Djurgarden: el corazón verde de Estocolmo

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Hay muchas formas de sentirse a gusto en una ciudad extraña. Mil detalles al capricho de cada viajero, a veces imperceptibles para los demás, marcan la diferencia. Salvo infrecuentes flechazos a primera vista, son esos destellos imperecederos los que nos ganan para la causa. Yo no me sentí parte de Estocolmo hasta que me subí a una bicicleta y recorrí la isla de Djurgarden, el pulmón verde de la ciudad, un parque natural incrustado en plena capital sueca. Y es que la ciudad vive sobre ruedas -de bicicleta, se entiende-, una cultura muy arraigada en su población desde hace años a la que hay que acercarse con las posaderas sobre el sillín y las manos en el manillar. Es complicado entender Estocolmo sin subirse a una bici. Y si es entre los paisajes de Djurgarden, mucho mejor.

Mi anterior visita a Estocolmo, hace ahora diez años, había sido muy apresurada. Un paseo a la carrera huyendo de demasiadas horas de escala en el aeropuerto. Ya entonces me sorprendió la extensa red de carril-bici (700 km, ahí es nada) que rehilaba toda la ciudad y el respeto de conductores y peatones por las bicicletas. Me prometí volver.

Yo no me sentí parte de Estocolmo hasta que me subí a una bicicleta y recorrí la isla de Djurgarden, el pulmón verde de la ciudad

Tardé demasiado, pero finalmente cumplí el objetivo el pasado octubre. Caminé mucho, decenas de horas (tengo pendiente un reportaje en VaP sobre esas rutas a pie), tanto como sólo lo había hecho, creo, en Nueva York, pero pasados los meses, cuando pienso en ese viaje me veo pedaleando por Djurgarden entre árboles gigantescos y un suelo alfombrado de hojas amarillas.

Y eso que la primera visita la hicimos a pie. Comenzamos en el puente de Djurgardsbron, testimonio de la Exposición de 1896 y la entrada natural al parque frente a la apabullante hilera de casoplones y mansiones de Strandvägen. Los dos hitos principales de Djurgarden, que merecerían algo más que unas pocas líneas en este post, son el Vasamuseet y Skansen. Este último, el primer museo al aire libre del mundo, es un recorrido por la historia sueca a traves de sus casas y granjas, trasladadas con esmero desde todos los puntos del país. Lo mejor es alejarse lo más posible del casco urbano (una recreación que a mí me pareció de cartón piedra y me dejo completamente frío) y perderse por los senderos entre pequeñas granjas y casas de madera. Conviene dedicarle toda una mañana y evitar en la medida de lo posible los fines de semana (la entrada cuesta 110 coronas).

Cuando pienso en ese viaje me veo pedaleando por Djurgarden entre árboles gigantescos y un suelo alfombrado de hojas amarillas

En cuanto al Vasamuseet se trata de uno de los museos más deslumbrantes que he conocido, quizá porque se aleja del concepto que solemos tener de ellos. Dentro hay un barco, el buque de guerra Vasa, que se hundió en el puerto de Estocolmo el 10 de agosto de 1628 minutos después de su botadura. Medio centenar de personas perdieron la vida. Tras 333 años en el fondo del mar, en 1961 se consiguió rescatar de las aguas y su minuciosa reconstrucción (hubo que recomponer más de 13.500 piezas) permitió inaugurar el museo en junio de 1990, a un paso del lugar donde se hundió. La visita es sobrecogedora e imprescindible para todo aquel que visite Estocolmo. Las dos horas que pasé allí (apurando haste el momento del cierre) se me hicieron cortas.

Pero ese día no estábamos para museos. Queríamos dar la vuelta completa a la isla a pie. Y eso fue lo que hicimos, partiendo del Nordiska Museet hasta Blockhusudden, en su extremo oriental, y regresando por la orilla del Djurgardsbrunnskanale, el canal que separa Djurgarden de Ladugardsgardet, donde hay que subir a la Torre de Comunicaciones para darse un atracón de las mejores vistas de Estocolmo desde las alturas.

El otoño ha hecho de las suyas y todo el parque tiene un halo melancólico

Hace frío y la humedad es alta, pero el paseo se disfruta porque nos tropezamos a cada paso con paisajes que compensan de sobras las tres horas de caminata. El otoño ha hecho de las suyas y todo el parque tiene un halo melancólico. Por las riberas de Djurgardsbrunnsviken, los padres pasean a sus bebés disfrutando de su baja de año y medio por paternidad y los más deportistas corretean resoplando esfuerzo.

Había que volver. Pero esta vez en bicicleta. Lo hicimos un par de días después. No hay excusas que nos ayuden a descartar el pedaleo. Nada más pasar el puente de Djurgardsbron, a mano derecha, se alquilan bicis en un pequeño quiosco de comida. El precio es caro (80 coronas por una hora), pero salvo que alquilemos una para varios días en el Stockholm City Bikes, no nos queda más remedio que pasar por el aro. Aunque en Suecia es obligatorio el uso del casco, no suele incluirse en el alquiler. Nosotros no lo llevábamos y pedaleamos sin él.

Nada más pasar el puente de Djurgardsbron, a mano izquierda, se alquilan bicis en un pequeño quiosco de comida

Optamos por recorrer la parte sur del parque, bordeando el Djurgardsbrunnsviken desde la Bla Porten, réplica de las numerosas puertas azules que antiguamente permitían acceder al coto real. La bicicleta tiene varias marchas que permiten cambiar el plato y administrar los esfuerzos, pero en cuanto el sendero se empina, las horas que hace tiempo que no le dedico a este deporte se echan muchísimo de menos. Afortunadamente, las pendientes escasean en todo el recorrido y no son muy exigentes.

En cuanto el sendero se empina, las horas que hace tiempo que no le dedico a este deporte se echan muchísimo de menos

El regreso a las orillas del Djurgardsbrunnskanale relaja e insufla energía, la que brota siempre de la naturaleza cuando el hombre no se empecina en echarle pulsos urbanísticos fuera de lugar. El paseo es formidable y mientras pedaleo por Ladugardsgardet para cruzar de nuevo el puente de Djurgardsbron me siento, por fin, en paz con la ciudad.

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