Viaje en dhow a Zanzibar: la luna llena…

Por: Juan Ramón Morales (texto y fotos)
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Una luna llena grande, amarilla, se levanta sobre las aguas del Índico.

En la playa los pescadores comienzan a alimentar enormes hogueras junto a los jahazi, las grandes embarcaciones de vela latina que nosotros solemos llamar, genéricamente, dhows. En esta noche de Luna, con la marea creciente, preparan los barcos para la travesía, a través del estrecho de Zanzíbar, desde Bagamoyo, en la costa tanzana, hasta Stone Town, en la isla.

Los demás casi han desaparecido por el empuje de la navegación moderna, por los piratas (aunque siempre han existido piratas en esta aguas ), la falta de negocio, la situación politica…..

Hay dhows pequeños, los más habituales en el recuerdo del viajero, mashua, en Swahili. Una pequeña vela, dos flotadores y un navegante. …Los demás casi han desaparecido por el empuje de la navegación moderna, por los piratas (aunque siempre han existido piratas en esta aguas ), la falta de negocio, la situación politica…..Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar en alta mar la silueta en forma de aleta de tiburón, a ras de horizonte, de los grandes dhows de antaño. Aprovechando los monzones conectaban las orillas del Indico, de la India y Arabia a los estrechos del Mar Rojo, Zanzíbar, las Comores….La llegada de la navegación a vapor canceló para siempre ese tráfico. O no…..

La playa de Bagamoyo se extiende delante del pequeño “lodge” que ocupo. Tan solo una pequeñas cabañas de rafia frente al mar. Algún vendedor de baratijas paseándose aburrido y el olor penetrante del cercano mercado de pescado junto a varios edificios derruidos. Uno de ellos nada menos que la antigua oficina de aduanas de la población, el mismo edificio por donde Burton, Livingstone y quién sabe cuantos exploradores, entraron en el continente de camino al Interior. Cuatro paredes estrechas, guardadas hoy por el funcionario tanzano heredero de los antiguos comerciantes esclavistas árabes.

El mismo edificio por donde Burton, Livingstone y quién sabe cuantos exploradores, entraron en el continente de camino al Interior

Patrick, obeso, redondo, con cara de pocos amigos o quizá de eterno aburrimiento. Me hace rellenar página tras página de formularios, algunos escritos a mano. Renuncio a mis posesiones dejadas atrás, renuncio a reclamar lo que le he pagado para investigar entre los capitanes, los nakhoda, que hacen la travesía a Zanzíbar, quién estaría dispuesto a llevar a un mzungu en su barco. Renuncio a mi vida por un sueño vago despertado en páginas leídas en tomos de aventuras juveniles, en libros de viaje, en ensayos de navegación. Y ahora solo queda esperar a que la Luna y las mareas hagan posible levantar los cascos de 10 metros de los jahazi, varados en la arena de Africa, sin arboladura ni cubierta, como caparazones de tortugas abandonadas.

Sólo es posible navegar con seguridad con las grandes mareas oceánicas provocadas por la Luna llena. Los jahazi son torpes contra el viento y siempre necesitan una ayuda adicional para dejar sus fondeaderos. Por ello, tras interminables advertencias, chistes, bromas con mejor o peor gusto sobre el sabor de la carne blanca para los tiburones que infestan el estrecho, tras canciones cantadas en la misma situación por los navegantes árabes durante siglos, la marea comienza a alzar el casco aún sin mástil de nuestro barco. Como hormigas empiezan a bajar a la playa, recortados contra la luz de las hogueras, más pasajeros con la increíble carga que vamos a transportar. Tres cabras, una mujer en un muy avanzado estado de gestación, toneles de cuerda llenos de pescado seco cuyo olor se nos quedo pegado a la ropa durante días y un armario enorme, con dos grandes espejos en la puertas y figuras eróticas la labradas sobre los espejos. Sobre este armario me tocaría hacer la travesía pues el jahazi no tiene cubierta. Todo se almacena dentro del casco, como si de una cáscara de nuez flotante se tratara.

Como hormigas empiezan a bajar a la playa, recortados contra la luz de las hogueras, más pasajeros con la increíble carga que vamos a transportar

Una vez cargado el barco, colocamos entre todos el enorme mastil, inclinado hacia la proa, y poco a poco, según la marea nos lanzaba al Océano, la vela latina propia de un dhow se elevaba recortándose sobre el cielo africano.

De cara hacia el Este, por donde en una horas debía amanecer, la brisa llena la vela y el nakhoda comienza a parlotear, a cantar entre las risas de los demás pasajeros. Me señala un par de veces y todos rien. Y yo también, por qué no. Como en un sueño parece que el barco no avanza, mi espalda comienza a quejarse de las apreturas de mi postuta sobre el armario y poco a poco voy cediendo al sueño, balanceándome sobre el mar. Y no pasa mucho antes de que un olor penetrante, por encima del de los toneles de la carga, nos llegue junto con el amanecer.

Ahora mi alma se ha quedado encerrada en el espejo, me cuenta, y el recuerdo de su barco no me abandonara nunca

Huele a especias, a clavo, a cúrcuma. Y, de fondo, el perfil de Unguja, la isla principal de Zanzíbar, se recorta contra el cielo. Navegando junto a islas invadidas por los manglares, cruzándonos con otros barcos en dirección contraria que nos saludan, atracamos en un pequeño fondeadero, lleno de dhows, lejos del gran puerto donde llegan los ferrys modernos.

Cuando vamos a descargar, tras que una matrona swahili nos reciba a gritos, creo que no muy amables, y se marche con la futura madre, me doy cuenta que los dos espejos del armario se han partido, uno, seguro, bajo mi peso. El nakhoda me mira con enfado y de repente rompe a reír. Ahora mi alma se ha quedado encerrada en el espejo, me cuenta, y el recuerdo de su barco no me abandonara nunca. Algo, doy fe, que es totalmente cierto. Ya que es una noche que muchas veces creo que fue un sueño, llegando a Zanzíbar como todos deberíamos llegar a ciertos sitios (Estambul o Venecia son otros), por mar al ritmo de la marea y el viento.

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Comentarios (4)

  • ricardo coarasa

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    Fantástico Juanra. Leyendo tu asombrosa llegada a Zanzibar desde Bagamoyo me ha invadido la nostalgia. Y en convencimiento de que, aunque el destino sea el mismo, no hay dos viajes iguales. Abz y enhorabuena por el relato

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  • Ana

    |

    Juanra, se te echaba de menos en VaP… Me has transportado allí de nuevo. Gracias!!!!! Quiero volver y quiero volver en Dhow.

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  • Lydia

    |

    ¡Qué buen relato! Podemos imaginarnos paso a paso todo el proceso y las sensaciones.

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