Black taxis: donde caben 12 caben 22

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Hay una extraña ley matemática en Sudáfrica que demuestra que el espacio tiene la habilidad de dilatarse ante la presión directa de la cuántica del bolsillo. Es sólo por esta teoría por la que los minibus de Ciudad del Cabo tienen la asombrosa capacidad de introducir a 21 personas en un espacio previsto para 12 (un amigo dice que llegó a ir con 22 personas, lo que hace que me pase el día entero contando flequillos en el minibus para ver si llego a 23). No pasa nada, tu cabeza va perfectamente sujeta a la ventana, tus rodillas dejas de sentirlas en un breve espacio de tiempo y cada bajada de un viajero se convierte en un simétrico Tetris que hace que todas las piezas del interior se tengan que mover para poder desalojar 60 kilos de músculo y carne (eso cuando hay suerte, que ayer viaje con una señora subida a mis hombros que pesaba como dos estadios de fútbol y me miraba con cara de “¿no podrías morirte?”). Lo curioso es que, pese a estos pequeños y grandes inconvenientes, me apasiona coger los minibus de esta ciudad (los llaman también “black taxis” porque en los tiempos del apartheid era el método de transporte que usaban los negros). En ocasiones es realmente divertido.

La realidad es que el transporte público en Sudáfrica es un caos que hay que entender. La ciudad se divide en líneas rectas o itinerarios fijos que realizan decenas de minibuses que se pueden parar en cualquier momento en medio de la calle. Es como si hubiera una cuadrícula de grandes avenidas de la que no salirse: norte a sur; este a oeste. Muchas veces uno toma un minibus que te deja en una arteria principal y luego tiene que andar 20 minutos para llegar a su destino (es más sencillo que intentar tomar tres camionetas distintas calculando recorridos de cada una y proximidad con el lugar deseado).

Es genial cuando el minibus va lleno y la gente que va detrás le da dinero a la que está delante: una perfecta cadena de pagos y vueltas que van pasando de mano en mano

Cada minibus tiene un conductor y un cobrador. El segundo es un personaje sorprendente que se dedica a gritar por la ventana el lugar final de destino cada vez que intuye que puede haber un nuevo cliente (hasta que entendí que decían Cape Town pasó una semana de preguntarme en qué idioma hablaba el simpático voceador). En ocasiones el conductor frena de golpe porque le parece que a 200 metros, bajando por la calle, hay un posible usuario. Lo más grande es cuando se produce la “Camioneta Racing”: dos minibus se encuentran en un semáforo, se miran y salen volados para tomar posición de acera y bloquear al otro ante un posible cliente. Lo cierto es que los, en ocasiones, destartalados vehículos van realmente rápido (llegan a acojonar, sí). En una ocasión, yendo a un barrio de la montaña, cogí un minibus que conducía una mujer mayor musulmana. Joder con la señora, nos llevó a velocidad de crucero y rezando en silencio (no había tiempo ni siquiera a pedirle que frenara un poco, que necesitaba llamar para despedirme de mi madre).

El precio de las camionetas depende del horario en que se tomen. Durante el día, hasta que se hace de noche, son cinco rands (50 céntimos de euros); desde las 20 horas (aprox) hasta las 22 horas son seis rands; por la noche son 10 rands. De todas formas, a partir de las siete de la tarde los minibus de Ciudad del Cabo sólo hacen el recorrido entre Sea Point (donde yo vivo) y Central Station. El resto de la ciudad carece de transporte público desde esa hora.

El pago es otra de las curiosidades. Cuando subes a la furgoneta no tienes que pagar (aún no he entendido la razón). Tomas asiento y, al rato, pagas. Es genial cuando el minibus va lleno y la gente que va detrás le da dinero a la que está delante: una perfecta cadena de pagos y vueltas que van pasando de mano en mano. Si a eso le añades que en ocasiones el conductor lleva la música puesta a un volumen medio, que ya imposibilita la comunicación sensorial entre humanos, parece un milagro que todos sepan que hacer en este pequeño habitáculo. Toda una experiencia que muchos blancos de aquí no han probado nunca.

La otra opción para moverse es coger un taxi. Aquí mucha gente los usa en cuanto se hace de noche (por la inseguridad). Hay que regatear. Todos llevan taxímetro, pero muchos están trucados y el precio final se dispara. Antes de subir se dice el barrio de destino, se acuerda un precio y se espera felizmente a que, en ocasiones, el conductor te diga que no tiene cambio si ve un billete grande o te pida más dinero: “Me dijiste 70”. No es muy común, pero yo he sufrido las dos situaciones. La del cambio se arregla diciendo “espero a que vuelvas y cambies el dinero”. Es instantáneo que lo encuentre.

¿El resto del transporte? Hay alguna línea de autobuses a la europea pero es muy minoritaria y con trayectos muy escasos (puede que para el Mundial mejoren).

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Comentarios (4)

  • Lisetta

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    Que bueno!!!!, me he reido un buen rato… y todas mis compis tambien.
    Joder que experiencia estas viviendo y que bonito resulta leerlo….
    Yo rezando a Dios para que tu sobrina, que tambien viene a Mexico, no cumpla su simpatica amenaza de pasarse las 10 horas de vuelo jugando con su “mami” a las palabras encadenadas, por que juro que la mato….!!!!!!, supongo que ya no hablaremos hasta que vuelva, te mando un gran beso, a ver si tengo suerte, quiebra Marsans y puedo ir a verte.
    Lisetta

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  • Javier

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    Cuándo te vas?? Recuerda ir a Tulum (sería genial que pudieras hacerlo sin turistas, pero es complicado). Besos y pásalo genial

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  • Ana

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    Jajajaja… El único comentario bueno que se me ocurre sólo puedo contártelo por teléfono… lo de los tobillos ya me parece hasta too soft!

    Pero es de los buenos.

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  • Esteban

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    lo has relatado perfectamente, has conseguido que me traslade allí otra vez y se me volviera a sentar una lugareña en mis rodillas por la falta de espacio en el minibus, camino a green point….

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