Iguazú: el espejismo que deslumbró a Cabeza de Vaca

Por: Ricardo Coarasa y Javier Brandoli (texto y fotos)
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Mediados del siglo XVI. Un conquistador baqueteado en mil y un reveses, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, emprende un tortuoso periplo desde la selva brasileña para auxiliar a un grupo de españoles aislado en la actual capital de Paraguay, Asunción. Busca una salida al Río de la Plata, pero se topa con una de las más solemnes maravillas de la naturaleza, las cataratas de Iguazú. Es un placentero espejismo enmedio de tanto padecimiento. Convertido hoy en día en reclamo turístico de primer orden, este privilegiado enclave a caballo entre Argentina, Brasil y Paraguay todavía guarda memoria del paso del aventurero español.

El viajeVaya por delante que cualquier descripción de Iguazú no está a la altura de su incontestable belleza y está condenada a precipitarse por el río del olvido como los millones de litros de agua que se despeñan todos los días por sus cataratas. Pocas veces se ha sentido el viajero tan cerca de Dios como frente al imponente salto de agua de la Garganta del Diablo, en la vertiente argentina de las cataratas de Iguazú. Ante semejante festín de la naturaleza, las ambiciones se achican y uno se siente abrumadoramente insignificante. Y mientras el agua salpica la cara y el bramido ensordecedor deja sin aliento, el viajero, que ha accedido cómodamente a esta privilegiada plataforma a través de una pasarela y que tiene a media hora su confortable habitación de hotel, no puede dejar de preguntarse qué diantres pasó por la cabeza del español Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando, en 1541, se cruzó en su camino esta formidable exhibición genesíaca.

Cabeza de Vaca no era un aventurero acostumbrado a arrugarse. Cuando se convirtió en el primer europeo en admirar estas cataratas -que con una anchura de cuatro kilómetros cuatriplican a las del Niágara-, ya era un hombre licenciado en padecimientos. Hacía sólo cuatro años que había regresado milagrosamente con vida de la desgraciada expedición de Pánfilo de Narvaez a la Florida, que le llevó a recorrer durante casi una década 18.000 kilómetros desde la bahía de Tampa hasta las costas mexicanas del Pacífico, en una de las mayores epopeyas de un conquistador español en tierras del Nuevo Mundo.

“Tan grande golpe que de muy lejos se oye”

Incapaz de acomodarse a una vida tranquila, se había vuelto a embarcar hacia América a finales del año 1540, esta vez ya como gobernador de la región del Río de la Plata ante la ausencia de noticias del titular, Pedro de Mendoza. Tras naufragar frente a la costa brasileña, en la isla de Santa Catalina, se enteraría de que la colonia española de Buenos Aires había sido abandonada y de que el nuevo asentamiento se encontraba en Asunción (en el actual Paraguay). Ni corto ni perezoso, hacia allí dirigió sus pasos para auxiliar a sus 400 compatriotas. Y entonces, tras varias semanas de dura travesía, se irguió ante él la imponente barrera de las cataratas de Iguazú.

Pocas veces se ha sentido el viajero tan cerca de Dios como frente al imponente salto de agua de la Garganta del Diablo, en la vertiente argentina de las cataratas de Iguazú.

Tenía ante sí los mismos saltos de agua del río que los antepasados de los indios guaranís que le guiaban a través de la selva habían bautizado como Iguazú (agua grande). En su crónica de aquel viaje, Cabeza de Vaca dejó para la historia la primera descripción de las cataratas, a las que denominó Santa María. “El río -escribió- da un salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más”.

La ira divina contra dos amantes a la fuga

El viajero está petrificado en el mirador de la Garganta del Diablo donde, pese a la afluencia de visitantes, y ayudado por el rugido de las aguas en su vertiginosa caída de casi 80 metros, se siente apaciblemente solo. Los guaranís creen que fue un dios encolerizado el que quebró el cauce del río para impedir la huida del indio Caroba con su amante Naipur, de la que se había enamorado la deidad. El osado guaraní quedó convertido en árbol; su musa, en piedra, y el cauce del Iguazú ya nunca fue el mismo. Las cataratas recordarían en adelante al mundo que en la osadía del amor los dioses siempre tienen la última palabra.

Hasta el lugar se llega a bordo de un tren que parte de la Estación de Cataratas y que recorre a al trantrán los 2,5 kilómetros que la separan del cauce del río, sobre el que discurre una pasarela que termina en la Garganta del Diablo. Este último recorrido es una auténtica delicia, tanto por las vistas que ofrece como por la ansiedad que apremia al viajero a alcanzar por fin el excepcional mirador.

Los 5.000 metros cúbicos de agua por segundo que se desploman al vacío en Iguazú no arredraron a Cabeza de Vaca. Tras cargar con las canoas “a fuerza de brazos” y sortear los saltos de agua, los expedicionarios volvieron a embarcarse en el río Paraná, alcanzando finalmente Asunción en marzo de 1542. Hoy en día, una placa en memoria de Alvar Núñez Cabeza de Vaca recuerda a los visitantes del parque esa epopeya. La Administración General de Parques Nacionales y Turismo honra así el recuerdo del aventurero que “tras cruentas luchas con la naturaleza y lo ignoto en su temerario viaje desde las selvas brasileñas atlánticas en busca de una vía al Río de la Plata descubrió esta maravilla del mundo en el año 1541”.

El caminoDesde Buenos Aires, los vuelos a Iguazú parten del Aeroparque, el aeródromo para destinos nacionales. Aerolíneas Argentinas cubre diariamente el trayecto, que se realiza en apenas dos horas. Un consejo: si se vuela a primera hora de la mañana, una opción interesante si se dispone de sólo un par de días es desplazarse directamente, nada más llegar al aeropuerto de Iguazú, al lado brasileño de las cataratas. Cualquier remisero (taxista) le acercará hasta el parque de Foç de Iguazú (el viajero pagó 150 pesos por el viaje y el posterior hasta el hotel). De esta forma, dispondrá al día siguiente de un día entero para recorrer las pasarelas del lado argentino, más espectaculares.

Una cabezadaLa apuesta es clara: el Sheraton es la mejor opción (aunque también la más cara), porque es el único hotel situado en el interior del parque argentino. El privilegio de sus huéspedes es recorrer a su antojo los miradores antes de que el parque abra sus puertas y las pasarelas se llenen de hordas de visitantes que hacen noche en Puerto Iguazú (que aglutina la mayor oferta hotelera), a veinte kilómetros del parque nacional. Se puede reservar la habitación por internet (las que tienen vistas a las cataratas son más caras).

A mesa puestaCenar en el restaurante del Sheraton a la vista de las cataratas (que nadie se engañe, sólo se atisban en la lejanía), disfrutando de un chuletón a la parrilla y de un buen vino de Mendoza, es uno de los placeres ante el que ningún viajero debería pasar de largo.

Muy recomendable-En el lado brasileño es posible sobrevolar en helicóptero las cataratas por alrededor de 60 euros por persona. Las quejas de los ecologistas sobre los perjuicios para la fauna de la selva impiden desde hace años descender demasiado, por lo que la experiencia no es tan sobrecogedora. En la vertiente argentina, el recorrido en lanchas a los pies de los saltos de agua (uno de ellos lleva el nombre de Cabeza de Vaca) es una experiencia inolvidable, siempre y cuando uno tenga la precaución de poner a buen resguardo la cámara fotográfica.

-Hay que leer “Naufragios y comentarios”, de Alvar Núñez Cabeza de Vaca para entender la impresión que causó en el explorador español encontrarse con semejante paraje natural después de un viaje tan temerario como tortuoso.

-En el mirador de la Garganta del Diablo, un fotógrafo provisto de una escalera ofrece instantáneas a los turistas por unos pocos pesos. La perspectiva que consigue de las cataratas gracias a su posición más elevada es única y merece la pena rascarse el bolsillo (las fotos se recogen en la recepción del hotel).

 

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Comentarios (4)

  • Nacho

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    que lugar tan maravilloso. Realmente me senti un privilegiado al visitarlo. Muy buen reportaje. sigan asi

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  • Ata

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    Evocador, riguroso y bien escrito. ¿Qué más se puede pedir? Espero que este año pueda, por fin, dar el salto a tierras americanas y poder contar en primera persona visiones tan espectaculares como ésta. Una de las fotografías es espectacular (en la que se ven los turistas en la esquina inferior izquierda). Las otras son buenas.

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  • José Luis González Castillejo

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    Impresionante reportaje de mis amigos y compañeros Ricardo Coarasa y Javier Brandoli. Ya mismo se podrá leer también en Monplamar (www.monplamar.com), mi digital turístico del Campo de Gibraltar. Así daremos a conocer un poco más en la comarca a Álvar Núñez Cabeza de Vaca, nuestro vecino de Jerez de la Frontera.

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