Traficantes de joyas en el Taj Mahal

Por: Enrique Vaquerizo (texto y fotos)
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Cruzo  la Gran Vía y me asomo a Malasaña, la oficina de Correos sigue ahí,  impasible y burlona. Saludo al empleado que ya es casi de la familia, le doy el número de buzón. ¿Algún paquete para mí? La misma comprobación rutinaria, la misma mirada hastiada. ¡No, hoy tampoco hay nada para usted!

En los viajes como en la vida, tendemos a recordar sólo lo bueno. El filtro de la memoria selectiva esparce como un ventilador calores tórridos, mosquitos, compañeros insufribles,  y ratos muertos en los aeropuertos, construyendo al final una instantánea dorada empaquetada de nuestros viajes. Reluciente y  lista para presentar a tus amigos.  En este catálogo de pesadilla para el viajero, no pueden faltar los timos. Ocupan un lugar privilegiado, a pocos nos gusta reconocerlo pero muchos hemos sufrido sus consecuencias en mayor o menos medida. Teléfonos móviles falsos, carteras que desaparecen, excursiones misteriosas que nunca llegan a producirse… Puedes desconfiar, acorazarte, caminar con las orejeras de un burro ignorando las múltiples proposiciones que te asaltan en cada viaje, pero al final nada te asegura por completo escapar a los efectos del timo. En ocasiones es hasta aconsejable si quieres viajar con la libertad intacta y el corazón repleto que te vacíen un poco los bolsillos.

Aún hoy se me erizan el corazón y la vergüenza con el recuerdo, mezcla de la incredulidad  del pardillo engañado  y de la  admiración por mis timadores

A mi me han timado  varias veces, la mayoría de escasa cuantía, apenas unos pocos euros. Sin embargo hubo uno de ellos diferente, especial, aún hoy se me erizan el corazón y la vergüenza con el recuerdo, mezcla de la incredulidad  del pardillo engañado  y de la  admiración por mis timadores.

Situación: dos jóvenes mochileros se sacuden los últimos hilos del sueño y se bajan de un rick-shaw en los alrededores del Taj Mahal una mañana de septiembre tras  mes y medio de viaje alrededor de la India y Nepal. Se disponen  a disfrutar del plato fuerte del viaje antes de volver a España. Atrás quedan semanas intensas enredados en  ese influjo surrealista que sólo la India produce. Después de recorrer ese país enloquecido, bañarte junto a cadáveres en el Gánges, o esperar una hora con una arteria principal cortada de Nueva Dheli a que una vaca se levante, uno llega a creer firmemente que en este país todo es posible. Si un unicornio llegase y se sentase  a tu mesa a compartir una ración de Pollo al Tandoori, uno se limitaría a mirarlo con educada indiferencia para pedirle que te pasase la sal.

La cúpula color nácar resplandeciente del Taj se muestra  sugerente entre los tejados rojizos de Agra. Antes de visitarla nos acercamos a un despacho de billetes para asegurarnos el tren de vuelta a Nueva Dheli para la tarde, mañana los dos mochileros salen para España. Tras el mostrador un tipo ataviado de forma occidental nos atiende, aparenta unos treinta y cinco años camuflados tras una melena lacia y un fino bigotito. Habla un inglés más que fluido para la India, sus maneras son bastante desenvueltas, casi europeas,  Frederick se presenta. Nos vende los billetes rápido, con desgana, casi como un trámite. Nos habla de Madrid como si fuese un simple barrio de Agra. Chueca, Malasaña, Chamberí … Parece conocerlo todo, nada se le escapa. Normalmente vive en Londres  y viaja mucho por Europa dice, está de visita en Agra viendo a su hermano. ¿Tenemos tiempo? El Taj Mahal  no se va  a mover, quiere enseñarnos algo.

¿A los dos jóvenes no les interesará ganar  algo de dinero tal vez? Claro que sí, a los dos jóvenes les interesa, están pelados, tras un mes de viaje

En un suspiro estamos dando tumbos en un Tuk-tuk por las calles de Agra, hasta desembocar en una joyería que parece de lujo. Frederick hace un signo a las dependientes y nos lleva a la trastienda donde está su despacho, a sus anchas se apoltrona en el sillón, enciende un cigarrillo y nos lanza una mirada confidencial. Baja la voz ¿A los dos jóvenes no les interesará ganar  algo de dinero tal vez? Claro que sí, a los dos jóvenes les interesa, están pelados, tras un mes de viaje ¿Los dos jóvenes saben algo de joyas? Los dos jóvenes saben poco sobre esa materia, de hecho está bastante lejos de sus campos de interés, pero les agradan el establecimiento con aire acondicionado y las jóvenes hindúes que atienden la joyería y que les lanzan miraditas sonrientes de vez  en cuando.

Bien pues los dos jóvenes deben saber que Frederick es representante de joyas y que se dedica a comerciar con ellas por  tiendas de toda Europa; Londres, París, Amsterdam, Madrid… Aquí Frederick hace una pausa en el  relato de su “dolce vita” en el viejo continente,para dar énfasis a ese lugar y abrirles las entendederas. Sin embargo, el malvado gobierno hindú cobra unos impuestos del 150% por la exportación de joyas, eso lastra los negocios del buen Frederik que menos mal que él es un hombre emprendedor y avispado, un autentico “self made man”  y obviamente ha encontrado  la solución.

¿Queremos oírla?, ¿Si?, ¿No?, Da igual va a contárnosla de todas formas. Suele establecer contratos de compra de joyas a jóvenes viajeros como nosotros , y se las envía por correo. Las tasas de esa forma son ridículas, menores que si las saca del país él mismo para exportación. ¿Qué nos parece? Hace una pausa y sonríe satisfecho de su astucia. El trabaja así, si queremos echarle una mano podría hacernos un contrato de venta y enviarnos las joyas a un departamento de correos de Malasaña,  él acudirá a Madrid  y recogerá el paquete con nosotros, así se evita los impuestos. A cambio nos puede dar una comisión de por ejemplo … ¿3000 euros estaría bien?

A cambio nos puede dar una comisión de por ejemplo … ¿3000 euros estaría bien?

En ese momento los dos jóvenes mochileros olvidan el aire acondicionado, las miraditas repletas  de kohl y el  mismísimo Taj Mahal. Hasta el momento habían seguido el discurso con aburrida placidez ¡3.000 euros!, recuperar la inversión del viaje, ganarle dinero y encima poder contarlo! Es el turno de acosar al buen Frederick con  mil preguntas. Él ahora calla, se arrellana en su asiento complacido. Por supuesto los dos jóvenes no son los primeros en disfrutar de ese ventajoso trato comercial. Agita un grueso puñado de papeles a modo de trofeo. Son pasaportes fotocopiados: australianos, franceses, italianos que ya han trabajado con él. Orgullosos nos los enseña como una colección de sellos, casi derrama una lágrima por sus pequeños y entrañables socios repartidos por el mundo.

Por supuesto los dos jóvenes señores tan sólo deben implicarse de una manera, compartir los gastos de envío, 150 euros cada uno como señal de buena voluntad y firmar un papel en el que den su permiso para no abrir el paquete hasta ir acompañados por él mismo en Madrid. En este momento la foto pasaporte de un joven japonés que me mira con aspecto desamparado, hace saltar mis alarmas. El buen Frederick no estará intentando jugárnosla ¿Verdad? Indignado retira de la mesa a todo su holding mochilero  y nos invita a irnos, bufa como un demonio.  ¿Por quién hemos tomado a Frederick? Él es una persona seria, de plena honradez, religiosa… Aquí hace una pausa para besar teatralmente a un buda de cerámica panzudo que tiene junto a su mesa. ¡Podemos irnos! Señala altivo. No le hacemos falta, y por supuesto no nos necesita, no está interesado en hacer negocios con dos botarates que no demuestran la mínima inteligencia para aprovechar una oportunidad cuando la tienen delante de sus narices.

Aquí hace una pausa para besar teatralmente a un buda de cerámica panzudo que tiene junto a su mesa. ¡Podemos irnos! Señala altivo

Los mochileros se miran: 150 contra 3000 euros. La posibilidad es tentadora, en el fondo…¿Por qué no? Una muesca más que añadir al revolver de la aventura si sale bien. ¡Hecho! La hora siguiente transcurre como un vendaval en el que sólo el sonriente buda de la mesilla parece conservar un poco la cordura. Frederick se pone en marcha, a un chasquido de dedos salen sus empleados de una cámara de la joyería, llevan pequeños paquetes, aguamarinas  y topacios brillan ante nuestros ojos. A esa hora ya hemos perdido el oremus, como autómatas firmamos un contrato de compra por valor de 10000 euros, empaquetamos las joyas destino a una estación de correo de la Calle Madera de Madrid, vamos a un cajero, sacamos dinero para compartir los gastos de envío, y en una oficina de MRW nos enviamos el botín a nosotros mismos.

Frederick mientras hace planes como si no hubiese un mañana: nos encontramos en un mes en Madrid, él pasará por allí camino de Londres, recogerá los diamantes y nos dará la comisión. ¿A qué discoteca de Madrid pensamos llevarlo?, ¿Las chicas españolas son  guapas?, Al menos deberíamos invitarlo a cenar a cambio de la pasta que nos ha hecho ganar ¡Claro que sí, y al casino de Torrelodones si hace falta!

¿A qué discoteca de Madrid pensamos llevarlo?, ¿Las chicas españolas son  guapas?, Al menos deberíamos invitarlo a cenar

Una hora después nos planta dos sonoros besos y nos deja en la puerta del Thaj Majal, los dos jóvenes mochileros contemplan esa maravilla casi con indiferencia, en sus ojos sólo hay espacio para el fulgor de las aguamarinas, y hacen planes, muchos planes. No hay tiempo que perder, ¿Que harán con la pasta? Podrían dejar sus carreras universitarias y dedicarse al tráfico  internacional de joyas, lucrativo negocio y fácil, ¡muy fácil! Y hay que contarlo por supuesto, ¡Contarlo! Los dos mochileros  acostados sobre su tesoro imaginario, bucean en él como el Tío Gilito, escupen monedas y coronados con un pedrusco tan grande como su orgullo regresan triunfantes a España. El Taj Mahal parece contemplar absorto e impasible sus delirios.

Horas más tarde, en el tren de Agra a Dheli, una sombra de duda los atraviesa como un cuchillo, se miran por un instante… ¡Nooooooo, imposible! Respiran aliviados, se avergüenzan de ser  tan desconfiados en este bendito país lleno de oportunidades y se toman el último chai a la salud de Shiva.

Un mes y medio después cruzo  Gran Vía y me asomo a Malasaña, la oficina de Correos sigue ahí, impasible y burlona. Saludo al empleado que ya comienza a parecerme de la familia,  le doy el número de buzón. ¿Algún paquete para mí? La misma comprobación rutinaria, la misma mirada hastiada. ¡No, hoy tampoco hay nada para usted! Cierro los puños, castañeo los dientes, en mi agenda aún reposa el número de nuestro socio en su obstinado mutismo. ¡Frederick, algún día volveré a la India a ver el Taj Mahal y te aseguro no habrá un rincón de Agra en el que tu Buda y tú podáis esconderos! Palabra de un traficante de joyas.

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Comentarios (5)

  • Carlos L

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    Enrique, interesante artículo que me ha hecho sonreir. Es cierto, los timos son consustanciales a los viajes y forman parte de ellos. Además, nos sirven para aprender. Yo también he sufrido en mis propias carnes unos pocos y no merece la pena disgustarse demasiado.
    Un abrazo

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  • Noeli

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    Qué historia!!
    Yo me voy apuntando todas estas cosas para ir por el mundo con algo de sesera jajaja.

    Le voy a enviar tu artículo a una persona que estuvo mucho tiempo en la India y que seguro esta historia, le hará sonreir, como acabo de hacerlo yo al leerlo.
    De hecho, me ha hecho recordad una suya la mar de buena que debería algún día de animarse a relatar.

    Un saludo

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  • Enrique Vaquerizo

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    Carlos, de acuerdo en que estas cosas hay que tomárselas con filosofía, en todo momento éramos conscientes que nos la podían jugar, pero la India es un país en el que todo es posible, nos merecía la pena intentarlo, al menos nos quedó una anécdota divertida que recordar muchos años después.

    Noeli, sí toma ejemplo para que no te pase lo mismo jjejej, de todas formas yo creo , al final en algunos países es muy difícil evitar el timosi te mezclas y quieres tener contacto con la población. ¡Me has dejado con la curiosidad de tu amigo, a ver si se anima un día a contarlo!

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  • eduardo implicado

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    jejeje,eso esta muy bien,veo q tu temprana gran aficion por la lectura y la carrera de periodismo han dado sus frutos,tus padres deben estar orgullosos…jejjejej,pero te ekivocas en algunos datos,puede q el tiempo borrara tu memoria,o la mia,pq creo recordar q nos timaron trescientos y pico a cada uno,lo recuerdo pq tuve q trabajar 6 dias para pagarte mi parte..ademas no era un buda lo q el gran friedrick beso,sino un ganesha,ya sabes el dios elefante,ese mismo al q le pusimos un pie encima y por pocco nos mata por la falta de respeto…jajjaja.por lo demas todo mu bien jjeje,solo q por utilizar mi imagen tendras q invitarme a una birra,o un porro,o una charla,jejeje,bueno mamonazo,nos vemos por aki o por alli,no se cuando,dime q haces en verano,yo aun no muy claro ,pero creo q tirare a ibiza y despeus francia a la vendimia….en cualkier caso un abrazote y si paso por madrid te digo….un beso!

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  • Enrique Vaquerizo

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    Edu, que va fueron 150 seguro, sino habría que ir haber pensado en volver a buscar a nuestro amigo en el primer vuelo a Agra.

    Lo de Ganesha si que es verdad y no recordaba la anécdota del pie…. En fín vaya viaje y vaya historias.

    Un abrazo

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