diego cobo

14 artículos

Las razones del viajero

Los viajes han sido siempre la excusa perfecta para no mirarnos a nosotros mismos, para volver la cara al espejo. Y lo digo con la conciencia de haber recorrido un puñado de países de cada rincón del planeta, desde Alaska hasta Ushuaia, desde Sudáfrica a Iverness, desde Australia hasta el Himalaya.

Concord: leyendo a Thoreau con los pies

En este tranquilo pueblo de Massachusetts empecé a comprender que el autor que más me ha arañado; que más me ha cambiado, nutrido, desvestido, separado de la tierra (“mi vivienda en las nubes es tranquila”, escribió) y vuelto a vestir hablaba de cosas que yo, ahora, tenía delante de los ojos.

Nantucket: regreso a la isla de Moby Dick

Había decidido ir hacía tiempo, sin saberlo, cuando leí Moby Dick. Me dije: yo quiero vivir en Nantucket. Me imaginé casitas de madera con velas consumiéndose mientras el viento rodaba por calles estrechas y los pescadores, exhaustos, se calentaban alrededor del fuego.

Harlem: una noche con Marjorie

La primera vez me tiró la puerta a las narices. La segunda, susurró un amable “come in”. La tercera comenzó a acariciar el piano. A Marjorie Elliot no le gusta que la molesten en su tiempo de trabajo, que parece inflamarse momentos antes de cada actuación.

Don Quijote en bicicleta por Alaska

Mi viaje comenzó con frío. Había decidido recorrer durante cinco semanas 1.600 kilómetros por estas tierras en bicicleta, sin más compañía que una tienda de campaña, las alforjas atiborradas de comida y cuatro pares de calcetines.

Valle de los Ingenios: las cicatrices del azúcar

Este valle es el símbolo del glorioso apogeo de la industria azucarera. Situado en torno a la ciudad de Trinidad, esta inmensa planicie de más de 200 kilómetros cuadrados ya no está tapizada por campos de caña de azúcar, pero las referencias de ese pasado se mantienen vivas.
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