De Mozambique se habla poco. Quizá hablamos también de forma equivocada cuando lo hacemos. No es fácil poner en los medios internacionales la realidad de un país vecino de dos gigantes de la información como Sudáfrica y Zimbabue. Entonces se cae en los reportajes sociales o en titulares que justifiquen su arrinconado espacio mediático. Intentaré pues saldar aquí mi deuda como periodista para hacer una crónica de un país que vive un conflicto olvidado, sin testigos.
Mi trabajo como corresponsal condena a estos países a contar muertos y estafas. No puedo, no se publicaría, mandar una noticia que se titule “en Sudáfrica hace una semana que no violan a nadie”. Tampoco imagino a tres columnas o en portada de la web la noticia que explica que el “Ministerio de Trabajo de Mozambique no es nada corrupto”, acompañado de un detallado informe en el que se revela que no se desvió un dólar de la partida presupuestaria para “formación juvenil”.
Entramos a Malawi el día que acababa de morir su corrupto presidente. Crónica de unas primeras horas donde nos robaron en la frontera y lo intentaron en otro control policial. Un levantamiento amenaza el país por la lucha de poder.
Las sornisas del aeropuerto de Johannesburgo, la calma de Graskop, la inesperada y brutal belleza del Blyde River Canyon y la suerte de ver a los big five en un día en Kruger. Comienza la ruta de VaP ppor el sur de África.
Por supuesto, la ridícula negociación sobre infracción de las normas, en la que se pagó al grupo de policías en metálico la cantidad convenida tras el regateo, se hace frente a todos, que sería una falta de autoridad humillante para los agentes esconder que te están robando.
(...) Estábamos dentro de una habitación cerrada y oscura. Incrédulo le miré y le propuse la intermediación de un presidente americano. “¿De cuál de ellos estamos hablando?”, preguntó con un palillo asomando entre los dientes. “¿Qué tal Andrew Jackson?”, sugerí. “No, ese no me vale, mejor Ulisses. S Grant”. Y así fue como el presidente cuyo rostro aparece en los billetes de cincuenta dólares me ayudó a cruzar.
(...) Llegando al check point aparece el auto con el copiloto hecho un basilisco por mi desobediencia. Vestido de camuflaje, con la camiseta muy ajustada, pelo muy corto y engominado, gafas de espejo. Empuja y zarandea, me obliga a descabalgar con malos modos, exige el pasaporte.
No hay en este post una historia fascinante de mi viaje. Hay una noche especial donde escuché muchas voces que narro aquí. A mí me sirvió para aprender mucho, espero que a ustedes les sirva también. De lo que habló es de un peaje tan indigno como necesario, tan nauseabundo como imprescindible. ¿Un callejón sin salida? Por Javier BRANDOLI.
El cinismo alcanzó su apogeo cuando el propio Ngonyama dijo “no hice la lucha para permanecer pobre”. Es uno de aquellos que se sigue cobrando, en efectivo y en primera persona haber luchado por la libertad de los suyos.