En el Valle del Cocora

Por: Josep M. Palau (Texto y fotos)
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Para unos, Colombia es aquel país de América latina donde abundan la cocaína, las guerrillas y las esmeraldas, o sea, un lugar inseguro donde la vida no vale nada. Para otros, se trata del escenario de las novelas de García Márquez, tierra del realismo mágico donde nunca pondrán el pie por culpa de la citada abundancia de cocaína, guerrillas y esmeraldas. Sin embargo, yo me había dejado convencer por Marta, una amiga que llevaba años trabajando en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Bogotá y que me había jurado que “existe otra Colombia que no sale en los periódicos”.

Tras una breve estancia en la capital, nos dirigimos hacia el noroeste del país para visitar el Parque de los Nevados, una serie de volcanes espectaculares cubiertos de nieves perpetuas, como el infausto Nevado del Ruiz, que arrasó la población de Armero en 1985. Pero nuestro destino se encontraba algo más al sur, en el Valle de Cocora, donde crecen palmeras gigantes a 3.000 metros de altura. La idea era atravesar aquel bosque surrealista, único en el mundo, remontando el curso del río Quindío hasta llegar a las faldas del volcán Tolima. Claro que no había transporte público hasta Salento, la población más cercana, de modo que nos pasamos cinco horas tirados en un cruce de la carretera que va a Armenia, en pleno Eje Cafetero. Al final alguien nos recogió haciendo autostop, algo que se desaconseja a los extranjeros tanto como lo practican los locales. La verdad es que lo más peligroso de la sinuosa pista fue el conductor, que se volvía constantemente para charlar con los que íbamos en del asiento de atrás.

La idea era atravesar aquel bosque surrealista, único en el mundo, remontando el curso del río Quindío hasta llegar a las faldas del volcán Tolima

En Salento, un pueblecito encantador de estilo colonial, tuvimos que esperar la aparición de un Willis, uno de esos 4×4 clásicos que hacen las veces de taxis por los senderos sin asfaltar de la región. Mientras, almorzamos trucha asalmonada con patacones de plátano, el menú inevitable del Quindio. De hecho, la entrada al valle del Cocora se encuentra junto a una piscifactoría. A media hora de las misma, encontramos una finca donde pasar la noche. Mientras tomábamos una cena frugal de chocolate caliente con queso, pregunté a la cocinera si la zona era segura. “Por aquí está sano ahora, pero en el Tolima es otro cuento” respondió. Nos fuimos a dormir con un frío intenso y con la sensación de estarnos metiendo en un lío. De madrugada nos despertó el eco de unos disparos de fusil, aunque tal vez sólo fuera el crujir de las viejas paredes de madera, unido a nuestra imaginación.

Por la mañana, la visión desde el porche era espectacular; decenas de palmeras de hasta 60 metros perforaban los bancos de niebla que se arrastraban sobre las colinas, componiendo un paisaje prehistórico. Algunas vacas incongruentes pastaban a los pies de las palmas, descubiertas en 1801 por el biólogo y naturalista alemán, Alexander von Humboldt, durante su famoso viaje por Sudamérica. Humboldt las llamó Ceroxylon Alpinum, porque raspando el tronco se obtiene algo parecido a la cera y porque los montes de alrededor le recordaron los Alpes. Su nombre popular es Palma de Cera y es el árbol nacional de Colombia desde 1985.

De madrugada nos despertó el eco de unos disparos de fusil, aunque tal vez sólo fuera el crujir de las viejas paredes de madera, unido a nuestra imaginación.

Avanzamos entre las palmas y el ganado para internarnos en el bosque de niebla, cruzando el río por los siete puentes tendidos por la Fundación Herencia Verde, que tutela la reserva biológica del Cocora. El camino se inclinaba más y más, pasando junto a antiguas tumbas quimbayas y flores en las que libaban los colibríes ante la mirada de los tucanes. La altura se hacía notar, pero queríamos llegar a la Estrella de Agua, una estación biológica para el estudio de la fauna y flora andina. Los científicos que allí trabajan nos informaron que sólo nos faltaba una hora hasta el Páramo Romeral, a 3.500 metros, mirador privilegiado del Tolima, pero nos aconsejaron que estuviéramos atentos. En efecto, cuando sacábamos fotografías del volcán, apareció un nutrido grupo de hombres vestidos de camuflaje. El ejército regular sólo se distingue de los paramilitares por la calidad del calzado. Nos habíamos topado con estos últimos. Por suerte, no andaban en busca de problemas, sino de cigarrillos.

De regreso a Bogotá, leímos en la prensa que aquella semana habían caído 4 guerrilleros de las FARC en la Operación Cocora.

 

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Comentarios (9)

  • Daniel Landa

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    Bienvenido, Josep, a este encuentro de viajeros que llamamos VaP. Con artículos como éste estamos seguros que tu sección será todo un éxito. Esperamos con ganas el resto de tus historias!

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  • Jalil

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    Muy buena la historia. Efectivamente, Colombia es algo más que sus tópicos. Tiene incluso un desierto bellísimo

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  • Adalberto Macondo

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    Sería bueno que se colocará en qué año fue escrito el artículo. El valle ha sido una de las zonas más tranquilas de la región, además hay un dejo de lugar aislado que no corresponde con el sitio, es uno de los lugares más turísticos de Colombia y bastante accesible.

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  • Josep M. Palau

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    Hola Adalberto. Gracias por tu comentario. Efectivamente, Colombia ha dado un giro importante en todos los sentidos los ñultimos años. La historia hace referencia a una viaje realizado no hace más de 2 – 3 años, y si bien es cierto que la entrada del Valle del Cocora es un destino popular para el público interior, no los es tanto para el extranjero que recorre el país, y aún menos si se decide trepar hacia el Tolima.
    En todo caso, ¡espero que nos veamos a menudo por aquí!

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  • Lydia

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    Gracias por contarnos esta historia. He aprendido cosas que desconocía de Colombia. Ha sido una grata sorpresa.

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  • Marta D.

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    Gracias Josep, por traernos estas preciosas imágenes… aunque lo cierto es que ninguna foto es capaz de hacer justicia al encanto mágico de este rincón de Colombia. Los momentos en los que las nubes descienden sobre las palmas, como a cámara lenta, la forma en la que la luz del sol se filtra y la alfombra verde intensa de las montañas parece brillar, los arroyos ocultos, las ensenadas…
    Por motivos de trabajo, viví 2 años en Manizales, al pie del parque de los Nevados. Tuve oportunidad de descubrir la autenticidad de Colombia y sus asombrosos contrastes. Pisar la cumbre del Nevado del Ruiz y contemplar el sorprendente paisaje extendido a sus pies, recorrer el eje cafetero, conversar con su gente, acogedora, trabajadora, siempre pícara y alegre. Descubrir la amazonía y sus delfines rosados, la Guajira, la sierra de Santa Marta y tantos otros lugares. Colombia es fascinante!! Desde que volví a España, sueño con volver… y sin duda lo haré.

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  • Adalberto Macondo

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    Gracias por la aclaración Josep. Sin duda, dos a tres años han sido suficientes para que Salento pase de ser un pueblito en la montaña a un centro turístico en desarrollo. Que bueno que te aventuraste por el nevado del Tolima, ese sí un camino muy poco recorrido.
    Esperaré tus interesantes artículos.
    Saludos.

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  • Josep M. Palau

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    Toda la razón, Marta D. Aquí lo que destaca es la magia del paisaje. Por otro lado, tal y como apunta Adalberto, es genial que lugares como Colombia se vayan abriendo al turismo (siempre y cuando se haga con conciencia y sin masificación).
    Un saludo.

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  • Josito

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    ¿Como cambian las cosas Josep?. Mis datos del lugar son un tanto diferentes. Yo he estado el otoño pasado y para llegar a Salento desde Armenia salen buses cada poco, lo mismo que de Pereira. La infraestructura hotelera es completa, o casi, y hay un ambiente del carajo los festivos. Multitud de agencias te llevan al valle, pero efectivamente, Salento aún mantiene ese espíritu de pueblito y como en toda Colombia si hay algo que destacar son sus gentes, amables, acogedoras y siempre dispuestas a echarte una mano, aunque como en el resto del mundo puedas encontrar algún problema. Yo llegué “un poquito” mas arriba que tú, de hecho me pasé tres dias por allá, aunque no pude llegar a la cumbre del Tolima porque el tiempo no nos dejó. Los paisajes de los valles superiores son absolutamente espectaculares con esa vegetación de páramo que te deja extasiado entre las nieblas matinales. Un lugar para soñar despierto.

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