Una reencarnación tampoco llega a fin de mes

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Allí arriba, a casi 4.800 metros de altitud, el aire entra en los pulmones como si te inyectaran oxígeno líquido: frío, rotundo, pletórico. A nuestros pies, 300 metros más abajo, se extienden las bellísimas aguas turquesa del lago Yamdrok, el mismo que el militar británico Francis Younghusband definió como “uno de los lagos más hermosos que he visto” en su viaje al Tíbet de 1904.

Junto a los tradicionales banderines de oración que coronan cualquier puerto de montaña que se precie, un grupo de campesinos ofrece sus yaks enjaezados por cinco yuanes para una foto turística. Se respira paz, como si tu alma se expandiera entre las montañas confundiéndose con la nieve, al agua y el viento.
La carretera, salpicada de socavones y cuadrillas de obreros adolescentes, bordea el lago turquesa dejando atrás pequeñas aldeas de piedra vigiladas por un tendido eléctrico. En una ladera se puede leer el omnipresente mantra “om mani padme hum”. Hace rato que ha dejado de llover. A diez kilómetros (dos horas de caminata) al este de Nangartse, el principal pueblo a orillas del lago, se encuentra el monasterio de Samding, salvado en 1716 de la destrucción a manos de las tropas mongolas por Dorje Pagmo, la única reencarnación femenina del Tíbet, que se transformó en cerdo para ahuyentar a los invasores musulmanes. En VaP publicamos la historia en un reportaje sobre el lago Yamdrok. (https://www.viajesalpasado.com/lago-yamdrok-el-monasterio-budista-que-salvo-la-mujer-cerdo/).

Era una muchacha poco llamativa, que vestía siempre especialmente bien y se preparaba en Lhasa para su vida de monja. Por ser una reencarnación, era la mujer más sagrada del Tíbet, y allí donde hiciera su aparición, la gente suplicaba ser bendecida.

 Pero entonces no expliqué qué fue de las sucesivas reencarnaciones de esta “cerda del cetro de diamantes” (que eso quiere decir en tibetano Dorje Pagmo). Heinrich Harrer, autor de “Siete años en el Tíbet”, conoció en los años 40 del pasado siglo a esta célebre lama reencarnada en Lhasa, donde vivía. “Entonces tendría unos 16 años -recuerda- y era una muchacha poco llamativa, que vestía siempre especialmente bien y se preparaba en Lhasa para su vida de monja. Por ser una reencarnación, era la mujer más sagrada del Tíbet, y allí donde hiciera su aparición, la gente suplicaba ser bendecida”.

Y es que Dorje Pagmo se ha ido reencarnando sucesivamente, desde su famosa trasmutación porcina, en una niña de corta edad. La historia de la reencarnación que conoció Harrer no tiene desperdicio. Él mismo la cuenta en el libro que escribió tras regresar al país de las nieves 30 años después, en 1982 (“Reencuentro con el Tíbet”). Tras la invasión china, la venerada lama se trasladó a la India en 1959 confundida entre los miles de fugitivos que veían cómo su mundo ancestral se desmoronaba. Pero, según el autor austríaco, “no tardó en regresar y se unió a los chinos”. Paradójico estigma en el currículum de la reencarnación de una mujer que ha pasado a la historia del budismo tibetano, precisamente, por plantar cara al invasor. Quizá las voces del pasado retumbaran en su conciencia, pero lo cierto es que -añade Harrer- “con sus fuerzas espirituales” logró impedir de nuevo la destrucción del monasterio, esta vez a manos chinas. A lo mejor consciente de que los cerdos difícilmente iban a ahuyentar a los soldados chinos, optó por una entente cordial con sus nuevos vecinos para lograr el mismo objetivo: salvar a Samding de la quema.

Pese a las estrictas leyes religiosas, la reencarnación de Dorche Pagmo se casó, “se divorció, tuvo un hijo y se permitía llevar una existencia bien alegre”. Para Harrer, su éxito entre el género masculino era también sobrenatural. “Dado que no es muy bonita, como reencarnación tuvo que poseer ciertas fuerzas secretas -escribe- para atraer a tantos hombres. Al menos, eso se dice de ella”. Sea como fuere, su docilidad con Pekín (interesada o no) fue manifiesta. “Hoy día cobra un sueldo del Estado”, concluye Harrer con un laconismo que es toda una moraleja del popular adagio “si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Hasta para una reencarnación resulta complicado llegar a fin de mes.

Las sonrisas se borran y nos subimos al coche rodeados por la comitiva, ahora convertida en una jauría. Una de las mujeres nos insulta y una niña nos escupe mientras continuamos nuestro camino. Es la tiranía de la miseria a 5.000 metros de altura.

El lago Yamdrok queda atrás. Ascendemos ahora el Karo-la, donde superamos por primera vez los 5.000 metros de altura flanqueados por picos nevados de más de 6.000. Un agudo pinchazo aguijonea el pecho mientras el todoterreno asciende por la carretera, como si el organismo pidiese una pequeña tregua antes de seguir subiendo. Paramos un poco más abajo de la cima del puerto, a los pies del imponente glaciar de Nojin-Kangtsang, donde un grupo de campesinas tibetanas y sus correspondientes niños mendigan un puñado de yuanes. Mientras saco una foto a Belén con el glaciar a sus espaldas, la rodean con una sonrisa hospitalaria asumiendo espontáneamente el papel de figurantes. Luego alargan la mano. Sólo tengo diez yuanes. Me piden cinco más, pero no tengo cambio. Las sonrisas se borran y nos subimos al coche rodeados por la comitiva, ahora convertida en una jauría. Una de las mujeres nos insulta y una niña nos escupe mientras continuamos nuestro camino. Es la tiranía de la miseria a 5.000 metros de altura.

La belleza de la meseta tibetana pronto disuelve el regusto amargo. Son paisajes de campos de cebada, tractores solitarios, campesinos en bicicleta, manadas de caballos y vigorosos torrentes que bajan de las montañas. Esa cebada es indispensable para los tibetanos del altiplano: de ahí obtienen el tsampa, el plato nacional del Tíbet (harina de cebada tostada mezclada con mantequilla y sal) y el chang (la cerveza tibetana). Probamos algunas semillas mientras remontamos el Tumbayangchu, afluente del Tsangpo. Hace un calor del demonio. Nunca me he sentido tan cerca del sol.

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Comentarios (5)

  • adrian

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    Pues es un consuelo..

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  • Tote

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    Me gustaria conocer el Tibet, pero siempre me ha parecido un viaje complicado. ¿Es dificil moverse por alli?

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  • ricardo

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    Lo mas caro es moverse en todoterreno (gasolina y un conductor). Siempre queda la opcion de ponerse al volante, aunque las carreteras no son sencillas y es habitual que haya que vadear rios (quiero decir, hay que estar acostumbrado a conducir un 4×4). La comida y los alojamientos son muy baratos, pero hay que estar preparado para cualquier cosa (inodoros prehistoricos, agua fria, camas espartanas, ventanas rotas…). Pero cualquier inconveniente lo compensa sobradamente el privilegio de estar rodeado de tanta belleza. Le recomiendo que se ponga manos a la obra sin pensar en los inconvenientes, que en todo caso no son insalvables. ¡Mucha suerte!

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  • I need money

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    Me alegra que mi novia me haya recomendado esta pagina. Esta bastante buena. No se equivoco! que sigas bien!

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