La India en seis imágenes

Por: Roberto Folgueira (Texto y fotos)
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Fiel al tópico de país que no deja indiferente a nadie, la India ofrece imágenes crudas, duras y, a veces, extravagantes. Imágenes de un paisaje humano que los ojos de cualquier viajero, acostumbrado quizá a realidades más amables, inevitablemente tendrá que mirar. Estas son tan sólo algunas de ellas.

1.    Madrugada en Jodhpur. Noche cerrada. El tren de Jaisalmer acaba de dejarme con puntualidad británica sobre el húmedo andén en pleno monzón. Corro para guarecerme de la lluvia y al entrar en la estación encuentro un paisaje insólito:  decenas de personas, hombres, mujeres  y niños, echadas sobre el vestíbulo esperando, durmiendo, dándose calor. Imposible describir la atmósfera que allí se respira, los olores, los sonidos.  Las estaciones y los trenes de la India son un pequeño universo dentro de este enorme país. En los andenes más apartados que ya no están en uso viven familias enteras que han hecho de estos lugares su hogar. Allí cocinan, comen, duermen e intentan subsistir a la intemperie. Esperando al tren, uno puede ver a las mujeres volcando un puñado de arroz blanco sobre un plato de hojalata para dar de comer a sus hijos, o a los niños que suplican limosna por las ventanillas o en los andenes.

En los andenes más apartados que ya no están en uso viven familias enteras que han hecho de estos lugares su hogar

2.    Leprosos, lisiados, mancos, deformes, discapacitados de todo tipo que piden en cualquier lugar resignados ante lo que les ha tocado vivir. Muchachos sin piernas que se revuelcan en el barro de las calles de Ajmer para arrancar unas rupias a los transeúntes que celebran una fiesta de algún santón musulmán. En Amritsar, desde el rickshaw que me lleva al hotel, puedo ver junto a la carretera, sentado sobre la basura y la suciedad, la humedad y el agua estancada, a un muchacho desaliñado y harapiento, con la mirada ausente y con una espantosa herida abierta que va de la rodilla al tobillo, completamente gangrenada y cubierta de moscas.

3.    Puestos de comida ambulantes que en un momento se instalan en cualquier sitio y preparan un suculento almuerzo. En las estrechas callejuelas de la parte vieja de Benarés, un pequeño local de no más de dos metros cuadrados es espacio suficiente para poner una gran sartén sobre un fuego de carbón, freir la comida y exhibir el resultado ante los hambrientos transeuntes. En cualquier calle que se atraviese encontraremos frecuentemente a alguien cocinando o preparando té. Y todo este olor a comida frita acaba por mezclarse con el de la basura y el de las heces de los animales.

Más que venerables hombres santos, parecen mendigos vestidos de uniforme

4.    Sadhus, santones, hombres que han renunciado a los placeres de este mundo por la búsqueda de Dios, por la iluminación, la mokhsa, el nirvana. Siempre con sus túnicas naranjas y color azafrán, con sus luengas barbas. Santones que viven en la orilla del sagrado Ganges, en Benarés, en algún hueco encontrado en los ghats, con su pelo a lo rasta. Me gusta observarles mientras hacen sus abluciones en el río. Se les puede ver en los mercados, apostados en las esquinas de las callejuelas esperando recibir unas rupias o un plato de comida. Están en todas las ciudades. Más que venerables hombres santos, parecen mendigos vestidos de uniforme. ¿Habrá alguno que haya encontrado el camino de la liberación interior?

5.    Niños de la India. El muchacho vestido con un exiguo taparrabos que, descalzo y mugriento, limpia de rodillas los restos de comida y suciedad del suelo del vagón que me lleva a Amritsar con una vieja, sucia y raída camiseta. A su paso, con mirada resignada, pide unas rupias en pago de sus servicios ante la indiferencia de los pasajeros. Cuando sale del vagón antes de que el tren parta, le veo sonreir junto a otro muchacho de mismo aspecto que quizá sea su hermano o un amigo. Niños que trabajan en los hoteles limpiando las habitaciones o sirviendo las mesas. “No Dad, no Mum”, me dijo uno de ellos cuando le pregunté por qué no iba a la escuela. Tienen que trabajar para subsistir. Se les puede encontrar en el vestíbulo cuando uno llega al hotel de madrugada echados todos juntos sobre un jergón o una manta.

Algunas mujeres entran en trance, se mesan los cabellos, se tiran al suelo, dan volteretas

6.    Y los templos y santuarios. Nueva Delhi. Mausoleo del santo musulmán Nizzamudin. Los hombres visitan los restos del santo dentro de un  suntuoso edificio dorado. Rezan. Meditan. Fuera, las mujeres, a las que está vedado el acceso al interior, tocan el suelo, las columnas o cualquier objeto junto a la entrada del mausoleo y se llevan con veneración y respeto las manos al corazón y a la boca para impregnarse de la gracia del que está allí enterrado. Otros hombres, mujeres y niños permanecen fuera sentados, hablando, riendo o cantando qawwali, mientras detrás, en una sala separada del resto del recinto por una celosía, algunas mujeres entran en trance, se mesan los cabellos, se tiran al suelo, dan volteretas. Y siempre, en cualquier momento, aparece entre la multitud un muchacho harapiento, o un hombre al que le falta una pierna, un ojo, cualquier miembro del cuerpo, para pedir unas cuantas rupias.

Suciedad, basura, podredumbre que se arremolina en las esquinas, en las aceras, a lo largo de las calles, ante las tiendas, junto a los puestos de comida, en el sagrado río Ganges. Porque así es la India, un lugar donde conviven magníficos tesoros, paisajes extraordinarios, personas hospitalarias, amables y sonrientes, con la miseria más absoluta y la desigualdad más lacerante. Un lugar donde lo bueno y lo malo, la belleza y la miseria se mezclan ante nuestros ojos con una naturalidad y una armonía difíciles de entender. Un lugar donde todo pasa en un minuto.

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Comentarios (5)

  • Viajes de Primera

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    Es cierto que la India no deja indiferente a nadie pero también que un país tan extenso, tan variado, tan mestizo, tan rico cultural, histórica y socialmente no puede ser reducido a los tópicos con los que Occidente (Europa) siempre lo identifica. Nosotros, al menos, nos negamos a que las imágenes que de ese país se dan sean sólo los de la pobreza, los mendigos y los santones. La India también es color, modernidad, música, playas y canales (al sur), desierto, piedad, vestigios coloniales mejor o peor interpretados, niños que se educan y trabajan para y por su país… Hemos estado en países con tanta o más miseria de los que se habla, en ese sentido, bastante menos que de la India

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  • María

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    Este post es conmovedor, la India es uno de los lugares del mundo que más ganas tengo de visitar.
    Mucha gente me dice que hay mucha pobreza y miseria y que te vuelves de allí “con mal cuerpo” pero eso no va a hacer que yo me eche para atrás.
    Necesito conocer ese país con sus más y sus menos, sus cosas buenas y las no tan buenas, espero que me llegue pronto 😉
    Un saludo!

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  • Roberto Folgueira

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    Tienes razón, existe esa otra India que comentas, y quizá sería bueno escribir sobre ella, no para acabar con los tópicos pero sí para dar una imagen más completa de la realidad del país. No obstante, si bien la miseria no es exclusiva de la India, ni mucho menos, es innegable que está muy presente y no la podemos pasar por alto, aunque de esa manera estemos contribuyendo a alimentar el tópico. Gracias por compartir tus reflexiones.

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  • Roberto Folgueira

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    Bueno, María, ojalá puedas pronto hacer esa visita que tanto deseas.
    Un abrazo

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  • Enric

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    Muy de acuerdo con Viajes de Primera. Hay una India emergente, creativa, tecnológica que es tan fascinante como los templos y el folclorismo. Aquello que hace de ese país un lugar único es que la Humanidad entera parece tener cabida, todos los tiempos, todos los lugares, todas las épocas históricas. Por desgracia, esa parte viva de la India que quiere brillar, que quiere aportar, que es ingeniosa, emprendedora, crítica con la realidad, suele estar ausente de la visión del viajero. Os animo a que escribáis sobre Bangalore, los barrios bohemios de Delhi o el lujo de Bombay, la creciente oferta de hoteles con encanto y restaurantes orgánicos, la puesta en valor de los parques naturales o el debate sobre el turismo etnográfico. Hay que empezar a matizar los tópicos, sino el viajero se queda con lo que esperaba encontrar.

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