La interminable cópula de Lamido, el anciano de 120 años

Por: Enrique Vaquerizo (texto y fotos)
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“ Pues claro que es fácil, sólo hay que querer y que Alá te ayude un poco”, sonríe El Lamido un momento antes de darse la vuelta y rascarse un hombro. Congestionado por el esfuerzo se deja caer de nuevo  y los goznes de la hamaca amenazan con romper en desgracia. El Lamido hace tiempo que aprendió que gobernar es una labor que se puede hacer tumbado. Dicta órdenes a golpe de parpadeo como una suerte de extraño código morse; pestaña arriba, punto, pestaña abajo, raya,  parece que funciona porque alrededor de sus hechuras de paquidermo se desata un torbellino de actividad. Las mujeres le acercan solícitas cuencos de plátano  y mandioca  y un enjambre de chiquillos engolfados le trepan por la panza y le rascan detrás de las orejas. Él  se remanga las mangas del boubou  los espanta a manotazos  y resopla exhausto  ante el  calor insoportable que inflama la tarde de Oudjilah.

Parece que funciona porque alrededor de sus hechuras de paquidermo se desata un torbellino de actividad

Oudjilah,  se encuentra en el norte de Camerún, pegado a la frontera con Nigeria, un territorio irreal,  una suerte de Camelot donde el tiempo parece haber quedado atrapado  en un tic-tac medieval  que late al ritmo de los deseos de su señor. En muchos  sitios de África modernidad y tradición coexisten en un sincretismo que bordea el milagro, zonas de nadie donde la fuerza de la costumbre predomina en el ejercicio del poder. En unas democracias aún jóvenes donde  la población está acostumbrada  a la rapacidad de sus gobernantes estas situaciones se viven con naturalidad, sin extrañeza.  Sultanatos, jefaturas, reyezuelos arcaicos…Todos le disputan su bocado a Leviatán. Camerún y sus lamidatos son un ejemplo más. Repartidos por todo el país, funcionan como islas feudales  escapando al control del gobierno central

A Oudjilah se accede por un camino estrecho y serpenteante sembrado de peñascos que derrotan a cualquier neumático. Mientras escalas las nubes entre campos de mijo y chozas cónicas uno  tiene la sensación de acudir a pedir audiencia al mismísimo rey Arturo. Los campesinos interrumpen sus tareas para preguntaros  si vamos a ver al Lamido, con reverencia  nos transmiten sus respetos y los mejores deseos para él antes de reanudar la vida a golpe de azada. Al llegar  al poblado no nos reciben  ni un puente levadizo ni el canto de las trompetas, por el contrario el camino desemboca en una techumbre de paja donde un anciano mastodóntico reposa frente al televisor rodeado de críos. Un tipo  que se autoproclama como guía oficial  del pueblo nos lo presenta como Ayoko, el actual e ilustrísimo Lamido de Oudjillah, con una edad aproximada de ciento veinte años. Estudio a su alteza que a pesar de su aburrida placidez no aparenta más de ochenta.

Nos lo presenta como Ayoko, el actual e ilustrísimo Lamido de Oudjillah, con una edad aproximada de ciento veinte años

Es curioso, pero  en muchos lugares de África las edades de los ancianos parecen doblarse de golpe al pasar de los setenta, como si no  fuese ya meritorio llegar ahí en estos entornos hostiles y exigiese una ración doble de veneración y respeto. Te sorprendes ante pimpantes viejecitos  centenarios que cultivan  enérgicamente sus campos  de mijo o con ancianas que si nos fiamos del testimonio de sus vecinos a sus ciento treinta deberían estar exhalando su último suspiro y sin embargo arrean  pescozones a sus nietos con un vigor juvenil. La vejez al contrario que en Europa cotiza al alza. Mientras nuestras sesentonas  graznan indignadas cuando te diriges a ellas de usted y suspiran por quitarse años, probar a tratar a alguna “Mamam” africana con las maneras desenfadas de una jovencita  puede ser una experiencia arriesgada. El anciano aquí conserva su rol preeminente y las satisfacciones se esperan al final de la fiesta. Es un orden vital compensatorio  y no carente de lógica.

Estoy escrutando  al anciano buscando como un paleontólogo trazas de arrugas que revelen su edad bíblica, cuando el guía me ofrece revelaciones aún más extraordinarias. El lamido tiene cincuenta esposas y ha engendrado a lo largo de su vida más un total de ciento sesenta y dos hijos. En ese momento me percato de las decenas de ancianas que pululan entre las chozas, todas ataviadas con el mismo boubou rojo y verde. Algunas mujeres mucho más jóvenes con críos de pocos años a sus espalda comparten uniforme…Miro  al viejecito incrédulo, me devuelve una sonrisa satisfecha.

El Lamido tiene cincuenta esposas y ha engendrado a lo largo de su vida más un total de ciento sesenta  y dos hijos

Alucino ante esta fuerza de la naturaleza obsesionada con engendrar a diestro y siniestro,  lo imagino como un sátiro gigantesco  de mil tentáculos esparciendo esporas y  ejerciendo sin control el derecho de pernada por  todo el término de Oudjilah .  Y por un momento dudo entre entregarme al escepticismo o pedir un Predictor por si acaso al venerable  Lamido entre sonrisa y sonrisa se le ha ido la mano.  Mi asombro aumenta cuando franqueo las puertas de una humilde choza y entro al palacio subterráneo del  Lamidato.  Las paredes se dividen en cubículos de barro, cada uno con  cocina y granero individual  donde reside cada esposa que compone su  inabarcable harén. Los niños corretean en este laberinto alborotando  pucheros y gallinas. Una autentica ciudad bajo las cavernas, con códigos y reglas propias.  Acompaño al guía hasta una abertura donde un balcón nos ofrece una vista privilegiada del valle de Mora. Todo lo que divisamos pertenece al Lamido, las chozas de la ladera donde residen sus hijos mayores, los campos cultivados por  campesinos que deben pasarle un tributo mensual, los rebaños por los que percibe su contribución en especies… Por un momento parece que  su sombra de tortuga centenaria  va a desplegarse sobre el valle, reclamando la propiedad  de hasta  la última brizna de hierba, mientras pastorea amorosamente a su pueblo.

¿Y cómo se reparte esta descomunal herencia? El título de lamido pasa  siempre al cuarto hijo de la tercera esposa, indefectiblemente.  La idea es evitar conflictos y accidentes inesperados a los primogénitos. Ni sus propios hermanos pueden decir a ciencia cierta de quien se trata el elegido. Mi guía que también es hijo del Lamido me cuenta que su madre fue una de las primeras esposas,  percibo que tiene la secreta esperanza de que pueda ser el elegido.

El título de lamido pasa  siempre al cuarto hijo de la tercera esposa, indefectiblemente

Cae la tarde cuando salgo del palacio, muchas mujeres vuelven de los campos, cargadas con haces de leña y herramientas,  algunas son  simples ancianas raquíticas que me contemplan entre la curiosidad el miedo, esclavas en serie, bestias de carga uncidas al yugo de la poligamia. Volvemos al patio central donde el sátrapa ha salido de su letargo y maneja con soltura un mando a distancia. Juega el Manchester United contra el Chelsea, la muchedumbre de hijos, nietos y biznietos grita eufórica frente al televisor, Drogba ha marcado un gol. Él lamido apenas se permite una sonrisa y un saludo displicente al verme

Me paro para  tomarme una foto con él y realizarle una última pregunta. ¿Qué le pide a los años a que le quedan de vida?

-Seguir teniendo más mujeres e hijos con los que regar la tierra.

-¿Pero a su edad no debe ser fácil no?

–  Pues claro que es fácil, sólo hay que querer, y …que Alá te ayude un poco.

 

 

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Comentarios (5)

  • Ricardo

    |

    Buenísimo Enrique, un auténtico Macondo africano. Como siempre, es un placer leerte. Abz

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  • Ana

    |

    Gracias, Enrique, por tus historias….

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  • Enrique Vaquerizo

    |

    Ricardo, Ana, para mi sí que es un placer contarlas aquí.

    Abz

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  • isabel

    |

    parece mentira que existan estas cosas hoy en día , ¡MUY INTERESANTE !!

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