseguimos ver ningún edificio elevado, nada por encima de tres plantas, para no tentar a la furia de los temblores sísmicos.

Nos hospedamos en otro de esos hoteles grises con un servicio malhumorado. La habitación era tan rancia que llegué a pensar que estaba intencionadamente dispuesta para desagradar y salir corriendo al día siguiente que fue, por cierto, lo que hicimos. El clima jugaba con nosotros. La mañana se presentó despejada y al doblar una esquina sentí el sobresalto de mi primer volcán. El Koriakskaia se eleva 3.456 metros y es uno de los tres colosos que custodian la ciudad.

La mañana se presentó despejada y al doblar una esquina sentí el sobresalto de mi primer volcán

En el año 2001 tuvo lugar la última erupción volcánica. Según nos contaron la ciudad entera salió a la calle de madrugada para contemplar el espectáculo de la lava encendiendo la noche.

Petropavlovsk está situada en uno de los enclaves geográficos más fascinantes de Rusia. El Norte está formado por la cordillera de volcanes y en el Sur se extiende una de las tres bahías más grandes del mundo, que lleva el nombre de uno de los volcanes: Abacha.

Hasta hace muy pocos años ningún extranjero podía visitar la Península que incluso estaba cerrada para los rusos. Nadie entraba ni salía de Kamchatka. Aún hoy varios pueblos de la bahía están cerrados a los civiles. Me preguntaba que secretos de alto Estado guardarían en esos confines.

Kamchatka empieza en la capital pero deseábamos recorrer esta tierra volcánica donde los osos, que estaban hibernando, son más numerosos que las personas. La agencia que contratamos no sabía como asimilar nuestra petición. Nos consiguieron un conductor llamado Jane y una intérprete para recorrer 600 kilómetros sobre el hielo que cubre las carreteras de la península. Pidieron un precio desorbitado pero ya que habíamos llegado hasta allí…

Hasta hace muy pocos años ningún extranjero podía visitar la Península que incluso estaba cerrada para los rusos

En el coche apenas cabíamos los cinco. Llevamos el material de cámara y el equipaje personal amontonados sobre nuestras rodillas. La velocidad media no superaría los 50 km/h pero era el único modo de alcanzar los pueblos remotos de Kamchatka. A tan sólo una hora de la ciudad, la naturaleza se volvió definitivamente loca. La temperatura había alcanzado los -20º C. Nevaba con intensidad y un río transportaba agua helada. Los árboles estaban blancos y las ramas se habían congelado alrededor de pozas humeantes. Eran aguas termales que despedían una bruma fantasmal en mitad de un paisaje nevado. Había seis o siete pequeñas pozas calentadas por la tierra volcánica del fondo. José Luis presentaba el reportaje y se ajustó el bañador sobre el suelo nevado. El agua de las termas le aislaba del gélido mundo exterior y Alfonso grababa entre divertido y admirado aquella escena.

A los dos nos recordaba al comienzo de uno de los mejores documentales jamás rodados, Baraka, en donde un mono reposa plácido en unas termas también nevadas del Norte de Japón. No teníamos mono, pero teníamos a José Luis que disfrutaba tanto como el primate.

El cazador me desafió a bañarme al estilo kamchatski. Consistía en sumergirse en el río helado antes de entrar en las termas.

Terminamos la grabación y con el último corte ya estaba yo cambiándome para lanzarme al chapuzón caliente. Nadé durante un buen rato absorto entre las ramas congeladas. El agua era un jakuzzi en el corazón del invierno. Se nos unió después un cazador de osos que por su envergadura parecía una de sus presas y no tardó en ofrecernos vodka entre las montañas. Y allí estábamos los tres bebiendo un vaso de vodka ruso. El cazador me desafió a bañarme al estilo kamchatski. Consistía en sumergirse en el río helado antes de entrar en las termas. Acepté tras apurar el vaso de vodka y una vez repuesto de la parálisis del río recibí la recompensa del agua templada, regalo de los volcanes. Las termas, la bruma, la nieve…era surrealista, perfecto.

La peor parte era salir de allí y cuando conseguimos entrar en calor cargamos de nuevo el equipaje y seguimos camino. Yelizovo era el último pueblo con sitio donde alojarse que veríamos en muchos kilómetros y paramos a tomar algo. Algunas mujeres habían instalado una especie de mercadillo callejero cubiertas hasta las cejas pero sin dejar de sonreír con esos dientes de oro tan comunes en toda Rusia. Jane nos deleitó todo el camino una sola cinta de música que alternaba temas de Juanes, Mother Talking, y éxitos de cantantes populares de Kamchatka. A veces hubiera preferido seguir andando.

Era ya tarde cuando llegamos a Milkovo. El hotel parecía más bien una de esas estaciones científicas de los documentales sobre la Antártida. Todo estaba herméticamente cerrado y los muros tenían un grosor de medio metro. La temperatura exterior había bajado hasta los -25ºC cuando Alfonso y yo salimos a comprar algo de comer.

Me habían llamado la atención unas columnas de humo que surtían por todas partes de las entrañas de la nieve. Eran fumarolas volcánicas

Al despertar descubrí que el cielo estaba despejado y en el aire flotaban cristalitos brillantes por la acción del frío. A dos kilómetros del pueblo pedí a Jane que detuviera el coche. Me habían llamado la atención unas columnas de humo que surtían por todas partes de las entrañas de la nieve. Eran fumarolas volcánicas. Parecía un incendio controlado de puntos humeantes. El contraste volvía a ser delirante. Preparamos el equipo de cámara y grabamos a José Luis junto al bosque de fumarolas entre la maleza blanca. Tratamos de comprobar la potencia de aquella tierra caliente bajo la nieve. En uno de los agujeros introdujimos una botella de agua y a los pocos segundos, el calor derritió el plástico. ¡Tanto frío y tanto calor a un palmo de distancia! Alfonso y yo nos animamos a caminar un poco más lejos. Un río amarillo de azufre se había congelado en mitad del campo de fumarolas. El humo era tóxico y no resultaba aconsejable acercarse demasiado, pero nos dimos el capricho de pasear por las orillas del río sorteando los agujeros despidiendo gases. Más allá una cordillera de montañas y volcanes. Tardamos en darnos cuenta de que a ambos se nos había congelado la barba y el interior de nuestras fosas nasales estaba helado produciendo un desagradable escalofrío al respirar. Habían pasado unos 40 minutos y estábamos a -27ºC.

El interior de nuestras fosas nasales estaba helado produciendo un desagradable escalofrío al respirar

No sentiríamos del todo los pies hasta muchos kilómetros después, pero los valles que atravesábamos nos reconfortaban el espíritu. La nieve azulada de la carretera era una pista de patinaje que Jane controlaba con destreza y un permanente buen humor. Paramos varias veces más pero decidimos acortar cada parada. El impronunciable volcán Kliuchevskaia es, con 4.750 metros, el más alto de Asia y sólo puede verse en esta latitud. Es majestuoso y merecía un lugar más accesible para ser contemplado

Escuchamos varias veces más “la camisa negra” de Juanes antes de volver a parar. Jane detuvo el coche sin protestar. Teníamos ante nosotros un lugar que no estaba señalado en los mapas. Más que un lugar era un momento. Atardecía y en el fondo de un valle junto a la carretera, un río transportaba lentamente bloques de hielo. De las orillas nevadas surgían decenas de arbolitos finos, blancos. El río doblaba a la izquierda y la curva que formaba era brumosa como las termas y estaba iluminada por el sol amarillo. Alrededor, la solemne presencia de los volcanes.

Estábamos ahí y en ese instante y despertamos a tiempo del colapso sensorial para grabar la bruma amarilla, el río helado, los volcanes… Los mapas marcan lugares pero deberían aportar algo más de información: “en este punto hay que estar a las seis de la tarde, un lunes de diciembre”, por ejemplo.

No hay lugar para los pusilánimes cuando se avería un coche a -30ºC, sin cobertura telefónica, en carreteras desiertas

En Esso se nos acababa Kamchatka. Es un pueblecito sorprendentemente activo. Tiene una escuela, edificios institucionales y cierto turismo en verano. Los hombres y mujeres son por fuerza gente aguerrida. No hay lugar para los pusilánimes cuando se avería un coche a -30º, sin cobertura telefónica, en carreteras desiertas. En esta parte de Kamchatka viven desde hace generaciones los aveny, un pueblo indígena que por sus rasgos faciales deben de estar hermanados con los esquimales, un apelativo que por cierto, es sistemáticamente rechazado por los pueblos del Norte. En algunas aldeas cercanas les vimos curtiendo pieles de todo tipo: ciervos, renos, zorros polares, osos… La caza y la peletería son actividades que encajan en la península de Kamchatka.

Cuando nos íbamos, un hombre cruzaba el pueblo en una tanqueta militar, varios chavales jugaban tirándose bolazos de nieve, semidesnudos, en otra poza de agua caliente y una mujer tendía la ropa que se congelará sin duda antes de secarse. Lo normal en esta parte del mundo.

 

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Comentarios (5)

  • Lydia

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    Has hecho una selección excelente de imágenes. Ilustran perfectamente el texto.
    Y visto el repetitivo repertorio musical, no me extraña que te apeteciera bajarte del coche.

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  • IRMA NIÑO

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    QUE ESPECTACULAR SU VIAJE Y QUE MIEDO METERSE AL AGUA A ESAS TEMPERATURAS BR BR… LOS FELICITO POR FACILITARNOS SU VIDEO,SALUDOS DESDE MONTERREY N.L. MEXICO.

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  • Julia

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    Gracias por tanta belleza, su descripcion es tan exquisita como si se tratara de un poema, uno no para de leer y leer y mirar los videos.

    Felicitaciones, una gran experiencia para Uds., gracias por compartirla.

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  • Daniel Landa

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    Muchas gracias a las tres. Me alegro de haber traído un poco de Kamchatka al verano incipiente de España… y México!

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  • Ivonne Godina

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    Gracias por compartir sus maravillosas experiencias, son fantásticas.

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