Kenia-India: motos en el aire

Por: Miquel Silvestre

Fundado en 1871 en el pintoresco barrio de Colaba, el Leopold Café de Bombay es un animado local de clientela interracial. Hay tanto indios de clase media y ganas de juerga como viajeros occidentales en busca de lo mismo. Dicen que aquí se sirve la cerveza más barata de la ciudad. A pesar de haber sido objetivo en la serie de terribles atentados islamistas del año 2008, el Leopold está siempre lleno aunque de vez en cuando circule por la calle un camión de pescado que lo inunda de un insoportable aroma a pez podrido. Pero cuando eso pasó por primera vez, no nos importó demasiado y seguimos con nuestras libaciones de cerveza Kingfisher. Y es que antes de traspasar el umbral llevábamos ya algunos días en India sin saber muy bien dónde estábamos en realidad ni cuantas horas habíamos perdido volando hacia el Este desde África.

¿Por qué de Kenia a India? Esta no es una vuelta al mundo al uso. El objetivo no es circunvalar el globo porque sí. El planeta ya se ha recorrido en moto muchas veces y creo que eso no aporta nada nuevo. Esta es más compleja. El fin es visitar en moto los lugares que vieron las penas, alegrías, hazañas y sufrimientos de los exploradores españoles menos conocidos. Una vez alcanzado Pedro Páez en Etiopía, el trabajo en África estaba hecho. El siguiente destino era India para visitar la sepultura de San Francisco Javier. Si no volé directamente desde Addis Ababa fue porque quería llegar a Nairobi con Atrevida, mi moto nueva. Desde allí había salido años atrás con destino Ciudad del Cabo en el viaje narrado en Un millón de piedras.

Una vez alcanzado Pedro Páez en Etiopía, el trabajo en África estaba hecho. El siguiente destino era India para visitar la sepultura de San Francisco Javier

Las BMW volarían desde Nairobi a Bombay en avión. Nuestras mayores preocupaciones eran la seguridad de las motos y el coste. Afortunadamente Juan Carlos, JC Nokalkorrentat, cumplió la palabra que un día me dio de ayudarme con 1000 euros para lo que necesitara del viaje. Elegí el avión porque me parecía el modo más limpio, rápido y seguro. Quizá un poco más caro, pero el envío marítimo en contenedor lleva aparejados muchos gastos ocultos. A eso hay que sumarle el periodo de tránsito, que rondaba los 40 días. Organizado el envío y embaladas las BMW, nosotros volaríamos antes.

En el aeropuerto topamos con el primer encontronazo con la realidad. Mi certificado de la vacuna contra la fiebre amarilla. Me lo había dejado en el equipaje de la moto. Parezco nuevo, diablos. Pero lo cierto es que nunca antes me lo habían pedido. Sin él no me daban la tarjeta de embarque. Una empleada del aeropuerto sugirió que fuera a la enfermería, allí tal vez me pudieran ayudar. La enfermera no se extrañó de mi petición, simplemente pidió 2000 chelines, unos veinte euros. Extendió un nuevo certificado sin problema alguno y gracias a esa corruptela pude obtener mi tarjeta de embarque. Una vez en la zona franca, necesitábamos proveernos de víveres. En el primer duty free compré una botella pequeña de Johnny Walker etiqueta negra por diez dólares y una caja de seis latas de cerveza Tusker a dólar cada una.

Los rascacielos y los arrabales. Todo está mezclado en un ambiente polvoriento y sin luz. Es de madrugada pero hay miles de personas despiertas

Tras un nuevo vuelo, aterrizamos en Bombay a las cinco de la mañana. ¿Cuántas horas de diferencia con España? No lo sé. Medio sonámbulos buscamos un taxi que nos lleve al hotel. La cola es larga y ya me voy dando cuenta de lo que significa estar en India. Gente, mucha gente, contrastes terribles entre la clase alta, la pujante clase media y la pobreza inmensa de las clases bajas. El taxi cuesta 400 rupias. Ocho dólares. El taxista es hombre de pocas palabras, como la mayoría aquí. El viaje es largo. Atravesamos la enorme y poblada ciudad gracias a los altos puentes que dejan abajo un mundo de color, calor, polución, pobreza y riqueza. Los rascacielos y los arrabales. Todo está mezclado en un ambiente polvoriento y sin luz. Es de madrugada pero hay miles de personas despiertas mientras otras tantas miles duermen en rotondas y bajo los puentes. Esta ciudad es idéntica a la pesadilla de la película Blade Runner. El futuro ya está aquí, aunque curiosamente a mí me gusta.
El hotel Sea Lord sí es terrible. La habitación sin ventanas apesta a humedad. Nos tumbamos vestidos en el lecho y sucumbimos inmediatamente al cansancio. Incluso nuestro mal humor resulta insuficiente para desvelarnos. Despertamos sin saber qué hora es. Comemos algo enormemente especiado y volvemos a dormir. Al despertar ya es por la tarde.

El viernes aterrizarían las cajas. Los carnets ya están sellados por aduanas de Kenya. El agente nos manda escaneados el certificado de mercancías peligrosas, de fumigación, y el Air Waybill con el membrete de Kenyan Airways. Nos da el número de vuelo y nos vamos a dormir con la seguridad de que nuestras queridas Atrevida y Descubierta llegarán al día siguiente. Así que concertamos un viaje en taxi para las siete de la mañana y tras una noche algo intranquila, nos pegamos un madrugón. Somnolientos y algo enfadados por la falta de descanso, vamos para el aeropuerto, que está bastante lejos. No hay una sola zona descampada entre el centro y el aeródromo.

¿Cuántas cajas con mercancía se pierden al año en todo el tráfico aeroportuario internacional?

En la oficina de Kenyan Airways nos dicen que las motos no han venido. Empiezo a preocuparme seriamente. Lo más importante es saber que están bien, pero a las nueve de la mañana de Bombay no hay nadie operativo en Nairobi. Uno no puede evitar en ese momento miedos y preguntas absurdas. ¿Y si no vienen? ¿Y si las han perdido? ¿Cuántas cajas con mercancía se pierden al año en todo el tráfico aeroportuario internacional? Un extravío para una compañía aérea es una merca cuestión estadística que se satisface indemnizando tantos dólares por kilo, y les da absolutamente igual que sea una moto, una lavadora o un cargamento de telas. Pero para mí ahora mismo esas cajas lo son todo. Además, está Alicia. Yo he decidido cómo y cuándo volará su moto. Si algo le pasara yo sería el responsable. Sé que ella no me echaría nada en cara, son gajes del viaje, pensaría, pero yo sé que si todo va bien en este viaje el mérito será compartido, pero que si algo sale mal, la culpa será solo mía.

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