Ecuador: la maternidad de la mitad del mundo

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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El autobús llevaba ya un tiempo escalando el terreno. A mi derecha, por la ventanilla, veo laderas interminables convertidas en cultivo industrial de flores. Las montañas de Ecuador tienen la belleza de ser planicies en cuesta en esta parte. Paramos al fin en un primer centro comunitario. Allí nos esperan para inaugurar un programa  de ayuda del Ayuntamiento de Madrid. Es un invernadero de flores en el que trabajan indígenas. Flores que serán enviadas al primer mundo por correspondencia.

Una pancarta de bienvenida nos recibe. La troupe político mediática bajamos del vehículo. Empiezan los interminables discursos que comienzan agradeciendo a los presentes haber venido y concluyen agradeciéndose el político asimismo, y en nombre de los demás, que él haya venido. De pronto, aparece detrás del improvisado estrado un joven que despliega un trapo pintado en el que pide que se acabe con la explotación laboral. Grita y chilla contra el esclavismo laboral mientras las caras desencajadas de unos y los gestos de otros acaban con su discurso a empujones.

Grita y chilla contra el esclavismo laboral mientras las caras desencajadas de unos y los gestos de otros acaban con su discurso a empujones

El efecto buscado ya lo había conseguido. En medio de la oficial visita habló junto a otros periodistas con algunas mujeres que nos explican que los dueños de su valle, llamado de Las Flores, son compañías americanas y holandesas que les pagan sueldos ínfimos por trabajar durante  horas sin derecho a descanso ni queja. “El que se queja recibe en compensación poder descansar durante un mes que no será contratado”, nos dicen. El hambre facilita mucho las relaciones laborales.

De allí salimos con la sensación de que el precioso Valle de las Flores tiene algo más de campo santo que de Edén. Nos dirigimos a otro proyecto de nombre atrayente: la maternidad de la mitad del mundo, en Cayambe. Lo escribí entonces en el reportaje que se publicó en prensa: “el nombre debía de ser porque la vida allí se partió en dos”. Pero no, lo es porque por allí pasa la línea del Ecuador.

El centro lo financió el Ayuntamiento de Madrid en el año 2000.  La labor que realiza es espectacular en un entorno  en el que a los partos no se sabe si ir vestido de blanco o de negro, que uno nunca sabe si tras el acontecimiento le espera un bautizo o un entierro. No había ninguna cobertura médica en esta zona antes del proyecto y morían cada año cerca de 150 niños. Supongo que los certificados médicos por defunción se repartían en blanco con el libro de familia y una urna de madera que hacía de incubadora.

Supongo que los certificados médicos por defunción se repartían en blanco con el libro de familia y una urna de madera que hacía de incubadora

La visita es amable, llena de muestras de cariño y agradecimiento. Nada más llegar, un grupo de mujeres indígenas realiza un baile enloquecido en el que agitan gallos vivos sobre nuestras cabezas. Sus miradas son profundas, casi de cemento, y sus pieles parecen labradas con ceniza. Cantan y mueven sus cuerpos con destreza y un cierto orgullo, altivo, de quien asume con serenidad la derrota. Pasamos a ver las instalaciones, limpias, pulcras, con la sensación de que aquella mañana los partos se harían sin orinales para no perturbarnos. El esfuerzo de aquella gente era mostrar que nuestro dinero se invertía en limpiar a los bebes con gasa de seda y lejía. Luego, vomitan en cascada agradecimientos y necesidades.

Han preparado para finalizar un banquete. Nos ofrecen un ágape en el que el paté estaría hecho con sus propios hígados si fuera necesario. Pollo, frijoles y arroz. Tiene un aspecto horrible y declino la invitación porque pienso que esa comida es a ellos a los que les hace falta. El tipo insiste, contrariado, en que coma. Lo hago. Entiendo que una invitación debe siempre aceptarse. Son gente simpática, tierna, que sabe que se juega en esta visita una generación de niños por nacer. Nos vamos, se acaba la maternidad de la mitad del mundo enclavada en medio de hermosos valles. Minutos después estamos haciéndonos fotos junto a un globo terráqueo y una línea que indica el norte y el sur. Volvemos a la preciosa Quito.

He descubierto que para cooperar en estos proyectos hay que pagar al cacique local una fortuna

A la mañana siguiente, pese a que la noche fue larga en un bar regentado por unos vascos en la que acabamos destrozando a gritos canciones de Serrat y Perales, que uno en el extranjero se marca las horteradas que quiere con el desahogo de aquí no te conoce nadie, voy a desayunar temprano. Allí me encuentro a una mujer, no diré su nombre, que era la que aportaba más dinero a los proyectos de forma privada. Es culta, mayor, inteligente y simpática. Le veo mala cara, me siento en su mesa y me dice a bocajarro. “Me quiero ir”. ¿Por qué?, le pregunto. Duda, da mil vueltas y me pide que no cuente nada en el periódico (no lo hice, es la primea vez, años después, que cuento esta historia). “He descubierto que para cooperar en estos proyectos hay que pagar al cacique local una fortuna”. Me detalla que el jefe comunitario de la zona, no me da más datos, exige un soborno para poder salvar a los suyos. Es detestable, entiendo su ira, pero ¿qué hacemos entonces con los indígenas del Valle de las Flores y con los niños y las madres de la maternidad de la mitad del mundo?

 

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Comentarios (3)

  • Rosa

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    Dos caminos que se juntan. Difícil decisión. Media realidad nunca es contada ni sabida.

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  • Adalberto Macondo

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    Esa es la cruda realidad…

    Recuerdo haber apoyado en un proyecto de desarrollo comunitario, donde el líder de la comunidad demandaba X cantidad de dinero, según me explicaban los demás miembros (muy convencidos) por el bien de la comunidad siempre se hacía así. Sin embargo, a la hora de exigirle que debía mostrarnos en que se invertiría el dinero, el lider nos respondió que como autoridad él no le debía cuentas a nadie.

    Sin duda esos son los dilemas del oficio del cooperante.

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  • Javier Brandoli

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    Una dura realidad con una solución complicada, tenéis razón. Gracias y abrazo

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