Para unos, Colombia es aquel país de América latina donde abundan la cocaína, las guerrillas y las esmeraldas, o sea, un lugar inseguro donde la vida no vale nada. Para otros, se trata del escenario de las novelas de García Márquez, tierra del realismo mágico donde nunca pondrán el pie por culpa de la citada abundancia de cocaína, guerrillas y esmeraldas. Sin embargo, yo me había dejado convencer por Marta, una amiga que llevaba años trabajando en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Bogotá y que me había jurado que “existe otra Colombia que no sale en los periódicos”.
Tras una breve estancia en la capital, nos dirigimos hacia el noroeste del país para visitar el Parque de los Nevados, una serie de volcanes espectaculares cubiertos de nieves perpetuas, como el infausto Nevado del Ruiz, que arrasó la población de Armero en 1985. Pero nuestro destino se encontraba algo más al sur, en el Valle de Cocora, donde crecen palmeras gigantes a 3.000 metros de altura. La idea era atravesar aquel bosque surrealista, único en el mundo, remontando el curso del río Quindío hasta llegar a las faldas del volcán Tolima. Claro que no había transporte público hasta Salento, la población más cercana, de modo que nos pasamos cinco horas tirados en un cruce de la carretera que va a Armenia, en pleno Eje Cafetero. Al final alguien nos recogió haciendo autostop, algo que se desaconseja a los extranjeros tanto como lo practican los locales. La verdad es que lo más peligroso de la sinuosa pista fue el conductor, que se volvía constantemente para charlar con los que íbamos en del asiento de atrás.
La idea era atravesar aquel bosque surrealista, único en el mundo, remontando el curso del río Quindío hasta llegar a las faldas del volcán Tolima
En Salento, un pueblecito encantador de estilo colonial, tuvimos que esperar la aparición de un Willis, uno de esos 4×4 clásicos que hacen las veces de taxis por los senderos sin asfaltar de la región. Mientras, almorzamos trucha asalmonada con patacones de plátano, el menú inevitable del Quindio. De hecho, la entrada al valle del Cocora se encuentra junto a una piscifactoría. A media hora de las misma, encontramos una finca donde pasar la noche. Mientras tomábamos una cena frugal de chocolate caliente con queso, pregunté a la cocinera si la zona era segura. “Por aquí está sano ahora, pero en el Tolima es otro cuento” respondió. Nos fuimos a dormir con un frío intenso y con la sensación de estarnos metiendo en un lío. De madrugada nos despertó el eco de unos disparos de fusil, aunque tal vez sólo fuera el crujir de las viejas paredes de madera, unido a nuestra imaginación.
Por la mañana, la visión desde el porche era espectacular; decenas de palmeras de hasta 60 metros perforaban los bancos de niebla que se arrastraban sobre las colinas, componiendo un paisaje prehistórico. Algunas vacas incongruentes pastaban a los pies de las palmas, descubiertas en 1801 por el biólogo y naturalista alemán, Alexander von Humboldt, durante su famoso viaje por Sudamérica. Humboldt las llamó Ceroxylon Alpinum, porque raspando el tronco se obtiene algo parecido a la cera y porque los montes de alrededor le recordaron los Alpes. Su nombre popular es Palma de Cera y es el árbol nacional de Colombia desde 1985.
De madrugada nos despertó el eco de unos disparos de fusil, aunque tal vez sólo fuera el crujir de las viejas paredes de madera, unido a nuestra imaginación.
Avanzamos entre las palmas y el ganado para internarnos en el bosque de niebla, cruzando el río por los siete puentes tendidos por la Fundación Herencia Verde, que tutela la reserva biológica del Cocora. El camino se inclinaba más y más, pasando junto a antiguas tumbas quimbayas y flores en las que libaban los colibríes ante la mirada de los tucanes. La altura se hacía notar, pero queríamos llegar a la Estrella de Agua, una estación biológica para el estudio de la fauna y flora andina. Los científicos que allí trabajan nos informaron que sólo nos faltaba una hora hasta el Páramo Romeral, a 3.500 metros, mirador privilegiado del Tolima, pero nos aconsejaron que estuviéramos atentos. En efecto, cuando sacábamos fotografías del volcán, apareció un nutrido grupo de hombres vestidos de camuflaje. El ejército regular sólo se distingue de los paramilitares por la calidad del calzado. Nos habíamos topado con estos últimos. Por suerte, no andaban en busca de problemas, sino de cigarrillos.
De regreso a Bogotá, leímos en la prensa que aquella semana habían caído 4 guerrilleros de las FARC en la Operación Cocora.




