Capilla de mármol y el robo del río Fénix

¿Se puede robar un caudal?
Capilla de mármol

Gerardo Bartolomé ha narrado en VAP el «alma» e historia de la Patagonia durante años. Sin duda, el argentino es uno de los investigadores que más conoce esa tierra y que más libros ha escrito sobre ella. Pretendemos organizar una ruta guiada por él a finales de 2026 o inicios de 2027 por la Patagonia. Nuestra pequeña agencia artesanal ofrece sólo rutas por lugares que conocemos muy bien y donde podemos plasmar nuestra filosofía viajera. Pero los planes son sólo eso, planes, hasta que no se materializan, y mientras trabajamos en ellos les dejamos algunos de los mejores relatos que hemos publicado de Bartolomé sobre aquella tierra. Así pueden calibrar el nivel de la persona que compone y guiará la ruta.

Durante más de 150 años Argentina y Chile se disputaron la zona cordillerana de la Patagonia. Quejas, acusaciones, trampas y hasta amenazas se aplicaron sobre decenas de puntos en litigio. Junto con mi mujer íbamos a visitar uno de los puntos más controvertidos de esta frontera. Se trata de un lago muy particular, porque se asienta en una estepa que forma un enorme hiato en el larguísima cordillera. Los dos países habían acordado que los Andes serían su frontera pero, y allí… ¿Dónde están las montañas? Sólo se trata de una estéril planicie ondulada.

El Acuerdo de 1881 proponía el criterio de determinar la frontera por las altas cumbres o la divisoria de aguas. A falta de picos se debía definir que donde las aguas desaguaran al Pacífico el territorio le correspondía a Chile y donde desaguaran al Atlántico le correspondían a la Argentina. Para desesperación de los primeros exploradores argentinos, ese lago y toda la zona circundante desaguaba en el Pacífico, por lo que le correspondería a Chile. Así estaba la cosa en 1896.

Enfilamos nuestra camioneta hacia una estancia en el lado que hoy le corresponde a la Argentina, buscando conocer el lugar donde ocurrió una de las más increíbles tretas de la historia de la Patagonia: el robo del río Fénix.

Cabalgábamos cerca de la orilla, guiados por un gaucho conocedor de la zona, un baqueano, buscábamos chenques, tumbas indígenas. Con el correr de la tarde el horizonte, sobre el oeste se fue tiñendo de un color violáceo. “Es el viento que levanta las cenizas del volcán.” aseguró el gaucho. ¿Qué volcán?
“Fue terrible.” nos dijo la dueña del campo. En 1991 un lejano volcán chileno, el Hudson, entró en erupción. El perpetuo viento del oeste, sin montañas que lo frenara, trajo lluvia de cenizas que cubrió la Patagonia hasta el océano Atlántico, a casi cuatrocientos kilómetros de distancia. En los alrededores del lago se depositó un manto de cenizas de casi un metro de espesor. Murieron todas las ovejas. En la cercana población de los Antiguos los techos sucumbieron al peso y gran parte de la gente tuvo que se evacuada. Del lado chileno las cenizas embalsaron y desviaron ríos, sepultaron casas y dejaron aislados a muchos colonos. Muchos años le llevó a la zona recuperarse de la terrible erupción.

Nosotros seguimos nuestro camino bordeando el lago, su orilla llena de pequeñas piedras flotantes. ¿Piedras flotantes? Sí señor. Piedra pómez

En 1896 Francisco Moreno, conocido como el Perito Moreno, exploró la zona. Le preocupaba que esta estepa pudiera quedar en manos de Chile por un pequeño factor: el único hilo de agua de la zona, el río Fénix, zigzagueaba pero en lugar de dejarse llevar por la pendiente general del suelo y enfilar hacia el Atlántico, inexplicablemente doblaba hacia el oeste para desembocar en ese enorme lago. Moreno ya se había internado en el terreno chileno para cerciorarse de una cosa, ese lago desaguaba en el Pacífico. ¿Esa estepa le correspondería a Chile? “¡De ninguna manera!” debe de haber pensado el Perito, e ideó una acción audaz y patriótica pero inescrupulosa.

Nosotros seguimos nuestro camino bordeando el lago, su orilla llena de pequeñas piedras flotantes. ¿Piedras flotantes? Sí señor. Piedra pómez. Alguna vez fue piedra incandescente lanzada por el volcán que, al enfriarse rápidamente, generó tantos poros que internamente contiene más aire que piedra. Flota porque es más liviana que el agua. En su última erupción el Hudson no había lanzado piedras, sólo cenizas. Estaba claro que había habido muchas erupciones en la larga historia geológica de la zona.

Poco después del paso del Perito un grupo de colonos galeses, especialistas en la construcción de canales, se puso a trabajar en el preciso lugar que Moreno les había indicado. Palearon durante algunos días hasta terminar su trabajo. Ahora el río Fénix corría hacia el este… hacia el Atlántico.

El suelo gris nos decía claramente que las cenizas eran las culpables y los árboles sobre el cauce viejo nos permitían calcular que esto se debía a una erupción

Del lado chileno seguimos buscando evidencia de antiguas erupciones del Hudson y su efecto sobre la zona. Un bosque muerto, ahogado por otro río que la naturaleza había cambiado de curso. El suelo gris nos decía claramente que las cenizas eran las culpables y los árboles sobre el cauce viejo nos permitían calcular que esto se debía a una erupción ocurrida hace, por lo menos, ochenta años.

Pero el caso del Río Fénix era distinto, no había sido desviado por el volcán… Se produjo un escándalo diplomático cuando una expedición chilena descubrió el ardid argentino y todo terminó en un arbitraje frente a la corona británica. El Rey inglés mandó a un experimentado hombre del ejército imperial que recorrió la zona con un representante de cada país. El coronel Robert Holdich confirmó que el río había sido desviado artificialmente. El Perito Moreno no lo negó, era imposible hacerlo, pero se defendió diciendo que el haber desviado el río con tan poco trabajo demostraba que las cenizas de una erupción podían fácilmente cambiar el curso del río. Quizás, aventuró, en su historia el río había corrido hacia el Atlántico y hacia el Pacífico alternativamente. Holdich lo miró serio; había evidencia de gran cantidad de erupciones volcánicas. Moreno arriesgó aún más: El lago también está en un equilibrio inestable; las cenizas de una gran erupción podrían cerrar el desagüe oeste y hacerlo desaguar hacia el Atlántico. Según el Perito, allí, debido a la inestabilidad de la zona, había que descartar el criterio de divisoria de aguas y aplicar un criterio más salomónico. Sin dar su opinión Holdich volvió a Inglaterra para redactar su informe.

Finalmente, nuestro periplo alrededor del lago nos llevó a un lugar con grandes bloques de piedras semi sumergidos que mostraban cavernas de formas góticas. Estábamos en Capilla de Mármol. Una lancha nos acercó a las rocas. De cerca se notaba que el agua había erosionado las piedras. ¿Cómo? Las erupciones arrojan grandes cantidades de azufre en el agua del lago y ésta químicamente come el mármol generando esas extrañas formas de catedrales. Estaba claro que el Hudson arrojaba cenizas desde hacía miles de años.
En 1904 Sir Robert Holdich leyó el laudo británico que definía la mayor parte de la larguísima frontera argentino-chilena. En este punto de discordia la decisión había sido la de dividir el lago al medio. El inglés había aceptado la tesis argentina. Para evitar mayores discusiones al mismo lago se le dieron nombres distintos de uno y otro lado. A las aguas argentinas se las llamaba Lago Buenos Aires mientras que las aguas chilenas recibieron el nombre de Lago General Carrera.

De vuelta en Buenos Aires consulté con geólogos. Me aseguraron que las modernas observaciones demostraban que el río Fénix nunca había fluido hacia el Atlántico. La hipótesis del Perito Moreno no era cierta… pero le sirvió para convencer a Holdich.

Contacto@GerardoBartolome.com
Gerardo Bartolomé es viajero y escritor. Para conocer más de él y su trabajo ingrese a www.GerardoBartolome.com

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