“Estamos llegando a la terminal del ferry”. O, por lo menos, es la traducción en resumen de lo que escuché. Por fin, después de haber viajado cinco horas en tren, dormir en un hostal y cruzar el mar, pude llegar a mi destino. El viaje había resultado cansado, pero valía la pena tanta espera. Me encontraba en un pueblo pequeño; sin embargo, había mucho movimiento, pues de todas partes de Japón llegaban turistas a la isla de Rebun, situada en la parte más septentrional de Japón, en el Parque Nacional Rebun-Rishiri-Sarobetsu.
Bajando del ferry me encontré con un hombre que levantaba una lona que decía “Momoiwaso”. Me acerqué y di mi nombre. El hombre me llevo a una camioneta color azul, algo vieja, cuya parte trasera estaba cubierta por una lona de color verde. Revisó una hoja y me dijo que esperara. Después de unos minutos, se subió a la parte trasera de la camioneta y, en voz alta, dio ciertas instrucciones de manera divertida y comenzó a subir a la gente. Notaba un cierto tono extraño en su voz, era demasiado alegre para ser verdad. En fin, subimos a la camioneta. Ya estando en la parte trasera, otro hombre se introdujo, y con el mismo tono de voz alegre, nos dio varias recomendaciones. Después de unos quince minutos, la camioneta se detuvo y seguimos a pie por un sendero que se encontraba al lado de la carretera.
Después de haber viajado cinco horas en tren, dormir en un hostal y cruzar el mar, pude llegar a mi destino
El clima era excelente: un día soleado, con pocas nubes, pero las suficientes para hacer ver al cielo pintoresco. Conforme íbamos caminando, el paisaje se iba abriendo ante nosotros. Extensos pastizales contrastaban con el azul del cielo y miles de flores silvestres se asomaban por todas partes. El sendero por el que andábamos era estrecho pero bastante cómodo; cada piedra estaba ordenada para caminar sin problema. Al seguir andando, de la nada apareció frente a nosotros un paisaje que parecía un cuadro, una imagen de postal: pasando el extenso paisaje verde, se apreciaba el imponente océano Pacífico y la orilla de la isla a los pies de formaciones rocosas de impresionantes figuras. Todo era perfecto. La paz que sentí en ese momento es indescriptible. No puedo dejar de impresionarme de los hermosos rincones que guarda nuestro planeta tierra.
Después de hacer el recorrido por tan espectacular paisaje, la camioneta azul llego a por nosotros y nos llevo al hostal, situado fuera del pueblo, junto al mar, en una zona privilegiada. Nuestro alojamiento se levantaba frente a un paisaje excelso, donde los atardeceres son el espectáculo principal. El edificio es de madera y, según el dueño, tiene aproximadamente cien años, pero estaba en perfectas condiciones. En cuanto abrimos la puerta del edificio, aparecieron entre nosotros diez personas hincadas con sonajas, panderos y nos gritaron con enorme alegría “¡Okaerinasai!” (“bienvenido a casa”), a lo que respondimos “¡tadaima!” (una expresión que se podría interpretar como “ya llegué a casa”.). El tono de la gente del hostal era afable. Después de llenar una hoja y pagar la estancia, salí a ver el mar y a ensimismarme con la panorámica del horizonte.
Todo era perfecto. La paz que sentí en ese momento es indescriptible
Después de cenar, de la nada salieron cuatro hombres. Dos de ellos eran los que nos habían recibido y los otros dos estaban en el hostal cuando llegamos.
Comenzaron a cantar y a bailar con un entusiasmo y energía que nunca antes había visto. Al principio, me resulto demasiado extraño, después gracioso, y al final bastante divertido. Estaban haciendo una especie de show para nosotros, donde nos explicaron de una manera sumamente divertida y a través de canciones e imágenes un poco sobre la isla que estábamos pisando. Me sentía tranquilo, en paz, relajado, feliz. Más que un hotel para pasar la noche, estaba en una especie de casa de retiro, donde la gente olvidaba sus problemas y, simplemente, se divertía conviviendo con extraños.
Al siguiente día caminé un rato por otras partes de la isla. Esta vez, el paisaje se apreciaba de manera distinta, ya que densas nubes cubrían el cielo. Sin embargo, aún así, era hermoso observar los campos. Cuando llegó la hora de regresar, uno de los encargados del hostal me dijo que en cuanto subiera al ferry me fuera hacia la parte trasera y me asomara.
Al partir me entró un sentimiento de nostalgia, alegría y emoción, a pesar de haber estado sólo una noche en aquel hermoso lugar
Allí estaba él junto a varios huéspedes despidiéndome con una canción. Bailaban, cantaban y aplaudían con tal alegría que por fin entendí el significado de todo lo que estaba pasando. Me entró un sentimiento de nostalgia, alegría y emoción, a pesar de haber estado sólo una noche en aquel hermoso lugar. Esa despedida tan emotiva me hizo sentir en casa, recordar a mi familia, a mi pareja, a mi amada tierra. El barco comenzó a moverse y, mientras ellos
seguían bailando y gritando, ya estando el ferry alejado del puerto, sólo alcanzaba a oír sus voces gritando con enorme fuerza «¡itterashai!» (“buen viaje” o «nos vemos después”).




