La cresta de la ola o…de la muerte

Por: Pedro Ripol (texto y fotos)
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Hace dos días que los truenos retumban entre nubarrones grises, y por la noche, lo que esperábamos: atronadores y deslumbrantes rayos iluminando con su resplandor el ya de por sí tenebroso panorama. ¡Vaya nochecita! Lluvias intermitentes más o menos fuertes y a nuestro alrededor cientos de chispas gigantes cayendo al mar desde las nubes. Muy negro todo. No se ven las estrellas que normalmente nos guían como si de una brújula se tratara, ni se aprecia la dirección de las rugientes olas para intentar navegar cómodo y sin calarse. En definitiva, el rumbo es el que nos permite la oscuridad.

No se ven las estrellas que normalmente nos guían como si de una brújula se tratara, ni se aprecia la dirección de las rugientes olas

Las condiciones de remo son penosas, todo está empapado, tanto por las rompientes como por el incesante aguacero a lo largo de toda la noche. ¡Hace frío, mucho frío! Ayer, igual de oscuro y sin sol; las baterías empiezan a estar bajas y debemos economizar energía, así que no temáis si por unos días no mandamos ningún correo. Esta mañana, más de lo mismo, pero para nuestro regocijo el viento y las corrientes han sido favorables y nos han ayudado a avanzar más rápido. De las 09.00 UTC de ayer día 14, a las 09.00 de hoy, 43 millas navegadas. Lentos, pero mejor que en jornadas anteriores.

Bueno, tampoco son todo penas. Una vez calmado el temporal, a la hora de la comida se me ocurrió poner un anzuelo a la caña y lanzarlo a ver qué pasaba…, pues que al cabo de unos minutos un pequeño dorado se freía en la sartén; lo juro, sabía a gloria. Mañana lo volveremos a intentar, a ver si cae algún pariente más rollizo. Ahora, ya más adaptados a la vida marina, hemos pasado de remar los anárquicos turnos de tres horas al programa específico diseñado por nuestro entrenador.

Casi suspendidos en el aire podíamos otear un océano más inmenso, si cabía

Era curioso observar en días de relativa calma y tiempo soleado olas enormes, altas y extensas que, pese a sus seis o siete metros de altura, no eran peligrosas. Se aproximaban veloces, y cual suaves colinas errantes nos izaban hasta su cresta. Casi suspendidos en el aire podíamos otear un océano más inmenso, si cabía. Posteriormente, y desde su punto más bajo, nos cercaba un impresionante acantilado de agua. Seguramente, en cuantas ocasiones nos sucedió, la caprichosa Naturaleza deseaba que nos sintiéramos insignificantes pero grandiosos a la vez.

Existen dos tipos de olas: las libres y las forzadas. Las primeras son más raras. Prácticamente inapreciables en alta mar, forman suaves colinas de hasta unos tres metros de altura, aproximadamente, pero cuya velocidad puede alcanzar cientos de kilómetros por hora y que al llegar al litoral invaden más allá de la costa, pudiendo provocar destrucciones considerables. A este fenómeno se le conoce con el término japonés de tsunami. En cambio, las olas forzadas —o comunes— son causadas por depresiones atmosféricas acompañadas de vientos activos y se localizan en un sector reducido del mar. Éstas originan cambios en su superficie conforme se acentúa la acción de los vientos que las forman, aumentando su altura en 30 centímetros por cada milla por hora de viento. Pueden superar una altura de más de siete metros y generar una fuerza de docenas de toneladas por metro cuadrado al estrellarse contra el litoral.

En más ocasiones de las deseadas las olas eran tan fuertes, grandes y brutales que al acercarse remolineantes hacia nosotros parecían querer engullirnos

Mi instinto de supervivencia se agudizaba cuando la mar se embravecía y se tornaba cada vez más revoltosa, movida e inquietante. Con grandes olas, cada segundo se convertía en un reto para no zozobrar y mantener la embarcación en rumbo, si se podía, claro. Aunque muchas veces no era eso lo más importante sino sencillamente seguir flotando. En más ocasiones de las deseadas las olas eran tan fuertes, grandes y brutales que al acercarse remolineantes hacia nosotros parecían querer engullirnos. Sus 3 ó 4 metros de altura se aproximaban rugiendo y su espuma blanca cabalgaba con tal furia que nos hacía temer que no saldríamos de ellas con vida. Al alcanzarnos, solo podíamos intentar neutralizar su fuerza dirigiendo la embarcación de tal manera que no se atravesara a la ola sino que la surfeara.

Nuestro sistema de navegación GPS pasaba entonces en un instante de marcar los 1,5 o 2 nudos —nuestra velocidad media— a los 18, lo que nos hacía volar por encima del agua. Estar planeando encima de la cresta de la ola o —mejor dicho— de la cresta de la muerte, es sentir el fin pisándote los talones. Al verlas venir piensas con horror: ¡se va a joder el tema! Cuando se te vienen encima y solo oyes el estruendo provocado por su rugir, no dejas de pensar ¿saldré de ésta?, y ¡uf… pasó!, exclamas aliviado al pasar cada una de ellas, deseando que no llegue la siguiente. Me repetía continuamente: ¡pero qué hago aquí jugándome la vida? Segregando adrenalina a borbotones y aún con el tremendo susto, me sentía asombrado de seguir allí. Experimentaba una mezcla de sinsabores: la boca se secaba y el sudor frío que me invadía se tornaba caliente. Fueron algunos de los instantes más penosos de mi vida; me parecía estar echándole un pulso a una Naturaleza sin contemplaciones dispuesta a no detenerse ante nada y capaz de arrasar con todo lo que encontrara a su paso.  Después venía una calma relativa y el control de la embarcación se tornaba más llevadero. Cuando mejoraban las condiciones casi se olvidaba esa sensación de peligro; la mente no podría soportarlo de forma continua.

Para más información: www.atlanticoaremo.com

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