Creí haber llegado al Caribe en mitad de los Andes. El agua era de un azul índigo encendido, turquesa en ocasiones y con tono esmeralda en algunas orillas. Avanzamos hacia el lago como quien ve la luz al final del túnel, casi por inercia, sumidos al hipnotismo de un agua que brillaba entre montañas nevadas.
Es irremediable, la imagen de un lago invita a la siesta de los sentidos, transmite paz y el espíritu inquieto de un viajero suele encontrar el sosiego en sus orillas. Los lagos son un buen punto de partida y un final hermoso.
“¿No conocen la carretera austral?” – nos preguntó la dueña de una estancia cuando, hace muchos años, hicimos nuestra primera travesía en la Patagonia. (...) Algunos años después, le dediqué tres semanas para recorrerla en casi todo su largo.