Arequipa: una pequeña España en el desierto

Por: Daniel Landa (vídeo y texto) José Luis Feliu (Fotos)
Previous Image
Next Image

info heading

info content

No se puede llegar a Arequipa sin arena en el pelo. La ciudad está como escondida, desubicada entre los Andes y el desierto de Nazca, al sur de Perú. Atravesamos dunas, nos asomamos al Pacífico, bordeamos las montañas y llegamos a una versión de España que consiguió sobresaltarnos.

Nos acercamos a la estoica figura del volcán Misti a cuyos pies se extiende la ciudad de Arequipa. Aún no había caído la tarde y nos alojamos en el hotel Casa Andina. Los paseos errantes por ciudades coloniales siempre desembocan en sus plazas y la Plaza Mayor de Arequipa merecía una mirada tranquila. Era excepcional. Desde los soportales que rodean la plaza resulta más fácil admirar la Basílica Catedral enmarcada entre los arcos y las columnas. Al fondo, siempre, las cumbres nevadas del Misti. Arequipa tiene un equilibrio elegante, es más esbelta que Cuzco, más estilizada y más blanca. Concentra la gracia en sus fachadas luminosas, en sus monasterios, en sus iglesias y en sus plazas pero se ha olvidado de erigir un monumento a Vargas Llosa, su hijo predilecto.

 Arequipa tiene un equilibrio elegante, es más esbelta que Cuzco, más estilizada y más blanca

La ciudad ha logrado mantener la atmósfera del siglo XVI en su arquitectura y la armonía de su época de esplendor. El restaurante “La Terraza” nos ofreció las mejores vistas del casco urbano. Allí conocimos a Venecia, la dueña, que nos relataba con fervor las bondades de Arequipa, su calma, su historia, sus paisajes. El menú incluía cui, un conejillo con aspecto de rata y un sabor exquisito. Después, como el viento soplaba fresco en la terraza, nos prestaron un poncho peruano para acompañar la magia de aquel rincón. El pisco sour remató un almuerzo en el que volvimos a sentirnos privilegiados, con la Plaza Mayor luciendo su embrujo colonial.

La historia de Juanita, una niña de 600 años

Por la tarde me acerqué al Museo Antropológico. Tiene varias salas en las que se exhiben cerámicas de los antiguos moradores andinos, zapatillas de esparto, fotografías antiguas y objetos recuperados de la cordillera. Pero el último apartado del museo se reserva toda la admiración. Tras unas cortinas negras, la luz tenue ilumina una vitrina que mantiene congelado el cuerpo de una niña en el momento de su muerte. La llaman Juanita y su historia es espeluznante. Allá por 1440 la niña se ofreció voluntariamente a una muerte prematura. Según los ritos sagrados, unos pocos elegidos vivirían en un paraíso después del autosacrificio. Una maza de cinco púas sesgó la vida de Juanita. Luego fue depositada en el agujero del volcán Ampato a 6.000 metros de altura, donde las nieves perpetuas lo conservan todo. Muchos años después, un movimiento sísmico devolvió a la luz a esa niña congelada que hoy se exhibe en el museo de Arequipa.

La llaman Juanita y su historia es espeluznante. Allá por 1440 la niña se ofreció voluntariamente a una muerte prematura.

José Luis llegó más tarde y fotografió con pudor el rostro de la niña, su gesto aterrorizado en el momento del golpe letal. El volcán había rescatado una historia olvidada en los confines de los Andes. Hay más cuerpos de niños congelados cuyas almas, quiero creer, disfrutan en cálidos paraísos.

Esa misma noche salimos a cenar con la tranquilidad de haber terminado nuestro trabajo de grabación en Perú. Charlamos junto a la Plaza Mayor, donde la fuente de bronce hace brotar el agua que le falta a la pampa. Hablamos del trabajo, esperando que las imágenes grabadas fueran capaces de reflejar ese cúmulo de experiencias, la atmósfera de los pueblos y la herencia de los Hijos del Sol.

 

 

  • Share

Escribe un comentario

Últimos tweets

No tweets found.