El taxista frena bruscamente, todos los sentidos alerta. ¡Toque de queda, toque de queda!, grita mientras da media vuelta. ¿Pero qué hace? El rumor suena ahora peligrosamente cerca y puedo identificar el ruido ¡Disparos!
Esa noche nos vamos casi todos al mítico Gil Vicente a escuchar un grupo de música local y algunos se animan después con el 1908, bar cool de Maputo, hasta ya tardías horas. De vuelta al hotel, en la avenida 24 de julio, un control policial intenta hacer caja. Quiere dinero porque Txarli no lleva el pasaporte. Juega a retenerme hasta que ve que no pagaré y me deja marchar. 100 metros después nos vuelven a parar otros agentes...
Quisiera dar las gracias al chico rarito que no se llamaba Nilson. Y es que a menudo, un contratiempo te lleva a una experiencia infinitamente mejor a lo que tenías planeado. Y broncearme tumbada en una playa paradisiaca era un buen plan, pero ser adoptada por una familia filipina fue infinitamente mejor. Gracias cómo sea te llames.
Atrás quedan aquellas dos mujeres mayores, vestidas de riguroso negro y ojos penetrantes que ahora con el reflejo del sol parecen profundamente húmedos. Sus miradas son profundas, extrañas. No hay nada, no hay gente, hay olvido y silencio. La muerte de Mido es ya sólo eso, olvido. No hay más tiempo para él en la vida.
Son las nueve de la mañana, no he tomado aún un café, y acabo de descubrir que la pasada noche me han robado el espejo retrovisor y los faros delanteros del coche. Son las nueve de la mañana y otro tipo con placa amenaza con joderme más el día con su placa que oficializa robos.
Paramos a sacar dinero en un cajero y aparece un coche de Policía del que se bajan dos agentes, uno armado con un fusil. Comienzan a mirar nuestro coche y entendimos que teníamos un problema. Un educadísimo y sonriente oficial, el que no va armado, nos pide que les acompañemos a la Comisaría
La Policía me ordena que me quite el turbante, les parezco sospechoso, inspeccionan mi pasaporte y me preguntan porque me visto como los de Al-Quaeda; les respondo que para esconderme de ellos. Estupefacto el policía me mira, sospecho que ninguno de los dos sabemos realmente cual es la moda otoño-invierno del terrorista islámico medio
Entramos a Malawi el día que acababa de morir su corrupto presidente. Crónica de unas primeras horas donde nos robaron en la frontera y lo intentaron en otro control policial. Un levantamiento amenaza el país por la lucha de poder.
(...) Llegando al check point aparece el auto con el copiloto hecho un basilisco por mi desobediencia. Vestido de camuflaje, con la camiseta muy ajustada, pelo muy corto y engominado, gafas de espejo. Empuja y zarandea, me obliga a descabalgar con malos modos, exige el pasaporte.
Su harén del fornicio se multiplica al mismo ritmo que sus vomitivas finanzas. Mswati, señor de un cortijo llamado Suazilandia, país enclavado en Sudáfrica y fronterizo con Mozambique, atesora una fortuna que cifran superior a los 100 millones de euros .