El juego de Mandela

Por: Javier Brandoli
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Una viaje en línea, como una cuerda que se tuerce y se tensa, sirve para comprender en línea, con los matices de las cuerdas que se tuercen y se tensan.  Y hoy, domingo de julio en el que pasé el primer día internacional de Mandela sin Mandela y en el que los periódicos escupen sangrantes miserias, pensaba en algunas cosas aprendidas en aquella ruta. Si viajar es mirar y entender, mi reciente viaje de Madrid a Ciudad del Cabo en coche me ayudó a distinguir algunas simplezas.

Recuerdo aquel cartel del puente de Mostar, en Bosnia, que decía no olvides 1993. Lo decía a modo de advertencia, como recuerdo de todo lo inhumano allí ocurrido. Bosnia es uno de esos ejemplos en los que se avergüenza el hombre con sus cementerios que parecen estar en todas partes. Y allí, sobre las mismas piedras de aquel puente que fue derribado a morterazos (cuando se ve la secuencia en video te duele la conciencia), me explicaba un bosnio musulmán como los cristianos levantan torres e iglesias para ofenderlos y provocarlos. Y señalaba el horizonte y me indicaba la torre de una nueva iglesia cuya torre supera a los minaretes árabes. Y después, con gesto más impaciente, me señalaba con su dedo una cruz sobre una montaña que según él se hizo para insultarlos. Y uno al escucharlo no sabe dónde colocar tanta locura y estupidez de los que señalan y de los señalados. ¿Cuántas muertes se necesitan para saldar una deuda de sangre?

¿Cuántas muertes se necesitan para saldar una deuda de sangre?

Y luego en la frontera de Turquía y Siria visité un campo de refugiados mientras escuchaba el ruido de los morteros que estallaban detrás de las montañas. Y allí vi pasar coches que cargaban vidas enteras en bolsas y maletas huyendo de la muerte. Y contemplé la tristeza de una madre a la que le registraban la dignidad de su maleta al detalle, junto a sus dos hijos, en la entrada de una ciudad artificial y vallada en la que deben vivir ahora que su país es un montón de escombros en los que fermenta la vida.

Después, ya en Egipto, contemplé calles y carreteras llenas de tanques y alambradas. Y de pronto hablabas con unos que te recordaban lo atroz que era el vivir con los hermanos musulmanes, antiguos gobernantes de esta tierra. Y te contaban tantas barbaridades para sustentar sus fuertes preceptos que llegabas a tener miedo de aquellos radicales islámicos que acababan con las libertades e imponían barbas y velos. Pero luego, de casualidad también, tras ser escoltado durante cientos de kilómetros porque nada allí te dicen que es seguro, encuentras al otro bando. Y una chica encantadora y educada te dice con acento sincero y frágil al ver pasar a unos soldados “esos hombres van a llevar lágrimas allí de donde yo vengo. Van al campo y matan a todos los que no piensan como ellos. Los Hermanos Musulmanes ganaron el poder en las urnas”.

Van al campo y matan a todos los que no piensan como ellos

Y en el final de toda esa larga ruta, en la que en Etiopía te hablan mal de los musulmanes de Sudán y en Kenia te dicen que los etíopes son unos ladrones; en el que en Zimbabue aún escuecen las heridas mal cerradas de su campaña Gukurahundi, en el que Mugabe ordenó la muerte de más de 20.000 ndebele tan negros como su piel y su conciencia y en el que los blancos tuvieron que huir mientras les robaban sus tierras en una campaña de robo consentido, llegas a Sudáfrica.

Y allí te espera el país del apartheid, quizá el régimen político racista más famoso de la historia. Y allí viven sin que haya habido matanzas generalizadas promovidas por el gobierno tras la llegada de la democracia y de sus derechos. Y aunque el convivir de negros y blancos sea lejano, aunque el racismo sea aún latente, allí, donde parece que se acumulaban más razones que en otros lugares, no hay guerras ni matanzas de unos contra otros pese a sus enormes injusticias sociales. Hay un cierto respeto. Y no las hay por un líder, una única persona que decidió y lidero un camino de paz. Respetar la vida entendió  él que era lo más importante.

No creo que la mayoría de ucranianos, rusos, palestinos y judíos quieran tanta repugnante muerte

El gran pueblo pocas veces tiene la palabra. No creo que la mayoría de ucranianos, rusos, palestinos y judíos quieran tanta repugnante muerte. Pero ellos no hablaran, ellos son la masa silenciosa, la que de alguna manera no tiene capacidad para decidir cuándo se imponen los líderes. Porque en su genética no está encabezar, está permitir, rezar y algún quejido en voz baja sin poder adoptar posturas de fuerza para imponer su cordura. No pueden hacerlo, si lo hicieran no serían ellos y se convertirían en los otros.

Y ahora, que el pasado 18 de julio Mandela hubiera cumplido 96 años, hagamos el juego de por un segundo imaginar que sería del mundo y sus interminables guerras si sustituyéramos a los líderes Netanyahu, Putin, Arafat, Bush, Milosevic…. por Mandela. ¿Es fácil la respuesta verdad?

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