A cruzar el Himalaya con un conductor novato

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Mientras abandonamos Lhasa, manosea cada uno de los botones del cuadro de mando para cerciorarse de para qué sirven. Circula a 50 km/h, sus frenazos bruscos son constantes y toma todas las curvas invadiendo el carril contrario, haya o no visibilidad. Es el conductor del todoterreno que nos debe llevar hasta Katmandú, 1.100 km al otro lado de los Himalayas. Voy a viajar por una de las carreteras más peligrosa de la tierra con un conductor en prácticas. Estoy entusiasmado.

Es noche cerrada en Lhasa la madrugada del día que abandonamos la capital del Tíbet. Diluvia sobre las calles vacías como si el cielo tuviese cuentas pendientes que saldar. Hay un todoterreno orillado en la calzada y un hombre empapado corriendo por la avenida encharcada. Me he dejado en la recepción del hotel Yak las dos botellas de oxígeno para nuestro viaje a las alturas y el descuido me obliga a improvisar los 200 metros lisos bajo la lluvia.

El Toyota es viejo, seguramente de tercera o cuarta mano. El cuentakilómetros marca unos inquietantes 365.900 kilómetros. Inevitable detenerse unos segundos observando al conductor. Frisará los 50 y viste un traje gris marengo, con chaleco y todo, que remata con unos zapatos chinos de polipiel. A su lado, con nuestros pantalones impermeables, anoraks thinsulate y botas de montaña, parecemos unos exploradores polares. Le bautizamos inmediatamente como Macario, el inolvidable muñeco del ventrílocuo José Luis Moreno.

Nos han advertido de que durante la ruta por esta “Friendship Highway” los desprendimientos son habituales y que, al encontrarnos todavía en la época del monzón, los desbordamientos nos podrían obligar a cruzar a pie, monte a través, la frontera en Kodari

Macario al menos ha dado con el botón del limpiaparabrisas, que libra ahora una batalla con el chaparrón por despejar de agua el cristal delantero. El Potala, envuelto en la neblina, difuminado por la lluvia, acrecienta aún más su aspecto fantasmagórico. Nuestro intrépido conductor toma las curvas sujetando el volante con ambas manos por su parte inferior. Un sudor frío me recorre el espinazo mientras comenzamos a subir los primeros puertos. Sólo de pensar que durante los próximos ocho días vamos a estar en sus manos me dan ganas de llegarme andando a Katmandú. Nos han advertido de que durante la ruta por esta “Friendship Highway” (carretera de la amistad china-nepalí) los desprendimientos son habituales y que, al encontrarnos todavía en la época del monzón, los desbordamientos nos podrían obligar a cruzar a pie, monte a través, la frontera en Kodari. Con semejantes presagios, me tranquiliza comprobar que al menos han anudado una kata tibetana al retrovisor, que espero sea tan eficaz como nuestra Santa Rita.

Que Sakyamuni Budha nos proteja

Nuestra primera etapa por la provincia tibetana de Tsang ha de llevarnos, Macario mediante, hasta Gyantse, a 261 kilómetros de Lhasa, un trayecto que bien puede entretenernos más de cinco horas. A sólo media hora de dejar atrás la ciudad, hacemos una parada técnica (más bien sospecho que nuestro conductor quiere encomendarse con sosiego a todos los budas posibles). Frente a nosotros, sobre la piedra desnuda, hay un gran mural de Sakyamuni Budha, el “perfectamente iluminado”. Y eso, al fin y al cabo, es lo que necesitamos ahora: que alguien nos ilumine.

Hago un aparte con Tenzing que confirma mis peores temores. Macario nunca ha conducido un 4X4 y es la primera vez que hace esta ruta a Nepal. Los peores exabruptos brotan por mi boca como un torrente incontrolado. Quiero hablar con su jefe en cuanto lleguemos a Gyantse, quiero que nos manden un coche nuevo y un conductor experimentado, quiero que me devuelvan el dinero, quiero, quiero, quiero… Es un desahogo estéril. Sé perfectamente que nadie va a enviar un flamante Toyota Landcruiser a Gyantse ni tampoco a un sustituto de Macario. Viajar por los rincones olvidados del planeta tiene estas cosas. No queda más remedio que seguir adelante y cruzar los dedos.
Cruzamos el Tsangpo (que muda su nombre y se convierte en Brahmaputra en la vecina India) hora y cuarto después de abandonar Lhasa y bordeamos el caudaloso río camino del Kamba-la (“la” es puerto en tibetano) entre rebaños de ovejas ralas y mojones de piedra que señalan la distancia hasta Pekín. Cada kilómetro entre estas curvas cerradas que suben hasta el infinito es una congoja. No le quito ojo de encima a Macario, como si nos debiera dinero.

Sé perfectamente que nadie va a enviar un flamante Toyota Landcruiser a Gyantse ni tampoco a un sustituto de Macario. Viajar por los rincones olvidados del planeta tiene estas cosas. No queda más remedio que seguir adelante y cruzar los dedos

La niebla nos engulle por momentos a medida que nos topamos con los primeros desprendimientos. Cuadrillas de muchachos de tez oscura, carretilla en mano, apartan los pedruscos con un escobón. Las bolsas de comida china envasadas al vacío empiezan a hincharse a medida que alcanzamos entre la nebulosa los 4.794 metros de altitud del Kamba-la. Al otro lado está el Yamdrok, el lago turquesa, una de las postales más bellas del Tíbet. Sí, contra todo pronóstico, Macario ha sido capaz de traernos hasta aquí sanos y salvos. Aquietado el sofocón inicial, ya hemos asimilado que poco podemos hacer salvo confiar en él y esperar que aprenda rápido. Imbuido de ese obligado positivismo, le reconozco una virtud: consciente de sus muchas limitaciones, al menos es prudente y circula despacio. Al fin y al cabo, no es un mal comienzo.

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