Morelia: tacos, tuna y tiempo…

Tiene nombre de princesa árabe, sabor mexicano y semblante español. Morelia es una ciudad amable, un limbo apacible que contrasta con la realidad convulsa de la capital, a tan sólo 300 kilómetros de allí.

El General José María Morelos, artífice de la independencia mexicana, legó su apellido a esta ciudad, que hoy cambia rifles por guitarras. Tal vez por eso uno no acaba de asociar su nombre a un militar. Llegamos con un frenazo al estrés, como quien esboza una sonrisa ante la sonrisa estudiantil que domina las calles.

En la plaza principal, junto a una catedral alegre, la tuna cantaba al amor y a la bravura, a la nostalgia y al despecho, esos temas tan recurrentes en el corazón de los mexicanos, pero sonaba a España y para confirmarlo comenzaron a cantar a los toreros, porque Morelia lleva sangre hispana, como tantas otras ciudades coloniales, sólo que aquí se me antojó que lo recordaban en cada rincón.

 Llegamos con un frenazo al estrés, como quien esboza una sonrisa ante la sonrisa estudiantil que domina las calles.

Paseando sin rumbo, que es la forma más coherente de pasear un lugar hermoso, alcanzamos un acueducto sin agua, que entretiene a los viandantes que tratan de contar sus 253 arcos. Está rodeado de jardines y fuentes y mangas de camisa, sin la solemnidad del acueducto segoviano, pero con la ligereza de una primavera más clemente. Habíamos llegado durante la Semana Santa y allí las procesiones sí apagan el ambiente festivo del día, para dignificar la devoción y el duelo. Otra vez la sensación de volver a esa versión de México que vuelve con dignidad a sus raíces, haciendo suyas, las tradiciones importadas.

Pero en el rostro oscuro de sus habitantes, uno entiende que además de las fachadas y la música o el ritual religioso, la ciudad alberga la cultura callada de los indígenas. Ellos no hacen ruido, se adaptan, sobreviven y aparecen son sus ropas de colores junto al mercado de los dulces y venden sus artesanías con el gesto serio de quien se siente una minoría en su propia casa.

La mayor parte de los latinoamericanoss son indígenas y españoles, porque el paso de los siglos ha ido vinculando razas y con ello ha ampliado sus raíces.

La mayor parte de los latinoamericanoss son indígenas y españoles, porque el paso de los siglos ha ido vinculando razas y con ello ha ampliado sus raíces. Desde luego, hay diferencia de clases -algo más acusado que el racismo aquí-, pero por lo general, el mexicano no discute su origen étnico. Su orgullo es un orgullo compartido. Y en esa comunión de herencias, uno descubre la verdadera esencia de Morelia.

El interior del templo de San Diego es una mezcla de estilos, que han conseguido mexicanizar el barroco, cubriendo la bóveda, las columnas y la nave central con filigranas de barro cocido pintadas con dorados y rojos. Es una ofrenda floral a la virgen de Guadalupe y un regalo para cualquier visitante.

 Morelia necesita tiempo, porque no se puede recorrer con prisas un lugar empedrado.

Al caer la noche, la magia de la ciudad se transforma, volviendo más tenue la algarabía, pero con el mismo sonido de los cánticos y con los restaurantes abiertos, para servir tacos y quesadillas con picante que nos hacían regresar de Europa a América constantemente.

Estuvimos grabando sus esquinas para llevarnos un poco de su encanto, pero Morelia necesita tiempo, porque no se puede recorrer con prisas un lugar empedrado. Lleva siglos definiéndose. Dejémosla así, con su tuna, sus tacos y su tiempo, dejémosla indefinida, porque en eso radica su personalidad. 

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Comentarios (1)

  • Elena

    |

    Habrá que volver a Morelia a comer unos buenos tacos,a disfrutarla sin prisas.

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