Manaos: la ciudad imposible

No hay nada más delirante que la codicia. Puede con todo, con la cordura, con la lógica y con la selva del Amazonas. La ciudad de Manaos, tal y como la conocemos hoy, es consecuencia de una forma de avaricia que se conoció a finales del siglo XIX como la Fiebre del Caucho. Los neumáticos de todo el mundo, entre muchas otras cosas, procedían del caucho, que se extraía de varias especies de árboles. Y resulta que el Amazonas tenía muchos árboles.

“No se hable más”, debieron de pensar algunos hombres de negocios, que imagino con los ojos brillantes y un despacho lejos de la selva. Y se inventaron autopistas que eran ríos y abrieron caminos que eran maleza y murieron muchos, pues allí, cosas de la jungla, había mosquitos anopheles y jaguares y serpientes enormes y mucho calor. Pero como antes mencionaba, la codicia no tiene límites y no tardaron en crear la ciudad más próspera de Brasil y una de las más importantes del planeta. Fue la primera urbe del país con alumbrado eléctrico. Construyeron autopistas sobre los pantanos y un puerto fluvial que parecía la Terminal 4 de Barajas.

 La codicia no tiene límites y no tardaron en crear la ciudad más próspera de Brasil y una de las más importantes del planeta.

Y el negocio iba bien, así que decidieron, además, convertir a Manaos en un referente de la cultura mundial y el glamour. Importaron cristales de bohemia, mármol de carrara y muebles del estilo Luis XV para construir el Teatro Amazonas, con su cúpula de azulejos y sus asientos de terciopelo.

Edificaron un Mercado Municipal más propio de las galerías de Bruselas, trajeron arquitectos y escultores, para llenar la ciudad de fuentes y de fachadas hermosas, levantaron iglesias y hasta dispusieron de un tranvía eléctrico.

Por último invitaron a un montón de artistas que debían remontar el río Amazonas hasta el río Negro, para cantar en aquel teatro del que hablaba el mundo entero por su fastuosidad. Llegaron orquestas de Italia, tenores consagrados y músicos de la Europa del Este. Y entonces por fin, después de tanto esfuerzo, la ópera consiguió acallar el murmullo de la selva.

 Y entonces por fin, después de tanto esfuerzo, la ópera consiguió acallar el murmullo de la selva.

Cuando nosotros alcanzamos Manaos, lo hicimos por carretera desde Boa Vista. Habíamos viajado en verde durante muchas horas y el impacto de la ciudad imposible también nos conmocionó. Uno no espera ver rascacielos en el corazón de la mayor selva del mundo, pero allí estaban, un tanto envejecidos porque esta ciudad hace tiempo que acusa el fin de la Fiebre del Caucho. Hoy, si se habla de fiebre es para mencionar la fiebre amarilla y la malaria. Las fuentes parecen tristes y en el puerto no desembarcan caobas y cristales, sino refrescos, bicicletas y latas de conserva.

Sin embargo, Manaos sigue siendo Brasil y en Brasil impera la fiesta. Puede que en la Ópera sólo quede el eco de aquellas grandes voces, pero la calle suena a samba y a alegría. La gente le sonríe a la gente y jamás probé un batido de guayaba como el de un chiringuito cualquiera de Manaos.

Los suburbios de Manaos lo forman casas flotantes, donde las familias navegan sobre el hogar y los niños muestras boas y cocodrilos a los turistas.

Un barco nos alejó de la ciudad y no tardamos en descubrir que la periferia de Manaos pertenece al mundo de lo salvaje. Tuvimos tiempo de pescar pirañas y visitar nenúfares de un tamaño tan desproporcionado que daban ganas de navegar sobre ellos. Vimos el encuentro de los ríos, donde el Amazonas, verde, y el río Negro, con el color de la coca cola, se juntan sin llegar a fundirse en un combate de corrientes que parecen mares.

También visitamos a los hombres que no encajan en la ciudad. Los suburbios de Manaos lo forman casas flotantes, donde las familias navegan sobre el hogar y los niños muestras boas y cocodrilos a los turistas. En este lugar, la supervivencia tampoco tiene límites.

Hace unas semanas contábamos la historia insólita de un indígena que acudió a Google Earth para salvar la selva del Amazonas de la avaricia de los madereros. Quizás la esperanza es otra forma de delirio.

 

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Comentarios (2)

  • Montse

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    Cuando la codicia hace su aparición, acalla cualquier otro sentimiento. Llegará un momento en el que no podamos hacer más daño, porque todo estará ya muerto.
    Triste entrada la de hoy

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  • Lydia

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    Da grima ver el contraste entre los rascacielos y las casas flotantes, los niños con los cocodrilos y las boas…

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