Ruta VaP (VIII): dormir en el “peor” hotel del mundo

Por: J. Brandoli, texto / Grupo, fotos
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Nota previa al lector: antes de los hechos después relatados pasamos una maravillosa mañana haciendo un safari en coche y luego en canoa por el Parque de Liwonde. Una mañana genial en un bellísimo. enclave. Hace poco escribí un post que se titulaba “el peor día del viaje” y decía al final que ese no había sido el peor día del viaje. Bien, paso a relatar una jornada inolvidable:

El largo camino a un maloliente hoyo

Nos dimos cuenta que íbamos algo retardados y empezamos a acelerar los coches por el miedo a que nos cerraran una frontera en la que el año pasado tuvimos tantos problemas que acabamos deportados.  Elegimos el peor camino para correr. La pista estaba destrozada, había bancos de arena, piedras… Entre medias, cruzamos un mercado en el que había cientos de personas que se iban apartando cuando ya tenían encima nuestro coche. Aquel tumulto, los colores, realmente estábamos atravesando el África más rural.

Una frontera internacional está cerrada porque no hay nadie para poner un sello y abrir el portón

Llegamos hasta el puesto fronterizo y, ¿sorpresa?, estaba tan cerrado como el año anterior. La misma excusa, el encargado no está. Está comiendo, bebiendo o durmiendo, pero una frontera internacional está cerrada porque no hay nadie para poner un sello y abrir el portón. Tocaba resignarse. Un tipo borracho salió a buscar al funcionario y nosotros, mientras, nos entreteníamos en jugar con los niños. Amaia consiguió que decenas de ellos se rieran con sus bailes.

Entonces apareció el bobo de turno que en ocasiones te puede complicar mucho la vida por ser un bobo con galones. Vio a Martín hacer una foto de la frontera, en la que llevábamos un largo rato de espera por su incompetencia, y a gritos quiso requisar su cámara. Otro funcionario seguía sus órdenes, las de un tipo que intentaba robarnos. Hubo que hablar, modular la voz y bajar algo la cabeza sin ser pusilánime para recuperar la cámara. Es toda una técnica este tipo de negociaciones que mejoras con los años. Mientras, la escena de los sellos en los pasaportes era  ridícula. El jefe pululaba por el escritorio con cara de ofendido, quizá porque le despertamos de la siesta para que viniera a hacer su trabajo, y alrededor algunos buscavidas intentaban sacar tajada del barullo.

Me estaba esperado el mismo policía que me detuvo y deportó el año anterior

Por fin pasamos y llegamos al lado de Mozambique. Y allí, en un día tan lleno de emociones, me estaba esperado el mismo policía que me detuvo y deportó el año anterior. La misma cara sonriente y ahora un gesto de confianza y un abrazo entre los que habíamos compartido tanto. Había pasado un año y no habíamos cambiado. Él intentaba sacar lo que fuera porque sí y yo esta vez se lo negaba porque no. Creo que si hubiera habido una mesa con velas para cenar hubiéramos compartido una romántica velada rememorando aquellos tiempos en los que él y un tipo con un fusil nos hicieron regresar detenidos a Malaui  a las dos de la madrugada.

Finalmente cruzamos y esta vez con todo legal. Estábamos agotados y felices de una jornada maratoniana. La carretera era complicadilla y no había luz. Llegamos al fin de noche a Cuamba, una población del interior de Mozambique con, digamos, pocos servicios. Y fue entonces, cuando nos dirigimos agotados a nuestro Hotel Vision 2000, cuyas habitaciones habíamos reservado y nos habían confirmado por teléfono, que el recepcionista nos dijo: “No, aquí no hay ninguna reserva a su nombre y estamos llenos”.

No, aquí no hay ninguna reserva a su nombre y estamos llenos

En ese momento, en Cuamba, uno casi cree que la mejor opción es darse un cabezazo con la pared y caer redondo en el suelo hasta el día siguiente. Aún más cuando el recepcionista habla con su compañero y este le confirma que le llamamos, que nos garantizó la reserva y que “SE LE OLOVIDÓ APUNTARLA”. Todo en un tono de voz muy bajo y con gesto de “pues bien, parece que la noche está caliente, espero que encuentren un sitio donde dormir…”.

Y sí, encontramos un sitio donde dormir. Mientras organizábamos la cena Víctor y alguien del grupo fueron a buscar un lugar donde pasar la noche y lo encontraron, se llamaba Pensión Cariacó y la atendía un joven de 24 años que por una enfermedad se había quedado encerrado en el cuerpo de un niño (me enseñó su DNI). El bautizado como Webster, ya que era igual que el de la serie americana de TV, nos reservó unos cuartos, los justos para los integrantes del grupo (luego también hubo espacio para Víctor y para mí que pensábamos dormir en los coches).

La atendía un joven de 24 años que por una enfermedad se había quedado encerrado en el cuerpo de un niño

Todo en aquel lugar era un esperpento. Creo que nunca dormí en un sitio más sucio y en peores condiciones (quizá en la India). La roída y almidonada colcha de la cama estaba tiesa, no había agua en los baños, que eran compartidos (menos para Irene y Rosa que les tocó la suite). Lino vaciaba todo el frasco de insecticida en su cuarto, Martín prefería no ver y ponerse un antifaz  y en un video que hizo Txarli del baño compartido se le oye dar arcadas por el olor que había dentro. Como todos eran unos tipos geniales, todo aquello acabó en un prolongado ataque de risa y ninguna queja (lo que habla de la calidad de este grupo) .

Yo aquella noche me levanté a la tres de la mañana y salí del hoyo para respirar. Me encontré a Webster, que era una máquina de trabajar sin parar, liderando con su voz de crío la salida de un camión que estaba en el patio. Todo era cómico, no sé cómo entró allí ese vehículo, pero sé que ahí estaba yo creando un plan con ellos tras varios intentos que acabaron en fracaso y empujando duro para sacarlo a la carretera. Lo conseguimos, el conductor me dio un abrazo de agradecimiento y allí nos quedamos Webster y yo, en medio de aquella soledad y aquella noche cerrada. ¿Tienes agua?, le pregunté. “No, no hay agua” me contestó con tranquilidad mientras ambos nos recostábamos en un sofá de plástico de su oficina cuyo techo tenía una grieta que amenazaba con derrumbarse sobre nuestras cabezas. ¿Y un enchufe para cargar la batería del ordenador? “Tampoco”.

 

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Comentarios (4)

  • Ana

    |

    Pues si, habla mucho de la calidad de ese grupo. Son geniales! Desde luego lo que vivieron fue la África que no hubieran vivido con otros guías u otro viaje. No parece un viaje organizado

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  • Javier Brandoli

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    Que no pareciera un viaje organizado es el mejor cumplido que nos podrían hacer. Por desgracia, en muchos momentos no conseguimos que las cosas salieran como debe salir aquí para vivir una experiencia real: improvisadas. Creo que se nota que Victor y yo somos de la casa, vivimos acá, no venimos a viajarla.
    Besos Ana

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  • Rosa

    |

    De desgracia nada Javier, esas improvisaciones le dieron un toque “chic” al viaje.
    Nuestra suite era genial con su baño completo, sin agua y mucha mugre, tanta que para poder usar el wc me entró la “vena Maruja” y lo dejé reluciente, eso sí, gasté todas las toallitas húmedas que nos quedaban.
    Junto con el día del convoy de las mejores risas que hemos echado. El hotel Cariacó no podía borrar la maravillosa mañana de safari y el paseo en canoa de Liwonde. Y Webster muy amable.

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  • Javier Brandoli

    |

    Si la desgracia es que no hubo más cosas improvisadas y que salieron mal según el programa. Ya digo que el mejor cumplido que pueden hacerme de uno de nuestros viajes es que no parecía organizado.
    Besos Rosa

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