Ruta 66 (II): por tierras de la “gente roja”

Por: Diego Cobo (texto y fotos)
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El asfalto hierve a mediodía. Los primeros rayos de sol son absorbidos por el suelo; pasado un tiempo ya no da abasto y la carretera abrasa. Jalonando los bordes, bulle la fe. Las iglesias católicas y baptistas aparecen constantemente, anunciadas grandiosamente por cruces de bombillas y neones que hacen parpadear frases como “Jesús es la respuesta”. La masiva llamada a la fe no es de extrañar en un país profundamente religioso en el que Dios sale hasta en los dólares.

Pero lo de este viaje es otro tipo de fe. Es la esperanza a la que canta Bruce Springsteen, a la redención; a esas ansias que echaron raíces en Oklahoma, el estado siguiente a Misuri después de apenas pisar durante unos minutos Kansas. Quizá aquí esté el núcleo de muchos significados de la ruta, y no solo porque aquel visionario de Avery pronto echara raíces en este lugar o por ser el hogar de Will Rogers, polifacético hombre de la época por cuyo nombre fue conocida la carretera en sus orígenes. De este estado huyeron miles de personas durante la Gran Depresión. Los aparceros de Oklahoma, arrancados de sus tierras por las sequías de los años treinta y por los bancos, se echaron a la carretera hacia California, la tierra prometida. Aunque en realidad quizá fueron los indios los primeros en ser arrancados de sus tierras. De hecho, Oklahoma hunde sus raíces en okla humma, “gente roja”. Territorio indio por excelencia, existen 25 lenguas indígenas aunque los indios se hayan quedado reducidos a reservas y lo más visible sea algo amoldado al turismo, como tiendas de productos de la tierra

A esta mitología legendaria incrustada en el imaginario colectivo se unen los nubarrones color petróleo, los tornados y los refugios, la ya América profunda

Cada una de las millas en este estado se funde con un pasado que explica ciertas pasiones. No se puede entender la leyenda sin los héroes que hicieron posible glorificar la nacional 66, el camino envuelto en esperanza. John Steinbeck dio voz a los desamparados, Dorothea Lange los puso cara con sus fotografías y Woody Guthrie los acompañó con sus canciones y su gorra calada. A las penurias económicas se le sumó una temporada de sequía que arruinó el campo, las conocidas tormentas de polvo. Además, los progresos y la maquinaria moderna sustituyeron a la mano obrera. Los bancos se hicieron con las extensiones de tierra y llegó el fin. Tom Joad, el protagonista de Las uvas de la ira, la novela de Steinbeck que narra el mundo de los emigrantes desamparados y cuyo antecedente está en una serie de reportajes que escribió para The San Francisco News, es un héroe de un tiempo descarnado en que familias enteras huían en sus desvencijados vehículos. Muchos Tom Joad luchaban por la dignidad y miles de campesinos acampaban en las carreteras y en los campamentos del gobierno, los hoovervilles, rumbo al oeste, con la esperanza de encontrar un empleo recogiendo fruta. O como fuera.
A esta mitología legendaria incrustada en el imaginario colectivo se unen los nubarrones color petróleo, los tornados y los refugios, la ya América profunda de molinos de viento y diners, de historias y de gente amable. Woody Guthrie, en sus memorias “Rumbo a la gloria”, describe su pueblo natal como un territorio en el que las peleas eran habituales. Incluso él se veía envuelto, sin quererlo ni merecerlo, en continuas luchas. Nada de eso parece que se materialice en una población cuya amabilidad se derrama en cada conversación. La hospitalidad desborda las previsiones.

Los pueblos fantasmas de Texas

Y así, mientras el precio de la gasolina va bajando, entramos en la inmensa Texas donde la ruta original queda desvirtuada por atracciones turísticas que nada tienen que ver con ciertos tramos originales que sí se pueden tomar, (prueba de ello es el inmenso restaurante The Big Texan, donde se pugna por comer una chuleta de 72 onzas para no pagarla) aunque pronto hay que abandonarlos. ¿O es la carretera la que nos abandona y se corta repentinamente, obligándonos a cruzar por donde sea hasta incorporarnos a la autopista? Aun así conviene atravesar pueblos fantasma donde reina la duda. O acercarse a curiosear a un rancho. Por puro azar nosotros desembocamos en uno. La vieja carretera, a la que nosotros fuimos fieles mucho más allá de lo recomendable, estaba repleta de agujeros y baches. Eso cuando el tiempo no había engullido el asfalto y tan solo quedaba tierra. A veces el camino no conduce a ningún lugar, atraviesa antiguas poblaciones que hoy no mantienen más que dos casas desvencijadas en pie y sin habitar en un territorio de clima enemigo.

Seguimos por la carretera hasta que pasamos a un camino de piedra y tierra. A lo lejos, la autopista interestatal. Durante una docena de kilómetros avanzamos por el sendero hasta que divisamos el rancho de la familia Smith. Acudí en busca de alguien entre el murmullo de los animales y los amplios graneros hasta que me encontré con un empleado. Después de mantener una agradable conversación, Toc nos invitó a subir a casa de los dueños a tomar una cerveza.

El día era claro y la generosidad del hombre con sombrero era asombrosa. Después de enseñarnos los salones y habitaciones de la casa, salimos a una terraza que daba a los dominios de la familia. A lo lejos se veían cientos de vacas dispersadas. Le preguntamos por los límites de la propiedad. “¿Veis aquellas colinas?”, nos dice. “Hasta ahí”.

Texas son ranchos y millones de cabezas de ganado, caravanas como autobuses que surcan las carreteras hacia las costas, camionetas de ocho cilindros y demás exageraciones que hacen de lo inmenso la norma, no la excepción.

Más información: www.alestedeleden.blogspot.com

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Comentarios (4)

  • Gonzalo Castro

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    Muy buena la foto. Un rancho de Cadillac es algo que no había visto, parecen plantados

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  • Polenta

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    Genial. Tomo nota. Me encantó la historia de la chuleta de 72 onzas. Donde hay algo bonito o interesante hay turismo y donde hay turismo hay ciertos peajes. El truco es sortearlos, ¿no?

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  • Manu

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    Como motero es un placer leer este reportaje. ¡Que buena historia y que envidia!

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  • Elsa

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    ¡Un gran viaje y un gran periodista para relatarlo! 🙂

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